Sáb
6
Mar
2010

Evangelio del día

Segunda semana de Cuaresma

Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mio es tuyo.

Primera lectura

Lectura de la profecía de Miqueas 7, 14-15. 18-20

Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado,
al rebaño de tu heredad,
que anda solo en la espesura,
en medio del bosque;
que se apaciente como antes
en Basán y Galaad.
Como cuando saliste de Egipto,
les haré ver prodigios.
¿Qué Dios hay como tú,
capaz de perdonar el pecado,
de pasar por alto la falta
del resto de tu heredad?
No conserva para siempre su cólera,
pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros,
destrozará nuestras culpas,
arrojará nuestros pecados
a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad
y a Abrahán tu bondad,
como antaño prometiste a nuestros padres.

Salmo

Sal 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12 R/. El Señor es compasivo y misericordioso

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.

No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado e! ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Reflexión del Evangelio de hoy

Cualquier persona que se acercara por primera vez al magnífico texto bíblico del hijo pródigo, sin situarlo en el contexto propio del que nace (la crítica a los fariseos), podría decir, y con toda la razón, que aunque muestra a un excelente padre con una gran dosis de perdón y generosidad, también nos habla de un comportamiento  insólito y hasta con una pizca de injusticia frente a su hijo mayor. Una sensación parecida deja también la parábola de los trabajadores de la viña, en la que los que trabajaron de sol a sol reciben el mismo salario que aquéllos que apenas se esforzaron en las dos horas más livianas del día.

Desde nuestra mentalidad moderna también podríamos afirmar que perdonar al hijo menor sin más, quizá no sea lo mejor para él. Tiene que reparar aquello que ha derrochado y tiene que pedir perdón por las ofensas causadas. De otro modo el hijo reproduciría su comportamiento y flaco favor haríamos a un hijo nuestro si después de comportarse así nosotros actuáramos como el padre lo hizo.

Muchos interrogantes ante un Dios que tantas veces se muestra desconcertante para el creyente. Es evidente que la actitud del Padre es admirable, poco tenemos que añadir a su postura. Pero, ¿qué pasa con el mayor? El hermano mayor es bueno, los fariseos también lo eran: cumplían con lo que la Torá prescribía y, además, animaban a otros a que cumplieran con la ley de Moisés. ¿Es posible que a veces nos olvidemos de los “buenos”?, ¿es posible que los que hacen las cosas bien, por eso de no hacer ruido, queden en la sombra, sin el reconocimiento que merecen? Todos los educadores, ya sean padres o maestros, pueden identificar esta situación como cotidiana: los buenos no hacen ruido, a los buenos no se les ve, los que con su esfuerzo hacen las cosas bien no son, en tantas ocasiones, tenidos en cuenta…los “malos”, tantas veces, usurpan el tiempo y la dedicación que han de ser repartidos para todos.

Quizá una mala gestión del reconocimiento pueda volver al bueno malo, porque el hijo mayor era bueno hasta el momento en el que no se siente visto por el Padre. Que nos perdone Dios, pues seguro que malinterpretamos, como tantas veces, pero al hijo mayor le hubiera bastado con una palmadita en la espalda de vez en cuando. Probablemente, así no se habría vuelto tan malo y hubiese sacado toda la misericordia que con seguridad también llevaba dentro.