Mar
8
Dic
2009

Homilía Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Año litúrgico 2009 - 2010 - (Ciclo C)

Alégrate, llena de Gracia

Pautas para la homilía

  • Orígenes de la fiesta

Esta solemnidad se remonta a la fiesta denominada de la Concepción de Ana, que comenzó a celebrarse en Oriente. En un primer momento no tenía relación con la creencia en el carácter inmaculado de esta concepción. Estaba relacionada con las fiestas de la llegada del Señor (adventus Domini), que anunciaban la próxima venida de Cristo Salvador: concepción de Juan bautista (23 de septiembre); nacimiento de la Virgen (8 de septiembre); concepción de la Virgen (9 de diciembre). Un testimonio de esta última fiesta lo encontramos en el canon de San Andrés de Creta (+740). Inspirada por el Protoevangelio de Santiago, la fiesta celebraba el fin de la esterilidad de Ana anunciada por un ángel (de ahí el nombre antiguo de Concepción de Ana, en sentido activo). El significado de esta fecundidad milagrosa se debe a la función tan importante que Dios le concedió a María en la historia de la salvación. En el siglo VIII esta fiesta estaba todavía poco difundida, pero pronto se propagó por todas las iglesias orientales.

    En el siglo IX esta fiesta del 9 de diciembre se celebraba en la Italia bizantina, desde donde llegó a los monasterios griegos de Roma.

    En el Occidente latino, sólo la Inglaterra anglosajona la celebraba hacia el año 1000, pero el día 8 de diciembre (la manera de contar los días es diferente en griego y en latín). Se desconoce bajo qué influencias los ingleses adoptaron esta celebración. En el momento de la conquista normanda (1066), la mayoría de los prelados anglosajones fueron remplazados por normandos. Como en Normandía se desconocía esta fiesta del 8 de diciembre la suprimieron pensando que esta celebración se debía a la falta de cultura de los anglosajones.

    En el siglo XII algunos anglosajones defendieron enérgicamente esta fiesta que estaba a punto de desaparecer, apoyándose en el argumento del carácter inmaculado de la concepción de María. Así es como apareció la fiesta de la Inmaculada Concepción en el sentido moderno de la palabra, es decir, como preservación del pecado original.

    Eadmero, al comienzo de su tratado Sobre la concepción de la bienaventurada María, defendía que es un deber para el cristiano venerar los primeros instantes de la creación de la Virgen, si estos han sido «santos y puros, exentos de herrumbre del pecado y de la corrupción».

    Desde entonces, en general, los partidarios de esta fiesta del 8 de diciembre argumentaron a partir de la santidad de la concepción de María y convirtieron esta excepción de pecado desde la concepción en el objetivo de esta celebración. Por el contrario, los adversarios de esta fiesta, entre los que se encuentra san Bernardo de Claraval, argumentaron diciendo que la doctrina de la Inmaculada Concepción no está suficientemente establecida.

    Los partidarios de la Inmaculada Concepción hacían remontar el origen de esta fiesta a una revelación hecha a Elsin, abad de Ramsay (diócesis de Worcester), de 1080 a 1087; había sido salvado de un naufragio a condición de que prometiera instituir esta fiesta. No se sabe si realmente la fiesta fue establecida por Elsin. De hecho sólo poseemos testimonios sobre su celebración en Inglaterra alrededor de 1125: en Winchcombe (por primera vez en 1126), en la catedral de Winchester (hacia 1125), en Worcester (hacia 1128), en Gloucester (de 1113-1131), en San Albans (de 1119-1146), etc. El rey de Inglaterra, Enrique I (+1135), mandó celebrar la fiesta en la abadía real de Reading.

    Entre los mejores propagadores de la fiesta hay que destacar al sobrino de san Anselmo, Anselmo junior, abad de Bury-S.-Edmond, a partir de 1120; su amigo Eadmero; Osbert de Clare, prior de Westminster, expulsado en 1121 por un abad venido de Normandía.

    Hacia 1130 los canónigos de Lyon introdujeron la fiesta en su calendario. Este hecho produjo la indignación de san Bernardo, quien toleraba esta fiesta entre la «gente sin cultura», pero no en «la primera Iglesia de las Galias por la dignidad». San Bernardo esgrime los siguientes argumentos en contra: la fiesta no parece tener otros argumentos que una pretendida revelación divina; las razones teológicas más fuertes (universalidad del pecado original) se oponen a ella; es contraria a la enseñanza de los Padres de la Iglesia y de la Tradición; es una novedad litúrgica; Roma, que debería haber dado su opinión, no ha sido consultada.

    En el siglo XIII se convirtió en una gran fiesta normanda y en la universidad de París la eligieron como su fiesta patronal, de ahí que se llegara a denominar «fiesta de los Normandos». Se celebraba también en Lyon y en todas las diócesis de esta provincia eclesiástica; se celebraba igualmente en Lieja y en Anagni (donde el papa participó en ella cuando permaneció en esta ciudad). Sin embargo, en esta época no estaba todavía generalizada en Inglaterra ni tampoco el conjunto de los teólogos estaba de acuerdo con ella, aunque algunos adversarios como santo Tomás de Aquino y san Buenaventura comenzaban a tolerarla dándole como objeto la santificación de María después de su concepción.

    En el siglo XIV la fiesta se convirtió en obligatoria en Inglaterra, también se generalizó en Francia y Alemania. En los lugares donde se celebraba la fiesta se comenzó a tomar como lecturas de maitines el tratado tan claro de Eadmero (atribuido a san Anselmo), en lugar del relato legendario y neutro del naufragio del abad Elsin.

En 1708 el papa Clemente XI convirtió la fiesta en obligatoria, pero siempre con el título neutro de Concepción de la Virgen Inmaculada. Con la definición del dogma de la Inmaculada Concepción en 1854 los textos litúrgicos se quedaron obsoletos. Por eso en 1863 se prescribió la misa Gaudens gaudebo, que es una creación litúrgica nueva, pero que toma muchos elementos de Nogarelli.

  • «Ella te herirá en la cabeza…»

La primera lectura de esta fiesta es una de las más bellas páginas de la Escritura, y viene a proyectar un rayo de luz sobre esa pregunta que de vez en cuando aparece casi instintivamente en nuestro espíritu, la pregunta por el origen del mal: Si todo ha salido bueno de las manos de Dios, ¿de dónde viene el mal? Si Dios es todopoderoso, ¿cómo es posible que exista el mal?

La Escritura, sin desvelarnos completamente ese misterio, nos da algunas pistas para responder a esas cuestiones en la sencilla, pero profunda, narración de la primera caída.

Para salvaguardar el honor del Creador la Escritura afirma rotundamente que el mal no viene de Dios.

Para salvaguardar el honor del ser humano la Escritura afirma que el mal no tiene su origen en el hombre –aunque éste tiene su responsabilidad en su aparición en este mundo–, y, por eso, puede ser redimido y escapar de él.

La Escritura hace entrar en escena un tercer personaje siniestro, el tentador, la serpiente antigua que enreda y complica la obra del Creador.

Esta narración nos aclara también sobre la perversidad del pecado, sobre los efectos que produce. ¡Qué cambios y transformaciones introduce en nuestro mundo! El pecado trastorna y complica todas las relaciones. Trastorna las relaciones con Dios. Si antes de la caída Adán y Eva tenían una relación de confianza y de familiaridad con Dios y vivían como columpiándose en sus brazos, después del pecado ven a Dios como un enemigo peligroso del que hay que esconderse, como una amenaza. ¿Es que Dios ha cambiado entre tanto? Sin duda, no; al menos no ha sido él quien ha comenzado.

Pero el pecado no sólo trastorna las relaciones con Dios, sino de los hombres entre sí y con el resto de la creación. Cuando Dios le pide cuentas a Adán, éste, en lugar de asumir su responsabilidad, culpa a su mujer. Antes de la caída había dicho de ella: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne»; palabras que expresan una profunda unidad entre Adán y Eva. Pero después de la caída Adán elude su propia responsabilidad diciendo: «La mujer que me diste como compañera me dio del fruto y comí». Y cuando Dios le pidió cuentas a Eva, ella también se descargó de su responsabilidad acusando a la serpiente.

A pesar de la caída Dios anunció a Adán y Eva el primer evangelio. Dirigiéndose a la serpiente Dios le dice: «la estirpe de la mujer te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón». La traducción de la Vulgata dice expresamente: «ella, la mujer, te pisará la cabeza, y le acecharás el calcañal». La tradición ha visto ahí una profecía del mesías, y de María, una apertura a la esperanza.

La entrada del pecado en la historia humana lo ha trastocado todo. Por eso todos nacemos con esta herencia, que explica nuestra tendencia al mal. Como decía un pensador reciente, «nadie viene a este mundo sin maletas». Somos solidarios de la historia que nos precede. Pero Jesucristo ha vencido el mal y ha entregado a la Iglesia las armas para que también ella lo venza.

  • María, aurora de la nueva humanidad

La virgen María forma parte de esta historia de esperanza. Ella es como la aurora que anuncia el nacimiento de una nueva humanidad victoriosa sobre los poderes del mal. Hoy festejamos que Dios la haya creado toda santa, sin mancha ni arruga, sin pecado. Aunque solidaria de los pecadores, por eso, con razón la Iglesia la invoca como «refugio de los pecadores».

La fiesta de la Inmaculada es la celebración de su santidad, una santidad que comenzó desde el momento de su concepción, y continuó durante toda su existencia. En María nunca hubo sombra de pecado, ni de egoísmo, ni de injusticia; ella nunca se buscó a sí misma. Siempre vivió en comunión perfecta con Dios, no se separó nunca de Dios. Siempre estuvo en armonía con Él. Siempre hubo armonía entre su cuerpo y su alma. Siempre hizo lo que Dios esperaba de ella. En cada instante su voluntad coincidía con el deseo de Dios. Como decía el cardenal Suenes, su voluntad era semejante a las agujas de un reloj que, segundo tras segundo, recorren la esfera, estando siempre donde debe de estar, donde Dios quiere que esté. ¡Qué equilibrio! ¡Qué dominio de sí! La gracia no suprimió en ella la libertad; al contrario la hizo más verdadera. Pues, paradójicamente, cuanto más se deja mover por la gracia una persona, más libre es. La gracia no anula la libertad, sino que la lleva a su más alta perfección.

San Maximiliano María Kolbe, el Caballero de la Inmaculada –como él mismo se definía–, decía entre otras muchas cosas de este misterio: «En el alma de la Inmaculada, el Dispensador de todas las gracias –el Espíritu Santo– habitó desde el primer instante de su existencia, inundándola de tal manera que nadie más habitó en ella, y el nombre de Esposa del Espíritu Santo significa tan sólo un remoto, tenue e imperfecto –aunque verdadero–, esbozo de esta unión». Para san Maximiliano la palabra «inmaculada indica que desde el comienzo de su existencia no se ha encontrado en ella el menor alejamiento de la voluntad de Dios».

María es, después de la humanidad de Cristo, el mejor logro de Dios, su obra maestra. Es la obra de arte de la creación. Del profeta Jeremías se dice que Dios lo santificó antes de salir del seno materno. Y de Juan Bautista se dice que «estará lleno del Espíritu Santo desde el seno materno». En cambio de María la Tradición dice que desde su misma concepción está exenta de pecado gracias a la inhabitación del Espíritu Santo, que siempre trae consigo a toda la Trinidad. Pero, además, la misma Tradición enseña esa exención de pecado a lo largo de toda su vida.

  • María es nuestro molde

María es la representante de lo que hubiera sido el estado normal del ser humano si no hubiera ocurrido el drama de la caída. Después de la caída María es el molde de lo que Dios quiere hacer de nosotros. Pero lo que en ella se dio desde su misma concepción, en nosotros se dará al final si permanecemos fieles a nuestra vocación radical a la santidad.

El pasaje de la carta de san Pablo a los Efesios de la segunda lectura nos recuerda esta vocación a la santidad. Desde toda la eternidad Dios nos eligió en Cristo para que «fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor». Dios nos ha purificado por la pasión y la resurrección de su Hijo Jesucristo. Dios tiene la iniciativa en el cumplimiento de nuestra vocación radical a la santidad. Sin la redención de Cristo no podríamos alcanzarla por más que nos esforzáramos.

  • La vocación es siempre para los otros

En el pasaje de la anunciación que se proclama en esta solemnidad podemos descubrir la vocación de María. Como hace con todo ser humano, Dios solicita su colaboración en su plan de salvación, pero siempre respetando con delicadeza la libertad personal. En este caso la vocación de María es excepcional: se trata de gestar en sus entrañas al Salvador del mundo, a Dios mismo hecho carne de su carne. Pero la vocación de María no consiste solamente en gestar y alumbrar al Hijo de Dios, se trata de una consagración, de una dedicación total a su personal. Antes de dar su consentimiento, María se informa sobre el cómo de la Encarnación. Así se entrega se hace más consciente y responsable.

El don tan singular de María es un don para la Iglesia y para la humanidad entera, pues también ella es madre de todos los hombres. Toda vocación, todo don es para el bien de los otros. María supo poner sus dones a disposición de todos. Por eso, nadie ha colaborado como ella en el plan de salvación llevado a cabo por su hijo Jesús. También los dones que cada uno recibimos debemos ponerlos al servicio de todos, de lo contrario no se desarrollarán plenamente o incluso correremos el riesgo de perderlos.