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Dom
28
Feb
2010

Homilía Segundo Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2009 - 2010 - (Ciclo C)

Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.

Introducción

El camino hacia la Pascua, como el de nuestra propia vida, puede resultarnos en ciertos momentos arduo de recorrer y necesitamos hacer un alto para recobrar fuerzas.

El evangelio de hoy nos invita a abandonar la aridez y las dificultades del desierto, que veíamos el domingo pasado. Con Jesús, como Pedro, Santiago y Juan, ascenderemos a la montana para orar y, quizás, logremos intuir a través del resplandor de la Transfiguración algo de su luz de gloria, prenda de nuestra resurrección futura.

La Palabra de Dios en la primera lectura y en el fragmento de la carta a los filipenses son también fuente de luz y de esperanza en nuestro caminar. Las carencias del desierto se convierten y transforman en la promesa fiel y generosa de Dios de otorgar a Abraham una descendencia tan numerosa como las incontables estrellas del cielo y una tierra fértil y próspera. Y Dios sella su promesa con una alianza irrevocable (1a lectura). San Pablo afirma con fuerza nuestra auténtica y definitiva ciudadanía: somos “ciudadanos del cielo”. Hemos sido salvados por el Señor Jesús y creemos que nos asociará a su plenitud de vida, nos conformara a su imagen, cuando transforme “nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa”.

Pero, como los discípulos que fueron testigos de la revelación luminosa de la transfiguración de Jesús en el monte y bajaron de allí para seguir la marcha con su Maestro, también nosotros tendremos que bajar de nuevo al valle, lugar  de la misión cotidiana. Ese es el espacio en el que continuamos el seguimiento tras el Señor hacia Jerusalén y en el que estamos llamados a reconocer su imagen en tantos rostros desfigurados por el dolor, la injusticia, el hambre, las catástrofes naturales, el maltrato de la vida y de unas personas hacia otras.