Dom
6
Ene
2019

Homilía Epifanía del Señor

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría

Pautas para la homilía

“Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría”

Durante las tres primeras semanas de Adviento la liturgia de las horas propone el conocido invitatorio: Al Rey que viene, al Señor que se acerca, venid, adorémosle. A partir del 17 de diciembre el invitatorio es el siguiente: El Señor está cerca, venid, adorémosle.

Esta “adoración” fue la que llevaron a cabo los Magos de Oriente, que preguntaban al rey Herodes: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo

Como bien sabemos la adoración  consiste en “reverenciar con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como divino”. El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, cita en primer lugar “la adoración que hicieron los Reyes Magos al Niño Jesús en el portal de Belén”. 

Ahora bien, la Epifanía tiene el sentido de “aparición”, de “manifestación”. El sentido de la Epifanía del Señor no es una aparición ni una manifestación cualquiera, sino que reviste el significado de algo que trasciende los límites del pueblo de Israel, dando a indicar que el nacimiento del Hijo de Dios no es  un hecho que interese solamente al pueblo de Israel, sino que su manifestación tiene que ver con todo el mundo, significado precisamente en “los Magos de Oriente”. Sea, pues, claro que la aparición del Hijo de Dios, su “epifanía”, es un hecho que interesa a toda la humanidad.

 

“Caminarán los pueblos a tu luz”

La dimensión universal de la obra que Jesús de Nazaret realizará a lo largo de su vida, incluyendo su muerte y su resurrección, es lo que hemos de tomar en consideración. Jesucristo no ha nacido para sí mismo ni siquiera para un pueblo determinado, sino que su obra salvadora tiene como destinataria a la humanidad entera e incluso al universo, recordando lo que en su tiempo puso de manifiesto la sensibilidad de Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), que se refería al “Cristo cósmico”.

Esta perspectiva es la que aparece claramente en la liturgia de la solemnidad de la Epifanía del Señor. El profeta Isaías (siglo VI a.C.) expresa con alegría el cambio que llega al pueblo de Israel, donde se manifestará la “gloria del Señor”, de modo que los pueblos de la tierra (universalismo) caminarán al resplandor de la aurora. El horizonte se ensancha para abarcar a Madián y Efá y Saba, es decir, los pueblos importantes conocidos en Israel. Tal universalismo se repite en el Salmo responsorial, que presenta el estribillo: Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra. En esa totalidad de los “pueblos de la tierra” estamos incluidos también nosotros, los del siglo XXI.

 

“También los gentiles son coherederos… partícipes de la misma promesa”

Este es el grito de profunda alegría que san Pablo proclama por toda la tierra, hablando de “la distribución de la gracia de Dios… a favor de los gentiles”, es decir, de todos los pueblos, y es que la salvación tiene color universal, se extiende más allá de los límites del pueblo de Israel, insistiendo en la obra salvadora de Jesucristo, que es para toda la humanidad.

Esta sí que es una “buena noticia”, esto sí que es “evangelio”, encarnado en Jesucristo y ofrecido a todos para que todos lo acojamos y lo adoremos con corazón agradecido.

La contemplación de la solemnidad de la Epifanía debiera tocarnos muy profundamente, en el corazón y la mente, más allá del aspecto folclórico, externo y pasajero, para dejarnos la convicción de que tal celebración va mucho más allá de lo puramente anecdótico, buscando calar en cada uno de nosotros de tal manera que suscite una respuesta consecuente, una respuesta del tipo de los Magos de Oriente, que “se pusieron en camino”, es decir, salieron de sus casas, de su seguridad, de su ambiente, para ir en busca de lo indicado por la “estrella”.

También nosotros necesitamos levantar la vista o recogernos en nuestro interior para descubrir la “estrella” que nos oriente, que nos guíe hacia aquel que es el único Salvador del mundo, es decir, Jesucristo.

Ahora bien, y volvemos a encontrarnos con el desconcertante modo de obrar de Dios: el único Salvador del mundo no se presenta en la grandeza de un personaje humano, sorprendiendo por su poder y su fuerza o por otros atributos mundanos y pasajeros. Jesucristo se presenta en la humildad de un recién nacido, necesitado de cuidados y atenciones desde el primer momento, precisamente él, que viene para ponerse al servicio de todos, hasta el punto de entregar su vida por todos.

La figura de los Magos de Oriente encarna perfectamente la esencia de la vida cristiana, entendida como “camino”. Los Magos se presentaron a Herodes diciéndole que “venían” para adorar al rey de los judíos. Herodes, tal como sugieren los sumos sacerdotes y los escribas, encamina a los Magos hacia Belén y ellos se pusieron en camino y la estrella los guió “hasta pararse encima de donde estaba el niño”. Después de adorarlo y de ofrecer sus dones, los Magos regresaron a su tierra. Algo así tiene que ser nuestra vida cristiana, y de manera especial sabiendo que Jesucristo se ha presentado como “el camino y la verdad y la vida” (Jn 14,6).

La alegría de los Magos ha de ser también la nuestra, ante el hecho inaudito de encontrarnos con el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, presentado por los brazos de María, que nos ofrece a su Hijo, el Hijo de Dios, para ser nuestro compañero de viaje, porque la vida continúa.