Mié
6
Ene
2010

Homilía Epifanía del Señor

Hemos visto salir su estrella, y venimos a adorarlo

Introducción

Si hay alguna fiesta en la que, incluso con la complicidad de los liturgistas, se nos permita echar mano de la Palabra de Dios, tradiciones, costumbres y símbolos, es ésta, la Epifanía o fiesta de los Reyes Magos.

El texto evangélico de Mateo sólo habla de “unos magos –o sabios- de Oriente”. Más tarde la tradición empezó a hablar del número: “tres magos”, a tenor de los regalos que ofrecen al Niño. Bastante más tarde, a partir del siglo octavo, se mencionan sus nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar. Por ser tres, se les consideró como representantes de las tres razas conocidas entonces, blanca, amarilla y negra; otros los vieron también como emisarios de los tres continentes: Asia, África y Europa. De manera ingenua, pero inteligente al mismo tiempo, estas tradiciones entendían y mantenían que el cristianismo estaba llamado desde los comienzos a unir e impregnar con su savia a todos los pueblos y razas de la tierra. Y quizá sin pretenderlo, llegaron –y ayudaron a llegar- al mensaje central de Epifanía: universalidad de la salvación del Niño nacido en Belén.