Sáb
20
Feb
2010
La misericordia y el otro manifiestan el verdadero rostro de Dios.

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías 58,9b-14:

Así dice el Señor Dios: «Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía. El Señor te dará reposo permanente, en el desierto saciará tu hambre, hará fuertes tus huesos, serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña; reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre cimientos de antaño; te llamarán reparador de brechas, restaurador de casas en ruinas. Si detienes tus pies el sábado y no traficas en mi día santo, si llamas al sábado tu delicia y lo consagras a la gloria del Señor, si lo honras absteniéndote de viajes, de buscar tu interés, de tratar tus asuntos, entonces el Señor será tu delicia. Te asentaré sobre mis montañas, te alimentaré con la herencia de tu padre Jacob.» Ha hablado la boca del Señor.

Salmo

Sal 85,1-2.3-4.5-6 R/. Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad

Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva a tu siervo, que confía en ti. R/.

Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti. R/.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 5,27-32

En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros.
Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: «¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?»
Jesús les replicó: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan.»

Reflexión del Evangelio de hoy

Nos encontramos en tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión, tiempo de cambios, tiempo de misericordia.

Las lecturas de hoy nos ofrecen unas claves básicas en todo caminar cristiano. La primera es que en el encuentro con Dios, con el Dios de Jesús, ocupa un papel fundamental el “otro”. La vocación cristiana, lejos de ser una vocación intimista que se desarrolla en el “yo”, nos llama al encuentro. El Dios de Jesús es un Dios que sale al encuentro del ser humano, pero no sólo esto, sino que va más allá, nos sale al encuentro en el otro, se manifiesta de una manera evidente en el rostro del prójimo. Así el otro se convierte en rostro y camino hacia Dios, en misterio de su presencia, en “sacramento” de Dios.

La segunda nos la ofrece Isaías en clave de misericordia: “partir el pan con el hambriento”, “saciar el alma afligida”, “no apuntar con el dedo”. Si el “otro” se manifiesta como lugar de encuentro con Dios, es en el pobre, en el necesitado donde Dios se manifiesta de una forma más evidente. En el rostro de tantas personas que hoy sufren la injusticia (en su sentido más amplio) es donde podemos reconocer el rostro de Dios. Hoy tenemos aún reciente la desgracia de pueblos como el de Haití, y no nos resulta difícil que está situación nos mueva a la compasión; sin embargo, cuando las noticias caen en el olvido, cuando los grandes medios de comunicación ya no ofrecen información de la catástrofe, cuando parece que todo se queda en un lejano recuerdo es cuando Dios clama con más fuerza, cuando corremos el peligro de olvidarnos que el rostro de Dios sigue clamando en la pobreza, en el hambre, en la falta de justicia y en la falta de dignidad, tan presente a miles de kilómetros y a escasos metros de nuestra puerta, si no en nuestras propias casas.

La tercera clave viene de la mano de Lucas. Hemos visto que Dios se manifiesta en el “otro”, de una manera más fuerte en el “otro” que sufre la injusticia en cualquiera de sus manifestaciones, pero Lucas nos recuerda que también Dios se manifiesta en lo pequeño, en lo que pasa desapercibido, en lo no atrayente (del otro y nuestro). Ahí donde nosotros reconocemos miseria, imperfección; donde nosotros giramos la cara es donde Dios obra el milagro, donde hace brotar vida. Aquello que nosotros señalamos como causa de muerte es donde Dios brilla haciendo nacer vida. Solo aquella persona que ha experimentado de manera misericorde y profunda la presencia de Dios sabe que es en las limitaciones, en lo imperfecto, donde Dios hace el milagro de crear algo grande; es ahí donde se inicia el camino de conversión cristiana. No puede ser de otra manera: los caminos de Dios no son nuestros caminos, los tiempos de Dios no son nuestros tiempos, los ojos de Dios no son nuestros ojos. Dios sabe hacer de nuestra pobreza nuestra mayor riqueza, solo Dios puede sacar vida de la muerte.