Mar
6
Abr
2010

Evangelio del día

Octava de Pascua

¿Por qué lloras?, ¿a quién buscas?

Primera lectura

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 2,36-41

“El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos: Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les contestó: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos. Con estas y otras muchas razones les urgía, y los exhortaba diciendo: Escapad de esta generación perversa. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil”.

Salmo

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R. La misericordia del Señor llena la tierra.

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperarnos de ti. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 20,11-18

“En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: Mujer, ¿por qué lloras? Ella les contesta: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dice: ¡María! Ella se vuelve y le dice: ¡Rabboni!, que significa: ¡Maestro! Jesús le dice: Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro. María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto”.

Reflexión del Evangelio de hoy

  • “Les traspasaron el corazón”

Pedro, con toda claridad y valentía, dirigiéndose a los judíos les recordaba que aquel a quien habían crucificado, Dios lo resucitó y le constituyó “Señor y Mesías”. “Estas palabras les traspasaron el corazón”, y por eso se convirtieron, se bautizaron y comenzaron una nueva vida.

Para ser cristianos hemos de tener esta misma experiencia. Jesús con sus palabras, su vida, su amor, nos tiene que “traspasar el corazón”. Tiene que conquistar nuestro corazón y cambiarlo, para que vaya al mismo ritmo que el suyo. En el fondo, el bautismo es eso: acompasar nuestro corazón al ritmo del corazón de Jesús para que nuestros sentimientos, deseos, ilusiones, decisiones… sean los suyos. ¿Hemos sentido que Jesús nos ha traspasado el corazón?

  • ¿Por qué lloras?, ¿a quién buscas?

Otro enfoque de qué es eso de ser cristiano. Cristiano, al igual que le sucedió a María, es aquel a quien Jesús le puede sorprender con esas dos preguntas: “¿a quién buscas?, ¿por qué lloras?”. El cristiano ha de ser un buscador incansable y después de haber encontrado a Jesús, ha de seguir buscando con Jesús el reinado de Dios, que Dios reine en su vida y ofrecer este reinado a quien encuentre por su camino. Si en este trajín que es la vida, llegamos a pensar que hemos perdido a Jesús y no sabemos muy bien dónde se oculta… cuando él de nuevo salga a nuestro encuentro, sin que en un primer momento le reconozcamos, nos pueda decir como a María: ¿por qué lloras? Y nuestra respuesta ha de ser la misma: “estoy muy triste porque no sé muy bien qué ha pasado, pero me han robado a mi Señor, y quiero encontrarlo porque sin él no puedo vivir, ya no sé vivir”. Y con más fuerza que antes, nos hará experimentar que nunca nos ha dejado: “Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos”.