Sáb
3
Abr
2010

Evangelio del día

Semana Santa

‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘ahí tienes a tu madre’.

Primera lectura

Hoy, sábado santo, la liturgia está vacía. No hay Eucaristía, por lo que tampoco hay comentarios a las mismas. Proponemos la reflexión sobre la Cruz y María.

Salmo

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan, 19, 25-27

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”.

Reflexión del Evangelio de hoy

  • El ‘vacío’ de la cruz y la ‘soledad’ del sepulcro

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte: ‘Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar (Jn, 19, 40). La sepultura nos recuerda ‘el lugar donde son depositados los cuerpos de los difuntos’. El sepulcro evoca, con respecto a los que han muerto, ‘lo enterrado’, ‘lo oculto’, ‘lo oscuro y no expuesto a la luz’; con respecto a los que aún vivimos, el sepulcro refuerza ‘el vacío’ que representa lo que ya no tiene vida, ‘la ruptura radical’ con aquellos que han muerto, ‘la soledad afectiva’ de quien padece la separación cuando la muerte arrebata a los que queremos o sentimos especialmente cercanos.

El texto de San Juan que hemos señalado para este comentario nos puede servir para comprender el ‘vacío’ y ‘dureza’ que nos ha dejado la experiencia de la cruz en el Viernes Santo y para aliviar la ‘soledad’ y ‘oscuridad’ que nos recuerda el sepulcro. El evangelista conoce en profundidad el dolor y los desvelos humanos que produce el sufrimiento de la muerte. Le basta retomar el diálogo de Jesús con los suyos al pie de la cruz para ofrecernos una meditación nada despreciable ni alejada de nuestra condición humana. San Juan no precisa de muchos gestos o palabras para acercarnos a lo esencial. En una circunstancia límite surge el balbucir de la palabra, acompañada de una mirada, que ahora contemplamos en los tres personajes protagonistas de la escena.

  • La madre, el hijo y el discípulo

El texto se hace eco de un diálogo breve e intenso de Jesús en la cruz con su madre y con su discípulo amado. Con gran originalidad sitúa a la madre de Jesús en uno de los momentos más cruciales en la vida de su Hijo y a uno de sus discípulos, ‘el amado’, en una de las experiencias de relación más duras para dos amigos. Nos encontramos ante un doble gesto lleno de humanidad. Esta Palabra nos permite apreciar una reflexión madura sobre el amor de Dios en la cruz y sobre la realidad de ese mismo amor entre los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. Veámoslo de esta manera:

Por un lado, se nos representa en la escena a una madre y a un Hijo que se encuentran para afrontar el momento definitivo de toda existencia. La ‘mirada de Jesús’ a su madre es más que un mero gesto casual o involuntario. Refleja una comunicación intensa entre un hijo y una madre. ‘Viendo a su madre’ nos evoca y recuerda la pasión interior que vivimos cuando queremos a alguien. No resulta fácil describir en palabras los afectos de filiación que surgen entre un hijo y una madre. Algo divino los recorre cuando son reflejo de una intensidad que supera la simple concreción emocional del momento. Hay gestos maternos de amor que asumiendo, como no puede ser menos, la singularidad de ser madre se extienden a todos. En boca de Jesús leemos: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. La ausencia de lo que es singular, único e importante para cada uno de nosotros produce ‘vacíos’ en nuestros afectos humanos más íntimos; no obstante, ‘el vacío que produce la ausencia de lo singular’ se llena de esperanza y de superación cuando el amor se extiende y llega también a otros. María, madre de Jesús, se convierte como mujer, en madre de todos.

Por otro lado, un maestro y un discípulo que, habiendo compartido la vida, se encuentran para reforzar su fraternidad y amistad. Es más que un mero recreo de intimidad. Ante todo, el encuentro es un compromiso: ‘desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa’. ‘La soledad’ de la ausencia se vuelve presencia en lo que la expresión cargada de vitalidad y experiencia refleja: ‘hijo, ahí tienes a tu madre’.

No somos ajenos al dolor propio o ajeno. En la cruz o en el sepulcro y en lo que estos vocablos en la vida de Jesús representan, todos nos vemos reflejados. Estamos necesitados de encuentros intensos entre nosotros que nos ayuden a superarnos en el dolor; llamados a madurar aquellos aspectos personales que nos hacen más vulnerables; estimulados a reforzar los lazos afectivos procurando siempre la esperada meta de la fraternidad; comprometidos en renovar la vida, por débil que ésta parezca, poniendo de manifiesto nuestros compromisos con ella. En definitiva, impulsados a crecer en el amor.