Mar
21
Abr
2009

Evangelio del día

Segunda Semana de Pascua

Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 32-37

En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno. José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa Consolado, que era levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a disposición de los apóstoles.

Salmo

Sal 92, lab. 1c-2. 5 R. El Señor reina, vestido de majestad.

El Señor reina, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder. R/.

Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. R/.

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 5a. 7b-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: -«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.» Nicodemo le preguntó: - «¿Cómo puede suceder eso?» Le contestó Jesús: - « Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.»

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Jesucristo: centro de la vida del cristiano.

La primera comunidad cristiana nace del valeroso y convincente “testimonio de la resurrección del Señor Jesús” que daban los apóstoles. Y el modo de vivir de esta comunidad es su reflejo. Su vida predicaba que Cristo realmente había venido y resucitado y estaba en medio de ellos. Vivían siempre unidos en Cristo, “todos pensaban y sentían lo mismo”, y como consecuencia, “lo poseían todo en común”, todo era de todos. Ponían sus bienes a disposición de los apóstoles y “se distribuía según lo que necesitaba cada uno”. Así “ninguno pasaba necesidad”. La comunión es posible con Jesucristo en el centro, permaneciendo los discípulos a los pies del Maestro.

Tenemos presente el caso concreto de Bernabé, como comprobación de que estas líneas no son bonita literatura que describen la “comunidad ideal”, sino una realidad llevada a cabo en los comienzos del cristianismo, y a la que estamos invitados a imitar. ¿Quiénes? todos. ¿Cuándo? hoy, ahora, cada día. ¿Cómo? poniendo a Cristo como centro de nuestra vida, a la Palabra de Dios como fuente de nuestros sentimientos, pensamientos y palabras, y motor de nuestras acciones.

  • “Para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.

Para vivir la resurrección, Jesús nos asegura que es necesario entrar antes en el misterio de la Cruz. Y Él sabe de lo que habla, y de lo que ha visto es de lo que nos da testimonio: en Él se cumplen las Escrituras. Y Él mismo se lo que quiere mostrar a Nicodemo (un magistrado judío que reconocía a Jesús como maestro enviado de Dios por las señales que realizaba). Jesús le recuerda la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto, para que todo el que la mirara quedara sano. Esta serpiente era para el pueblo de Israel signo de salvación, signo del perdón de Dios por su pecado. Así, cuando Él sea elevado en la Cruz, le reconozcan a Él como a su único Dios, fuente de salvación, y “todo el que crea en Él tenga vida eterna".

La exaltación de Cristo no es expresión de un poder dominador, sino de servicio, de entrega. Ha bajado del cielo para ser elevado en la Cruz, destruir nuestro pecado y la muerte, y darnos la salvación. Cristo ha sido humillado, pero ahora es glorificado. Ha sido traicionado, pero ahora triunfa su fidelidad. Ha sido triturado por nuestros pecados, pero ahora reina victorioso.

Ahora, como somos libres, podemos vivir de dos maneras. Una es mirándonos a nosotros mismos, viviendo en nuestros proyectos, criterios, en nuestras seguridades (mi familia, mi salud, mis estudios, mi trabajo, mi dinero, mi vida, mi comunidad, mi voluntad, mi… mi… cada uno que ponga sus “mis”, que bien los sabemos…). Y podremos comprobar que todos nuestros “mis”, llega un momento en la vida, en que o se tambalean, o fallan, o llegan a su fin.
La otra manera de vivir es con la mirada puesta en Jesucristo, en su Amor, su misericordia, su perdón, su fidelidad, su entrega, su voluntad, su Palabra, su… y todos estos “sus” no se tambalearán, ni fallarán, ni tendrán fin: son eternos. Miremos a Cristo y todo lo demás se nos dará por añadidura.  En Él tenemos VIDA. ¡VIDA ETERNA!