Mié
3
Feb
2010
No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

Primera lectura

Lectura del 2 libro de Samuel 24,2.9-17

En aquellos dias, el rey David ordenó a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él:
«Id por todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, a hacer el censo de la población, para que yo sepa cuánta gente tengo. » Joab entregó al rey los resultados del censo: en Israel había ochocientos mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá quinientos mil. Pero, después de haber hecho el censo del pueblo, a David le remordió la conciencia y dijo al Señor:
«He cometido un grave error. Ahora, Señor, perdona la culpa de tu siervo, porque ha hecho una locura».
Antes que David se levantase por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió la palabra del Señor.
«Vete a decir a David: "Así dice el Señor: Te propongo tres castigos; elige uno, y yo lo ejecutaré.”»
Gad se presentó a David y le notificó:
«¿Qué castigo escoges? Tres años de hambre en tu territorio, tres meses huyendo perseguido por tu enemigo, o tres días de peste en tu territorio. ¿Qué le respondo al Señor, que me ha enviado?»
David contestó:
«¡Estoy en un gran apuro! Mejores caer en manos de Dios, que es compasivo, que caer en manos de hombres.»
Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó entonces la peste a Israel, desde la mañana hasta el tiempo señalado. Y desde Dan hasta Berseba, murieron setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendió su mano hacia Jerusalén para asolarla. Entonces David, al ver al ángel que estaba hiriendo a la población, dijo al Señor:
«¡Soy yo el que ha pecado! ¡Soy yo el culpable! ¿Qué han hecho estas ovejas? Carga la mano sobre mi y sobre mi familia.»
El Señor se arrepintió del castigo, y dijo al ángel, que estaba asolando a la población:
«¡Basta! ¡Detén tu mano!»

Salmo

Sal 31, 1-2. 5. 6. 7 R. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito. R.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubri mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará. R.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. R.

Evangelio del día

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6,1-6

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
-« ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»
Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía:
-«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.»
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Conocían pero no reconocían a Jesús 

En Nazaret, como en los pueblos más bien pequeños, todos se conocían. Presumiblemente, todos conocían a Jesús y a su familia, y le conocían también por su oficio, “el carpintero, el hijo de María”. Creen saber también que es hijo de José, cuyo oficio continúa. Son muchos años viviendo, trabajando, orando y sufriendo, como para no conocerse. María tampoco se distinguió particularmente del resto de las amas de casa y madres de familia de Nazaret, a juzgar por los comentarios.

Pero reconocer en Jesús al Mesías es otra cosa, es como dar un salto en el vacío. Se necesita no sólo ver y conocer, sino creer. Y “Jesús se extrañó de su falta de fe”. Jesús les produjo asombro, admiración: “¿De dónde saca todo esto?” Supieron de sus milagros: “¿Y esos milagros de sus manos?” Y, por las Escrituras, sabían que los milagros son hechura de Dios, pero ni siquiera eso les hizo dar el salto.  

  •  “Y desconfiaban de él”

Como Jesús no respondía a sus expectativas, “desconfiaban de él”. Esa fue su gran desgracia: desconfiar de Jesús a quien conocían por ser paisano suyo, algo increíble pero cierto. Todo hubiera cambiado con sólo fiarse de él y confiar. Pero ese gesto es fruto de la fe y a ellos “les faltaba fe”. Jesús no pudo hacer más. Fue con sus discípulos a su pueblo y allí, en la sinagoga, les habló enseñando. Pero el conocerle con tanto detalle como sabían de él, impidió que le reconocieran en lo que todavía ignoraban de su persona.

Nadie con más facilidad que ellos para llegar a Jesús a través de su madre, paisana suya como Jesús. Ella les hubiera conducido a su Hijo diciéndoles que no se preocuparan si todavía les faltaba fe, que bastaba con que hicieran lo que él les dijera. Y el milagro de Caná se hubiera adelantado, y todo, incluido el Evangelio, hubiera sido distinto.

Con Dios y ante Dios hay que dejarse sorprender, hay que dejar siempre un margen al asombro, a la admiración y al desconcierto. Sus planes no son nuestros planes y sus caminos no son los nuestros. Incluso haciendo las cosas lo mejor que podemos, Dios nos sorprende siempre. Y nuestra mejor respuesta es fiarnos más que nunca de ese Dios sorpresivo y confiar en  él.