Vie
5
Feb
2010
De todo corazón amó a su Creador, entonando salmos cada día.

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico 47, 2-13

Como se separa la grasa en el sacrificio de comunión, así David fue separado de entre los hijos de Israel.
Jugó con los leones como si fueran cabritos,
y con los osos como si fueran corderos.
¿Acaso no mató de joven al gigante,
y quitó el oprobio del pueblo,
lanzando la piedra con la honda
y abatiendo la arrogancia de Goliat?
Porque invocó al Señor altísimo,
quien dio vigor a su diestra,
para aniquilar al potente guerrero
y reafirmar el poder de su pueblo.
Por eso lo glorificaron por los diez mil
y lo alabaron por las bendiciones del Señor,
ofreciéndole la diadema de gloria.
Pues él aplastó a los enemigos del contorno,
aniquiló a los filisteos, sus adversarios,
para siempre quebrantó su poder.
Por todas sus acciones daba gracias
al Altísimo, el Santo, proclamando su gloria.
Con todo su corazón entonó himnos,
demostrando el amor por su Creador.
Organizó coros de salmistas ante el altar,
y con sus voces armonizó los cantos;
y cada día tocarán su música.
Dio esplendor a las fiestas,
embelleció las solemnidades a la perfección,
haciendo que alabaran el santo nombre del Señor,
llenando de cánticos el santuario desde la aurora.
El Señor le perdonó sus pecados
y exaltó su poder para siempre:
le otorgó una alianza real
y un trono de gloria en Israel.

Salmo

Sal 17, 31. 47 y 50. 51 R/. Bendito sea mi Dios y Salvador

Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen. R/.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre. R/.

Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu ungido,
de David y su linaje por siempre. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 14-29

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey de Herodes oyó hablar de él.
Unos decían:
«Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Otros decían:
«Es Elías».
Otros:
«Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía:
«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy
perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Elogio fúnebre de un hombre bueno.

Después del relato de la muerte de David, viene ahora “la homilía fúnebre” de este hombre bueno, que era David. Como en todas las homilías fúnebres, la luces prevalen sobre la sombras, las virtudes sobre los defectos. David era una persona que su vida y todas sus empresas giraban en torno a Dios. Buscó siempre “alabar a Dios, darle gracias y le amó de todo corazón”. Después de su fuerte y grave pecado supo pedir perdón a Dios que se lo otorgó. David era hombre y no Dios, por eso también se dejó arrastrar por el mal, pero como era hombre bueno supo acercarse de nuevo a Dios que le acogió y ensalzó.

  • La conciencia, la voz de Dios, la paz interior

Es difícil, podemos decir que imposible, no oír a la propia conciencia, que ya los clásicos decían que era la voz de Dios. Eso le pasó al rey Herodes. Había matado a Juan de manera injusta y su conciencia se lo recordaba de muchas maneras. Hasta cuando oye a hablar de Jesús, cuya fama iba creciendo de día en día, piensa que es Juan que ha resucitado. Su conciencia le recuerda su mala acción y le atormenta. Están bien todas las técnicas de respiración  y de relajación para lograr el equilibrio personal. Pero nada hay como seguir la propia conciencia para disfrutar de una gran paz que, en el fondo, es seguir la voz de Dios. Nada hay que desasosiegue tanto como ir en contra de la propia conciencia, de la voz de Dios. Aprendamos la lección: sigamos siempre la voz de la propia conciencia, la mejor medicina para que la paz inunde nuestro corazón.

Celebramos hoy la fiesta del mártir Santa Águeda. Por amor a Cristo no sólo abrazó la virginidad sino que, por no renunciar a éste su gran amor, fue martirizada cruelmente en tiempos del emperador Decio (251). Siendo de Catania (Sicilia) su popularidad se extendió no sólo en Occidente sino también en Oriente.