Sáb
2
Mar
2013

Evangelio del día

Segunda semana de Cuaresma

Voy a volver a casa de mi Padre.

Primera lectura

Lectura de la profecía de Miqueas 7, 14-15. 18-20

Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado,
al rebaño de tu heredad,
que anda solo en la espesura,
en medio del bosque;
que se apaciente como antes
en Basán y Galaad.
Como cuando saliste de Egipto,
les haré ver prodigios.
¿Qué Dios hay como tú,
capaz de perdonar el pecado,
de pasar por alto la falta
del resto de tu heredad?
No conserva para siempre su cólera,
pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros,
destrozará nuestras culpas,
arrojará nuestros pecados
a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad
y a Abrahán tu bondad,
como antaño prometiste a nuestros padres.

Salmo

Sal 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12 R/. El Señor es compasivo y misericordioso

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.

No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado e! ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Dios es fiel a su Promesa

El profeta suplica a Dios que no abandone a su pueblo, que sea ese Buen Pastor que guíe y proteja a las ovejas porque las quiere y es fiel a su Promesa. Israel vive momentos difíciles y piensa que Dios los tiene abandonados a su suerte. Y es justamente al contrario. Es importante que el pueblo vuelva a Dios, reconozca su infidelidad y recobre el sentido profundo de la Alianza, siempre ofrecida por un Dios que busca afanosamente al hombre porque los sabe sobre todo Hijos de su Amor y no se resigna a perderlos.

En Miqueas hay, sobre todo, una llamada a la Esperanza en ese Dios que, a lo largo de la historia, se ha hecho muy presente en la vida y el corazón de su pueblo y se ha comprometido para siempre con su suerte.

  • Perdonar es enseñar a vivir de otra manera, como Dios.

La parábola del Hijo Pródigo expresa con una gran profundidad lo esencial del espíritu de la Cuaresma: la conversión. Convertirse es cambiar el corazón para el rencuentro con Dios, que siempre ha estado ahí esperando al hijo, más que perdido, desorientado por tantas ofertas de felicidad al margen de la Persona que más lo quiere. Creo que todos, alguna vez -muchas-, hemos tenido una experiencia similar a la del Hijo en nuestra vida de fe. Y, al igual que la parábola, nos hemos sentido tristes y desengañados. Es un sentimiento de soledad que sólo se ve con los ojos del corazón y que hace daño reconocer. Pero la mirada del Padre siempre ha estado inquieta desde su partida, una mirada de Amor como la que nos refiere el Evangelio que tuvo Cristo hacia el Joven Rico pero, a diferencia de él, animarnos a devolverle la mirada, sonreír a la vida y seguirle porque lo único que dejaremos será esa absurda y triste soledad.

Esta actitud del Padre es la gran novedad de la parábola, una manera entrañable de referirse a Dios, pero también una propuesta que Él nos hace a todos nosotros: la de ser Padre. Hemos de sentir en nuestra vida la vocación de ser no sólo Hijo, sino también Padre, vivir la Conversión con y desde la mirada de Dios, ser capaces de comprender y perdonar al que nos ofende y no dejarlo nunca ir sin nuestro amor.