Sáb
13
Mar
2010

Evangelio del día

Tercera semana de Cuaresma

¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas 6,1-6

Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará; y viviremos delante de él. Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia tardía que empapa la tierra. - «¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestra piedad es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso os herí por medio de los profetas, os condené con la palabra de mi boca. Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos.»

Salmo

Sal 50,3-4.18-19.20-21ab R/. Quiero misericordia, y no sacrificios

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito, limpia mi pecado. R/.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias. R/.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: - «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Reflexión del Evangelio de hoy

Amor y conocimiento de Dios. Eso es lo que Dios quiere, lo que espera de nosotros: que amemos y conozcamos. Y conocer, “en sentido bíblico”, es la culminación del amor. Es la intimidad extrema con el amado o la amada. Así pues, amor hasta el extremo, hasta lo más íntimo y profundo.

Amar a Dios. Amar su creación, todo aquello que comparte con nosotros el don de la existencia. Amarnos los unos a los otros (Jn 13, 34-35).

La petición es clara, directa, sencilla. Sin embargo, nos cuesta cumplir con ella. Y una y otra vez nos alejamos de Dios, tomamos distancia, nos apartamos de la armonía con todo aquello que nos rodea.

Rompemos con Dios cuando nos creemos autosuficientes, que no necesitamos nada más que a nosotros mismos, cuando pasamos por encima de las personas, la naturaleza…

Ese es el pecado, la ruptura con Dios y con su plan de plenitud para toda la creación (“Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”).

Pero, a corto, medio o largo plazo, esa ruptura, esa distancia, nos pasa factura. Porque en nuestra esencia está el formar parte de ese todo que es la creación y, con ella, formar parte de Dios. Y cuando nos apartamos de esto nos desgarramos, nos despedazamos, nos sentimos rotos.

Para quien llega a ese estado de ruptura, Dios siempre mantiene abierto un camino de vuelta. En nosotros está recorrerlo: reconocer nuestra condición, nuestra ruptura con Dios, nuestra distancia… y volver a Dios, a su seno materno, cálido, acogedor. Porque Dios es como una madre siempre dispuesta a recibir al hijo o a la hija y a sanarlos, vendarlos, curarlos, restablecerlos. Así nos hace resucitar para vivir de nuevo en su presencia.