Espiritualidad del laico dominico

Introducción

D. Ignacio Antón O.P.

Fraternidad de Atocha (Madrid)

¿Qué sentido tiene ser laico dominico hoy? ¿Puede una espiritualidad que hunde sus raíces en Santo Domingo de Guzmán, un fraile de la Edad Media, ofrecer un camino de vida cristiana plena para un laico del siglo XXI?

Después del Concilio Vaticano II (1962-1965) y el reconocimiento de la importancia del papel de los laicos en la vida de la Iglesia que éste supuso, la espiritualidad del laicado experimentó un notable florecimiento. El impulso ya venía de atrás, y el concilio contribuyó a eliminar numerosos obstáculos. También sirvió de empuje para que todo bautizado tomara una mayor conciencia de su responsabilidad como miembro vivo de la Iglesia, esto es, para que se tomara conciencia de que todo cristiano no sólo pertenece a la Iglesia, sino que es Iglesia.
¿En qué situación quedaban los grupos de laicos pertenecientes a las tradicionales órdenes religiosas, como la –llamada antes del concilio- Tercera Orden de Predicadores? ¿Representarían los –llamados antes del concilio- terciarios dominicos una forma de espiritualidad laical válida para tiempos pasados pero que debía ser superada una vez que, por fin, los laicos podían desenvolverse sin las limitaciones y condicionamientos de antaño y la permanente tutela de los frailes y las monjas?

Veremos que no sólo el laicado de la Orden de Predicadores sigue siendo una forma válida de vivir plenamente la vocación cristiana en la vida laical, sino que su misma existencia da testimonio de que la manera de entender la comunión entre los distintos carismas, ministerios y estados de vida que existen dentro de la Iglesia exige ir a las fuentes de la misma, tal y como Santo Domingo hizo en su época; tal y como el concilio volvió a hacer recientemente. Los laicos de la Orden de Predicadores fueron y son signo de la comunión sobre la que se funda la Iglesia.

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