Mié
9
Dic
2009

Evangelio del día

Segunda Semana de Adviento

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías 40, 25-31

«¿Con quién podréis compararme,
quién es semejante a mi?», dice el Santo.
Alzad los ojos a lo alto y mirad:
¿quién creó esto?
Es él, que despliega su ejército al completo
y a cada uno convoca por su nombre.
Ante su grandioso poder, y su robusta fuerza,
ninguno falta a su llamada.
¿Por qué andas diciendo, Jacob,
y por qué murmuras, Israel:
«Al Señor no le importa mi destino,
mi Dios pasa por alto mis derechos»?
¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?
El Señor es un Dios eterno
que ha creado los confines de la tierra.
No se cansa, no se fatiga,
es insondable su inteligencia.
Fortalece a quien está cansado,
acrecienta el vigor del exhausto.
Se cansan los muchachos, se fatigan,
los jóvenes tropiezan y vacilan;
pero los que esperan en el Señor
renuevan sus fuerzas,
echan alas como las águilas,
corren y no se fatigan,
caminan y no se cansan.

Salmo

Sal 102, 1-2. 3-4. 8 y 10 R/. Bendice, alma mía, al Señor

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestro pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 28-30

En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo:
«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Te doy gracias, Padre

En medio de las intrigas de las autoridades judías sobre Jesús, y al lado de unos discípulos capaces de pedir que descienda fuego del cielo sobre los que no escuchan al Maestro, Jesús sólo bendice y da gracias. Da gracias a su Padre por su revelación y por haberlo hecho a los sencillos, a los veraces, a los auténticos. Y agradece que haya ocultado su verdad a los “importantes”, o sea, a los que creen no necesitar a Dios.

No es que Dios excluya a los “sabios y entendidos”. Dios no excluye a nadie. Y Dios no incluye a los niños por niños. Los incluye su sencillez, su apertura, su disponibilidad. Lo que Dios busca es que unos y otros, todos, nos coloquemos en el sitio que nos corresponde como criaturas, y que coloquemos a Dios en el suyo, como Padre de todos. Y que lo hagamos, agradecidos y dando gracias. Y que vivamos, hablemos y pensemos de tal forma que fomentemos que los demás hagan lo mismo. 

  • Venid a mí los cansados

Cansados, de una u otra forma, ¿quién puede presumir de no estarlo? Lo mismo que sedientos, hambrientos de pan, de amistad y de felicidad. El cansancio acompaña a la condición humana. Pues bien, nadie, ningún líder político, social o religioso es capaz, que yo sepa, de decir lo que dijo Jesús: “Venid a mí, en cuanto cansados”. Y si alguien lo ha dicho sin que yo lo sepa, no es de fiar. Se necesita mucha autoridad, mucha seguridad, se necesita ser  Hijo de Dios, Dios mismo, para poder decirlo eficazmente.

Y su petición es para “aliviar” sólo, no para descargarnos o cargar él con lo nuestro. Es para darnos fuerzas y que podamos seguir caminando con júbilo y entusiasmo, como seguidores suyos .

  • Cargad con mi yugo

Desde que Jesús en Getsemaní pidió al Padre que apartara de él “aquel cáliz”, aquella cruz, aquel yugo, está bien que nosotros lo deseemos y pidamos también; siempre y cuando completemos su frase y deseo y lo hagamos nuestro: “Que se haga lo que tú quieres”. Y hoy nos dice que lo que Dios quiere es que “carguemos con “su” cruz, y que la hagamos nuestra. Y que sepamos que la cruz grande, el yugo casi insoportable, ya lo cargó él; el nuestro es suave y su carga ligera. Nos pide también que aprendamos de él, que aprendamos de su corazón, para ir conformando el nuestro al suyo. Porque la grandeza o pobreza de la persona humana se modela y modula en el corazón. El día que transformemos el nuestro en el modelo que él nos ofrece con el suyo, y lo hagamos suave, apacible y afable, no sólo tendremos menos problemas en cargar con su yugo, sino que lo haremos con determinación y valentía, como él.