Mié
30
Dic
2009

Evangelio del día

El niño iba creciendo y la gracia de Dios lo acompañaba.

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 2,12-17:

Os escribo a vosotros, hijos míos, porque se os han perdonado vuestros pecados por su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al Maligno. Os he escrito a vosotros, hijos míos, porque conocéis al Padre. Os he escrito, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, los jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno. No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones del hombre terreno, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Salmo

Sal 95,7-8a.8b-9.10 R/. Alégrese el cielo, goce la tierra

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor. R/.

Entrad en sus atrios trayéndole ofrendas,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda. R/.

Decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente.» R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,36-40

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Reflexión del Evangelio de hoy

  • En el mundo, sin ser “mundanos”

La gran alternativa que tiene el cristiano, en forma de dilema, es estar en el mundo sin ser del mundo, en el sentido peyorativo de esta expresión. Con ella no sólo nos referimos a lo antievangélico que encontramos en nuestro caminar por la vida, sino a las propias tendencias egoístas que, con frecuencia sentimos en nosotros mismos, a todo lo que en nosotros no es precisamente noble, altruista y misericordioso. El argumento que da san Juan para que seamos así es que conocemos al Padre, y el Padre, más que ser misericordioso, es misericordia. Es un Niño, que nace para salvarnos y para ser modelo de cómo debemos modelar nuestro corazón.

  • Ana, la profetisa

La figura clave hoy en el párrafo evangélico es la profetisa Ana, portavoz de las personas sencillas, piadosas y buenas, que llevan una vida acorde con su forma de ser. La figura de Ana, junto al Templo, que mirando con su corazón limpio, reconoce al Mesías en el Niño en el que todos los demás sólo veían un bebé, es entrañable y tan de Navidad como los pastores, los Magos o los Inocentes.

Ana no construye cántico alguno como Simeón. Ana habla del Niño a todos los que esperan la consolación de Israel y da gracias. Así de sencillo y así de grandioso. Como cuando Jesús, más tarde, no hace más que hablar del Reino, orar y dar gracias a su Padre Dios. Lo de Ana es la sencillez, el amor, la fe y la fidelidad.

  • Jesús, el “nazareno”

Tres años de vida pública y unos treinta años de vida oculta y privada en Nazaret. ¿Qué hizo y cómo lo hizo Jesús en esos treinta años? Sólo unos detalles recogidos en el Evangelio; lo demás, silencio. Hoy se nos dice que, a pesar de lo oculto de su vida, se veía que el Niño iba creciendo y robusteciéndose, haciéndose mayor, y llenándose de sabiduría y de gracia. Y sus paisanos, los de Nazaret, sin conocerlo. Sólo sabían que era el hijo de María y de José, el carpintero. ¿Qué pudo suceder en ellos para no intuir siquiera aquella “sabiduría” y aquella “gracia” que le iban inundando?

Jesús, oculto durante años en Nazaret, aprendiendo de sus padres y maestros y, sobre todo, de su Padre, es nuestro ejemplar y arquetipo. También nosotros caminamos por senderos ocultos y privados la mayor parte de nuestra vida,  y es por esos senderos y caminos por donde tenemos que ir creciendo en sabiduría y gracia ante los hombres, ante nosotros mismos y, particularmente, ante Dios.