Lun
5
Abr
2010

Evangelio del día

Octava de Pascua

Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos

Primera lectura

Primera Lectura: Hechos 2,14.22-33

El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra: "Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él: "Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia." Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que "no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción", hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, de lo cual todos nosotros somos testigos. Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo."

Salmo

Salmo Responsorial: 15 "Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti."

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: "Tú eres mi bien." El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano. R. Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. R. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha. R.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 28,8-15

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: "Alegraos." Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: "No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán." Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: "Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros." Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

Reflexión del Evangelio de hoy

El discurso de Pedro en la fiesta judía de Pentecostés presenta a David como quien anunció y prefiguró la vida, la muerte, y, sobre todo, el triunfo de Jesús. Entender a David, dice Pedro a los judíos, lleva a aceptar lo que ha acontecido con Jesús de Nazaret. Mantiene un tono de excusa, pues los judíos, no le mataron, le entregaron a la autoridad romana, que sí le ejecutaron; además fueron sólo instrumentos de lo que Dios tenía previsto. A nosotros nos cuesta hoy aceptar que los designios de Dios, restasen responsabilidad a quienes lo ejecutaron. Pero hemos de ser conscientes de que más les tenía que costar a quienes le entregaron a la muerte y lo vieron como un esclavo crucificado, aceptar lo que Pedro dice de él: que Dios lo resucitó y lo exaltó hasta sentarlo a su derecha. Que los apóstoles dieron su vida por esa afirmación viene a ser lo que más inclina a aceptar la resurrección. Su profunda experiencia de la resurrección es nuestro argumento –si se puede hablar así- a favor de la fe en ella.

Los apóstoles no fueron los primeros en encontrarse con el resucitado, fueron las amigas de Jesús. Éstas fueron las últimas testigos de su muerte y las primeras que proclamaron la resurrección. Las que habían pasado por la vida de Jesús unidas a él simplemente en esa relación de amistad, son quienes primero experimentaron su triunfo. Las primeras que se llenaron de alegría por ella. También habían sido las últimas que le habían acompañado en el Gólgota. El amor toma la primacía en el dolor y en el triunfo.