Sáb
9
Ene
2010

Evangelio del día

¡Ánimo que soy yo, no temáis!

Primera lectura

Primera lectura: 1 Jn. 4, 11-18

Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amarnos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor.

Salmo

Sal 71,1-2.10-11.12-13 R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.

Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo.
Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan. R/.

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según San Marcos 6,45-52

Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús en seguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar. Llegada la noche, la barca estaba en mitad del lago, y Jesús, solo, en tierra. Viendo el trabajo con que remaban, porque tenían viento contrario, a eso de la madrugada, va hacia ellos andando sobre el lago, e hizo ademán de pasar de largo. Ellos, viéndolo andar sobre el lago, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque al verlo se habían sobresaltado.
Pero él les dirige en seguida la palabra y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.»
Entró en la barca con ellos, y amainó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque eran torpes para entender.

Reflexión del Evangelio de hoy

En los diferentes textos bíblicos, tanto los del primer como los del segundo testamento, es frecuente encontrar situaciones en las que  el ser humano se muestra experimentado miedo. Esto no se debe, como es lógico, a que los protagonistas de la Palabra de Dios sean gente miedosa; quizá se deba, más bien, a que los hombres y mujeres que aparecen en sus páginas son gente normal, y hay que reconocer que el miedo es una de los sentimientos más universales que se incluyen en nuestro particular repertorio emocional.

Curiosamente, aunque el miedo es una experiencia desagradable, de la que todos procurarnos librarnos, también es un estado necesario para la supervivencia. Gracias a él, renunciamos a determinadas experiencias que pondrían en juego nuestra vida. El miedo, por tanto, no es ni bueno ni malo, más bien la valoración que hagamos de él depende de las circunstancias concretas a las que haga referencia.

En los dos textos de la Palabra de hoy se nos anima a no tener miedo, a seguir adelante y a relacionarnos con nuestro Dios desde la confianza que supone el amor. Se nos persuade a no temer, pero ¿cómo es posible cambiar mis emociones?, ¿cómo cambiar algo que se caracteriza precisamente por ser espontáneo? Si fuera tan fácil, sin duda, no hablaríamos tanto de ello.

Efectivamente uno no puede dejar de sentir miedo, tristeza o alegría, simplemente porque se lo proponga. Se trata de emociones involuntarias que no se pueden transformar. Lo que sí podemos hacer es comportarnos de forma diferente a como dicta el miedo, la tristeza o la preocupación. Que sentimos miedos ante muchas cosas, eso ya lo sabemos, pero si ante ellos huyo, el miedo se hará más grande y lo connotaré como peligroso. Si en cambio opto por afrontarlo, algo que sí está en mi mano, aunque me cueste trabajo, el miedo pasará de ser peligroso a convertirse en un reto. La huida supone cobardía, los retos valentía. Los miedos, por tanto, hacen de nosotros seres cobardes o valientes, dependiendo de la manera que tengamos de afrontarlos.

Subirse a la barca del Reino no es un peligro, pero tampoco un lugar para descansar. Navegar en el navío del Señor Jesús es aceptar un reto, quizá el más grande que la vida nos presente, ya que no se trata de algo que tiene que ver con una faceta concreta de nuestra vida, sino que atraviesa toda nuestra existencia y el sentido de nuestro vivir. Los grandes personajes bíblicos fueron los más miedosos del mundo, pero también los más valientes.