Vie
25
Dic
2009

Homilía Natividad del Señor. Misa del día

Y la palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria.

Pautas para la homilía

  • Nace Jesús, el que nos habla porque no está enfadado con nosotros

De muchas maneras denominamos a Jesús de Nazaret: el Salvador, el Redentor, el Liberador, el Crucificado, el Resucitado… En este día de Navidad, el evangelista san Juan nos dice que es “La Palabra”, es decir “El que nos habla”. Jesús es el que nos habla porque no está enfadado con nosotros, porque los que se enfadan no se hablan. Jesús viene a hablarnos porque, lejos de estar enfadado, nos ama. Su amor hacia nosotros le lleva a regalarnos su palabra.
Su palabra es especial. Los cristianos somos esas personas que nunca hemos oído palabras mejores que las suyas. Hemos caído en la cuenta de que superan todas las palabras humanas que podamos oír. Es verdad que hay palabras humanas, por ejemplo, la de nuestros padres, que han calado hondo en nuestro ser y han configurado nuestro corazón. Es verdad que las palabras humanas de amor nos hacen vibrar de una manera única. Pero las palabras de Jesús, siempre envueltas en el amor, van más allá de las palabras humanas más entrañables y sublimes. Tienen más potencia, más luz, una intensidad distinta. Se sitúan en otra onda, llegan más lejos, donde ninguna palabra humana puede llegar. Ofrecen unos caminos, una esperanza, un futuro que ninguna palabra humana, siempre limitada,  puede ofrecer.

  • Sus palabras son especiales, distintas

    La palabra de Jesús es humana y es divina. Aquí está su secreto y su diferencia. Recordemos algunos de los rasgos en que superan las palabras de Jesús a las nuestras. Nosotros somos capaces de permanecer fieles, anclados en la palabra dada. Pero también nos podemos olvidar de la palabra prometida. Se puede prometer querer a una persona, fallar y dejar de quererla. En Jesús, por algo es Dios, no cabe este fallo. Siempre permanece fiel a la palabra dada. Si dice que nos quiere, por su parte siempre va a mantener su palabra, nunca dejará de querernos y nada ni nadie podrá apartarnos de su amor.

Nuestras palabras humanas tienen una doble dirección. La inmensa mayoría de las veces, buscan hacer bien, alegrar la vida de los que nos rodean, hacerles la vida agradable. Pero también nuestras palabras humanas pueden ir por el camino opuesto y herir, machacar, vengarse, matar. Jesús, por algo es Dios, no admite esta posibilidad. Sus palabras sólo tienen una dirección. Siempre buscan hacer el bien, darnos vida y vida en abundancia, consolarnos en la penas y en la aflicción. Su palabra es como espada de doble filo que quiere penetrar y llegar hasta lo más hondo de nuestro ser, buscando depositar allí su luz, su esperanza, su amor.
Nuestras palabras humanas pueden ser tiernas, nacidas del cariño, pero pueden llegar a ser duras, muy duras, cuando brotan de un corazón endurecido. Hasta una madre puede lanzar palabras como dardos, como auténticas piedras a sus hijos. Y lo mismo hay hijos que, enfadados con sus padres, les pueden amenazar con insultos y reproches terribles. En Jesús no existe esa posibilidad, por algo es Dios. Sus palabras siempre brotan de un corazón rebosante de amor y de ternura. Incluso a los que le han negado, como Pedro, les dirige la pregunta más comprometida y entrañable en el ámbito del amor: “Pedro ¿me amas?”.

  • El 100 por 100 existe y está a nuestro alcance

    Sólo recordar dos de las buenas noticias que nos ha venido a traer Jesús, el que nos ha nacido. La primera: nos asegura que va a ensanchar nuestra vida y desbordar sus cauces que, con frecuencia, notamos estrechos. Nos regala su vida divina, de tal manera que ya no vivimos sólo la vida humana sino también la vida divina. “A los que le recibieron les dio el poder de venir a ser hijos de Dios”. Jesús nos asegura así que vamos a poder gozar del 100 por 100 en nuestra existencia. El 100 por 100 no es un sueño irrealizable. En nuestra vida humana y terrena nunca existe el 100 por 100. Todo lo que vivimos lo vivimos a un 20, 50, 60, 70… por 100. Así nos pasa con el amor, la alegría, la luz, la entrega. Nunca los vivimos en plenitud. Al lado del amor vivimos el desamor, al lado de la alegría siempre nos rondan la tristeza y el dolor, al lado de la luz nos vemos rodeados de tinieblas y oscuridades… Pero Jesús, con su venida a nuestro mundo, nos asegura que la plenitud existe, que eso que anhela fuertemente nuestro corazón, vivir todo lo bueno de la vida humana en plenitud, se va a realizar después de nuestra muerte, en la resurrección a la vida divina, y que ya podemos empezar a vivir en esta orilla. Vamos a poder disfrutar de la felicidad total, al 100 por 100.

  • “Soy vuestro”. “Señor, soy tuyo”

    La segunda: el sueño de todo el que ama, vivir en unión amorosa con la persona amada, lo vamos a poder experimentar… también con Dios. Jesús, con su venida a este mundo, con su sublime detalle de hacerse hombre, nos ha querido decir, ante todo y sobre todo, que está de nuestra parte, que nos quiere a raudales, hasta el extremo. De no ser por su amor hacia nosotros, nunca hubiese venido a nuestra tierra. Los salmistas fueron esos hombres que ya en el AT descubrieron quién es Yahvé, quién es Dios, y se sintieron atraídos fuertemente por Él. Uno de ellos, encendido de amor, le dice: “Soy tuyo” (Sal 118,94). Los cristianos, gozosos, con el corazón abierto de par en par y sabiendo a quién nos dirigimos, nos atrevemos a decirle: “Señor, soy tuyo”. Se lo podemos decir porque hemos descubierto que, desde su nacimiento hasta su muerte y resurrección, nos ha dicho a todos y a cada uno de nosotros: “Soy vuestro”. Su vida se condensa en este grito: “Soy vuestro”. En cada eucaristía, que es el resumen de todo lo que hizo con nosotros y por nosotros, nos vuelve a gritar lleno de amor: “Soy vuestro, os entrego mi cuerpo, ni sangre, toda mi persona”. El sueño de toda persona que ama se realiza. La unión amorosa con todo un Dios no es una quimera.

    ¡Feliz Navidad y a disfrutar de los regalos que nos hace Cristo Jesús!