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Vie
9
Abr
2010

Evangelio del día

Octava de Pascua

¡Es el Señor!

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 1-12

En aquellos días, mientras hablaban al pueblo Pedro y Juan se les presentaron los sacerdotes, el comisario del templo y lo saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran la resurrección de los muertos por el poder de Jesús. Le echaron mano y, como ya era tarde, los metieron en la cárcel hasta el día siguiente. Muchos de los que habían oído el discurso, unos cinco mil hombres, abrazaron la fe. Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas; entre ellos el sumo sacerdote Anás, Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer a Pedro y a Juan y los interrogaron: - «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso?» Pedro, lleno de Espíritu Santo, respondió: - «Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; pues, quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante vosotros. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.»

Salmo

Sal 117, 1-2 y 4. 22-24. 25-27a R. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.

La piedra que desecharon
los arquitectos es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.

Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discí-pulos suyos. Simón Pedro les dice: - «Me voy a pescar.» Ellos contestan: - «Vamos también nosotros contigo.» Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: - «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: - «No.» Él les dice: - «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: - «Es el Señor.» Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: - «Traed de los peces que acabáis de coger.» Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: - «Vamos, almorzad.» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

Reflexión del Evangelio de hoy

Estamos celebrando la Octava de Pascua, ocho días para gozar de un modo más expresivo en la Liturgia, de la presencia de Cristo, recién resucitado, entre nosotros. Semana que es imagen de la Eterna Fiesta que viviremos en el cielo junto a Cristo glorioso, sentado a la diestra de Dios intercediendo por nosotros. Pero no sólo eso, también se nos presenta en estos días los inicios de la predicación de la Iglesia, después de Pentecostés.

  • “Ningún otro nombre puede salvar”

Pedro y Juan, después de curar al paralítico del Templo son arrestados y llevados a la cárcel. Pero no están solos en el interrogatorio. Pedro respondió “lleno de Espíritu Santo”, que es el Espíritu de Jesús. Este espíritu es ahora el gran protagonista de la historia, el hace que Pedro siga siendo Pedro, impetuoso, impulsivo; ¿cobarde? ¡ya no! por la efusión que ha recibido de lo alto.
Es el nombre de Jesús, el que predica, quien le da la fortaleza para responder a sus adversarios a una pregunta que ya se la hicieron al mismo Jesús en otra ocasión.
Es el nombre de Jesús el único que puede salvar, ya no podemos agarrarnos más a las realidades terrenas sino para someterlas a las divinas. Ni el dinero, ni el prestigio, ni el poder, ni el sexo, ni la ambición tienen poder para salvar. Solo el nombre de JESUS puede salvarnos si nos acogemos a Él.
Pidamos al Señor que nos envíe su Espíritu en este día, para poder también nosotros proclamar la salvación que hemos recibido de Él por su muerte y resurrección.

  •  " Jesús se acerca, toma el pan y se lo da".

Ante el aparente fracaso de la cruz, los discípulos habían vuelto a sus quehaceres cotidianos. Ya no estaba Jesús con ellos; se habían acostumbrado a vivir al calor y al amparo del Maestro, y ahora que ya no está con ellos, regresan a lo de siempre, a lo conocido, a su anterior ocupación: pescar, pero pasan la noche entera sin coger nada.
Pero llega el Señor y transforma la noche en día, el cansancio en asombro, la ausencia se vuelve presencia. Sin Él, todo esfuerzo ha sido en balde, con Él todo recobra un cariz distinto. Bien podemos decir con el salmista: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.”.
El Resucitado les manda volver a tirar la red, que recoge una pesca milagrosa, y les invita a un encuentro con Él, de donde tendrán que aportar de los peces que acaban de pescar. Después de esta comida, los discípulos volverán a tomar el rumbo que habían perdido. Es, en realidad, una comida eucarística, (Jesús se acerca, toma el pan y se lo da), que recuerda la Última Cena. Pero esta vez, “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor”. ¡Su modo de tomar el pan y repartirlo era inconfundible!, como ocurriría de nuevo a los de Emaús.
Jesús se les aparece aprovechando lo que les es familiar: una pesca, una comida... ahí manifiesta su poder y su gloria. Cuántas veces el Señor se nos presenta en lo cotidiano y después de ese encuentro, volvemos a seguir al Señor sin reservas. La resurrección es la confirmación de la divinidad de Jesucristo. Jesús había cambiado, y los discípulos comienzan a cambiar también.
Jesús ha cumplido todo, ha dado el máximo fruto durante su misión terrena; y sin embargo tiene necesidad de la misión de la Iglesia, nuestra misión, para hacerse presente Resucitado en el siglo XXI.