Lun
8
Feb
2010
El Señor puso el sol en el cielo, el Señor quiere habitar en la tiniebla.

Primera lectura

Lectura del primer libro de los Reyes 8,1-7.9-13

En aquellos días, Salomón convocó a palacio, en Jerusalén, a los ancianos de Israel, a los jefes de tribu y a los cabezas de familia de los israelitas, para trasladar el arca de la alianza del Señor desde la ciudad de David, o sea Sión. Todos los israelitas se congregaron en torno al rey Salomón, en el mes de Etanín (el mes séptimo), en la fiesta de las Tiendas. Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los sacerdotes cargaron con el arca del Señor, y los sacerdotes levitas llevaron la tienda del encuentro, más los utensilios del culto que había en la tienda. El rey Salomón, acompañado de toda la asamblea de Israel reunida con él ante el arca, sacrificaba una cantidad incalculable de ovejas y bueyes.
Los sacerdotes llevaron el arca de la alianza del Señor a su sitio, al camarín del templo, al Santísimo, bajo las alas de los querubines, pues los querubines extendían las alas sobre el sitio del arca y cubrían el arca y los varales por encima. En el arca sólo había las dos tablas de piedra que colocó allí Moisés en el Horeb, cuando el Señor pactó con los israelitas, al salir de Egipto. Cuando los sacerdotes salieron del Santo, la nube llenó el templo, de forma que los sacerdotes no podían seguir oficiando, a causa de la nube, porque la gloria del Señor llenaba el templo. Entonces Salomón dijo: "El Señor puso el sol en el cielo, el Señor quiere habitar en la tiniebla; y yo te he construido un palacio, un sitio donde vivas para siempre."

Salmo

Salmo Responsorial: 131 "Levántate, Señor, ven a tu mansión."

Oímos que estaba en Efrata,
la encontramos en el Soto de Jaar:
entremos en su morada,
postrémonos ante el estrado de sus pies. R.

Levántate, Señor, ven a tu mansión,
ven con el arca de tu poder:
que tus sacerdotes se vistan de gala,
que tus fieles vitoreen.
Por amor a tu siervo David,
no niegues audiencia a tu Ungido. R.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos, terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret, y atracaron. Apenas desembarcados, algunos lo reconocieron, y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas. En la aldea o pueblo o caserío donde llegaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos.

Reflexión del Evangelio de hoy

El texto con el que presentamos la reflexión del día de hoy, nos ha de hacer pensar: “El Señor puso el sol en el cielo, el Señor quiere habitar en la tiniebla”

Quien creó el sol, el dueño de la luz –él era la luz – habita en la tiniebla. Es un misterio. El ser humano busca visibilidad. También en Dios. “tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal 26,8). Rostro que se busca por que “oigo en mi corazón,<buscad mi rostro> (Ibíd.). El ser humano siente que el mismo Dios quiere manifestarse, dejarse ver. Pero no de una manera tangible. En el Sinaí entre nubes deja ver su espalda a Moisés. La manifestación del Dios del Sinaí es la Ley, fijada en tablas de piedra. Es la teofanía más precisa de Dios para los judíos. Esas tablas están ocultas en el Arca de alianza. Ésta a su vez se llevará al Sancta sanctorum del templo al que pocos tienen acceso. No hay religión sin misterio. La fe se apoya en el misterio. Y a la vez en la revelación de ese misterio. La revelación no es una noticia clara como la luz del sol. Aquí, en la tierra, está envuelta en la nube. Es necesario prescindir del Dios que conocemos claramente, cuya voluntad en cada circunstancia de la vida sabemos cuál es. Un Dios tan claramente conocido sería alguien que podríamos manejar. Como manejamos un útil o herramienta. No sería el que tendría que disponer de nuestra vida. Nosotros dispondríamos de la de Él.  Dios vive en el misterio. El misterio, la percepción de él, el intento de penetrarlo, es la actitud más elevada de la condición humana. El misterio nos eleva. Ese Dios en nuestra fe se manifiesta en Jesús de Nazaret. Ya tenemos rostro de Dios, podríamos decir. No, vemos el rostro, pero no percibimos la divinidad. Y, sin embargo, ¡él es nuestro Dios! El misterio sigue presente.

Frente a la evidencia sensible o matemática de o tangible o lo discursivo racionalmente, el misterio nos exige fe. Esto es más humano que el conocimiento de lo evidente. Como humano es el compromiso afectivo, lo más humano y determinante, y éste no se apoya en evidencias matemáticas o científicas. Porque el ser humano también es misterio. Los compromisos humanos más definitorios de nuestro ser se apoyan en la confianza en el otro. La confianza que tenían los contemporáneos de Jesús cuando sólo buscaban tocarle el manto. Sin saber más de él.