Mar
14
Abr
2009
He visto al Señor y ha dicho esto

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 36-41

El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».
Pedro les contestó:
«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Salvaos de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Salmo

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R/. La misericordia del Señor llena la tierra

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esteran su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 11-18

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice.
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».

Reflexión del Evangelio de hoy

El día de Pentecostés, inmediatamente después de la efusión del Espíritu Santo, Pedro, al frente del grupo de los discípulos, comienza el anuncio del Kerigma, la Buena Noticia de la salvación otorgada por medio de la muerte y resurrección de Jesucristo. La predicación ungida por el Espíritu Santo “traspasa el corazón” de los oyentes, y mueve a un cambio de vida: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”.

Después de la Resurrección de Jesús, nuestra vida no puede seguir igual, algo debe cambiar: la conversión a la que se nos invita es a dejar que Cristo Resucitado tome posesión de nuestras vidas, aceptarlo como Señor, transmitiendo a los demás el gozo del Espíritu. El Bautismo en el Espíritu Santo y fuego que anunció Juan Bautista ya ha llegado. ¿Lo hemos recibido? Como Familia de Predicadores, tenemos aquí un buen ejemplo del inicio de la predicación en la Iglesia.

María Magdalena, seguidora de Jesús hasta la Cruz, no cesa en su empeño de buscar a su Señor. No se conforma con una aparición de ángeles en el lugar donde estaba su cuerpo. No tiene miedo de abandonar el sepulcro y continuar la búsqueda. Al sentirse llamada por su nombre, “¡María!” Jesús la comunica su misma vida, su resurrección. Se siente viva de nuevo, con una Vida Nueva. Al instante le reconoce como su Salvador, su Dios, su Maestro: “¡Rabboni!”.  El llanto se convierte en gozo. Y éste, en adoración enamorada a sus pies.

Si buscamos a Jesús incansablemente, oiremos que nos llama por nuestro nombre. Nuestro encuentro con el Señor Resucitado será como el de María, no “junto al sepulcro, llorando”, sino en la vida de cada día, mientras anunciamos a los hermanos que el Señor vive, nos ama y nos espera junto a su Padre en el Reino de los Cielos. La contemplación (“he visto al Señor”) no debe separarse nunca del anuncio (“ha dicho esto”), como bien reza el lema de la Orden: “Contemplari et contemplata aliis tradere”, contemplar y transmitir a los demás lo contemplado; y viceversa, la evangelización debe estar sustentada por una experiencia de oración y contemplación para que no se convierta en palabras huecas. Por algo María Magdalena es nuestra patrona.