Dom
25
Abr
2010

Homilía Cuarto Domingo de Pascua

Año litúrgico 2009 - 2010 - (Ciclo C)

Yo y el Padre somos uno

Pautas para la homilía

  • Escuchan mi voz y me siguen

El verdadero pastor conoce a sus ovejas y éstas le escuchan y le siguen. Bella imagen para expresar las relaciones de Dios con su pueblo, reivindicadas ahora por Jesús, el pastor bueno. Es el mismo Dios quien habla con el lenguaje parabólico de la acción mostrando en Jesús su inagotable querencia por el hombre y su complicidad en la aventura humana. Desvela así, en amorosa connivencia, su auténtica identidad mesiánica.

Escucha y seguimiento: dos actitudes que definen en el pueblo de Dios la acogida de aquel “sígueme” del Señor a Pedro (domingo anterior), que certifican y revalidan la autenticidad de su fe en el pastor. Jesús no es un extraño para los suyos: porque comparte su vida, confían en él. Para los incrédulos no tiene otras palabras que las de su testimonio veraz: “si no hago las obras de mi Padre, no me creáis” (10, 37).

  •  Yo les doy la vida eterna

El que se compadeció de nuestras flaquezas aceptando incluso la muerte en la cruz no es otro que el gran Pastor resucitado por Dios y convertido en causa de salvación eterna para cuantos creen en él (Heb 5,9). Pero no resulta nada fácil creer en la oferta de Vida de un Crucificado, aunque haya dado la vida por sus ovejas. ¿No comentaban los propios familiares de Jesús que “estaba fuera de sus cabales”? (Mc 3,21). “¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo?”, le reclamaban sus contemporáneos. Dinos quién eres.

Ocurre los mismo en nuestros días. Al hombre mundano le cuesta mucho captar las cosas del Espíritu de Dios, pues carecen para él de sentido y no puede entenderlas (1 Cor 2,14). Acostumbrado a caminar con la mirada a ras de tierra, bajo el angosto horizonte de sus miopes preocupaciones inmediatas, ¿cómo discernir y abrazar los insondables caminos de Dios conducentes a la vida eterna? Aunque resulte atractiva y fascinante la promesa del pastor a sus seguidores: “no perecerán jamás ni nadie les arrebatará de mi mano”, ¿no será demasiado utópica e irrealizable? ¿Cómo creer de verdad y arriesgarse a seguir sus pasos?

  • Yo y el Padre somos uno

Jesús actúa en nombre de Dios, porque su vida está sustentada en Él. Esa es la razón última y definitiva para creer en él y seguirle. Sus palabras denotan convicción y consistencia. Sus obras remiten al misterio unitario de comunión con su Padre Dios, donde encuentran su fortaleza. No hay lugar para el temor, porque nadie puede arrebatarle lo que el Padre le ha confiado. Están todos en sus manos, bajo su protección y dependencia.

Es justamente esta unidad de poder y acción entre el Padre y el Hijo la que prescribe a su vez las relaciones entre el Hijo y los hombres, entre el pastor y su rebaño. De ahí la oración de Jesús al Padre: “Que sean uno como lo somos nosotros” (17,11). Sabe que esta unidad comunicada a los creyentes constituye la mejor defensa del rebaño contra los lobos rapaces.

Resuena de nuevo el evangelio del domingo pasado: aunque la red está llena de peces, símbolo de la diversidad y universalidad de la comunidad cristiana, no se rompe. Es la imagen que mejor condensa la primera y más importante misión de todo pastor: atraer a todos en Cristo Jesús sin que se disgregue el rebaño.