Mar
7
Abr
2009

Evangelio del día

Semana Santa

Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías 49, 1-6

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno,
de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba
y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor defendía mi causa,
mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Salmo

Sal 70. 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15ab y 17 R/. Mi boca contará tu salvación, Señor

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre;
tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído, y sálvame. R/.

Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R/.

Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. R/.

Mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 21-33. 36-38

En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo:
«En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:
«Señor, ¿quién es?».
Le contestó Jesús:
«Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
«Lo que vas a hacer, hazlo pronto».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús:
«Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros:
“Donde yo voy no podéis venir vosotros”».
Simón Pedro le dijo:
«Señor, ¿adónde vas?».
Jesús le respondió:
«Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó:
«Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó:
«¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Te hago luz de las naciones.

En la primera lectura tomada del profeta Isaías se expone la misión del siervo, recibida de Dios: Proclamar la Palabra del Señor, para que reunir a los supervivientes de Israel, y ser luz de las naciones para que la salvación de Dios alcance hasta el último confín de la tierra. Por su entrega total a su misión, recibirá el nombre de Siervo de Yahvé.
El siervo no tendrá más armas que su Palabra incisiva, “más tajante que espada de doble filo”.
Jesucristo será quien realizará esta salvación en plenitud.

  • Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.

Estamos en la antesala de la cena pascual. Jesús está reunido con sus discípulos. Les ha lavado los pies. Y con profundo dolor les anuncia que uno de ellos va a traicionarlo.
Los discípulos se mirar perplejos. Jesús no lo delata delante de sus compañeros. Responde a la pregunta de Juan ofreciendo un trozo de pan untado a Judas.  Es una invitación, la última oportunidad para el discípulo traidor. No lo hace, fríamente, sino ofreciéndole su amistad.
Pero éste la rechaza. El mal puede más. Es la hora del poder de las tinieblas...
Pero amanecerá el primer día de la semana. La mañana de la Resurrección.
La traición del discípulo será para Jesús la ocasión de demostrar que su amor es más fuerte que el odio mortal de sus enemigos.
El fruto de ese amor, que da la vida libremente, será el don del Espíritu, que da al hombre la capacidad de amar sin límites.
Jesús excluye toda violencia. Muestra que Dios no impone ni coacciona, sino que es puro amor que se ofrece.
La idea de un Dios impositivo justifica el poder y la violencia entre los hombres.
El Dios de Jesús, el Padre, no justifica ninguna violencia.
Por eso no existe más juicio que el que el hombre se da a sí mismo.
La respuesta de Jesús no revela el nombre del traidor ni lo señala. “Porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. (Jn. 12, 47)

  • Ahora es glorificado el Hijo del hombre ...

La cruz y la gloria van unidas.
San Pablo en el himno litúrgico de la carta a los Filipenses, nos dirá:
“... Y así actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobretodo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo; y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” (Filipenses 2, 6 – 11)
Los discípulos, como siempre, no entendieron a que se refería Jesús, pero algo sobrecogedor intuían.
Pedro le dirá: daré mi vida por ti. ¡Pobre Pedro!, tan frágil y lo ignora, no se da cuenta de lo cerca que está también él de traicionar al Maestro. Y como él, todos nosotros. Pero el Amor de Dios es más fuerte que nuestra debilidad y nuestro pecado.
Jesús nos dice: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn. 13, 13)
Esa es la misión de Jesús. Esa es también nuestra misión.