Sáb
30
Ene
2010
Vamos a la otra orilla.

Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel 12, 1-7a. 10-17

En aquellos días, el Señor envió a Natán a ver a David y, llegado a su presencia, le dijo:
«Había dos hombres en una ciudad, uno rico y el otro pobre. El rico tenía muchas ovejas y vacas. El pobre, en cambio, no tenía más que una cordera pequeña que había comprado. La alimentaba y la criaba con él y con sus hijos. Ella comía de su pan, bebía de su copa y reposaba en su regazo; era para él como una hija.
Llegó un peregrino a casa del rico, y no quiso coger una de sus ovejas o de sus vacas y preparar el banquete para el hombre que había llegado a su casa, sino que cogió la cordera del pobre y la aderezó para el hombre que había llegado a su casa».
La cólera de David se encendió contra aquel hombre y replicó a Natán:
«Vive el Señor que el hombre que ha hecho tal cosa es reo de muerte. Resarcirá cuatro veces la cordera, por haber obrado así y por no haber tenido compasión».
Entonces Natán dijo a David:
«Tú eres ese hombre. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita”. Así dice el Señor:
“Yo voy a traer la desgracia sobre ti, desde tu propia casa. Cogeré a tus mujeres ante tus ojos y las entregaré a otro, que se acostará con ellas a la luz misma del sol. Tú has obrado a escondidas. Yo, en cambio, haré esto a la vista de todo Israel y a la luz del sol”».
David respondió a Natán:
«He pecado contra el Señor».
Y Natán le dijo:
«También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás. Ahora bien, por haber despreciado al Señor con esa acción, el hijo que te va a nacer morirá sin remedio».
Natán se fue a su casa.
El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David y cayó enfermo.
David oró con insistencia a Dios por el niño. Ayunaba y pasaba las noches acostado en tierra.
Los ancianos de su casa se acercaron a él e intentaban obligarlo a que se levantara del suelo, pero no accedió, ni quiso tomar con ellos alimento alguno.

Salmo

Sal 50, 12-13. 14-15. 16-17 R/. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro

Oh, Dios, crea en mi un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R/.

Líbrame de la sangre, oh, Dios,
Dios, Salvador mio,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 35-41

Aquel día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos:
«Vamos a la otra orilla».
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole:
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:
«¡Silencio, enmudece!».
El viento cesó y vino una gran calma.
Él les dijo:
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:
«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».

Reflexión del Evangelio de hoy

Nos encontramos ante un texto duro, de difícil comprensión y que por ello abre distintas posibilidades de interpretación. Nosotros hemos optado por fijarnos en algunos de los personajes que están apenas nombrados, que quedan en las orillas y que no tienen un protagonismo aparente. Así en la lectura del libro de Samuel es Natán el que hace caer en la cuenta a David de lo terrible de sus acciones, de la gravedad que estas entrañan. Ambos son los protagonistas más visibles. El rey ha actuado sin tener en cuenta la vida, los deseos y los sueños de una mujer, Betsabé, de la cual no aparece ni su nombre. El gran rey irrumpió en su vida destrozándola. El poder mezclado con la arbitrariedad hizo que ella fuera violada y su marido, Urias, cayera muerto en la batalla contra los amonitas. El panorama que se describe es tremendo. Sin embargo, aun hemos descubierto en este pasaje detalles interesantes que ponen de manifiesto la gravedad del mismo. Natán, el profeta, utiliza un símil para que David pueda comprender cuál es la situación que ha creado. La comparación se establece entre una corderilla y Betsabé. Ambos son solo objetos deseados por alguien que puede obtenerlos de modo poco ético, recurriendo a un abuso de poder.

Nada dice el texto de cómo se debió sentir ella. Primero, como mujer, con una vida por delante y que un varón poderoso decidió truncar, sólo porque la consideró bella. Segundo, como madre. Dice el texto que engendró un hijo aunque la pertenencia de éste niño no es de ambos sino del rey tirano. La ley semítica así lo determinaba, los hijos son de aquellos que los han engendrado. Las mujeres son meros receptáculos. Esta legislación atendía a una mentalidad patriarcal que aun no hemos logrado dejar totalmente atrás.

Por si fuera poco, es Dios el que hiere al niño acabando al séptimo día con la vida del pequeño. Realmente, desolador.

Hemos leído más allá del texto para buscar alguna pequeña esperanza en medio de este tremendo drama. Lo hemos encontrado en un cambio de actitud del tirano. Dice que permaneció en el suelo, desolado al comprender las dimensiones que estaban adquiriendo sus actos inmorales y que fue a buscar a Betsabé para consolarla y reparar parte del daño. Juntos encontraron el consuelo ante tanta desgracia. Es sorprendente y muy esperanzador descubrir que es posible el perdón y la superación en momentos tan duros. Se necesita para ello, mucha valentía y compasión por parte de ambos, especialmente de Betsabé. Parece que descubrieron que las mujeres no son propiedades, ni objetos seducibles, sino que pueden ser compañeras de camino, pero para ello es necesario que nuestra mente se sitúe en otras orillas.

¿Pero quién es este?

De nuevo en este texto evangélico nos volvemos a encontrar con los dos temas anteriores: el poder y la falta de libertad. Jesús es el que pide ir a “la otra orilla”. Esa es su invitación. Hemos de ser capaces de ir más allá, de pensar de otro modo. De no dejar que el miedo llene de temores nuestra barca y no nos permita seguir remando mar adentro en el evangelio. Es difícil.

Sabemos que todos tenemos más o menos cuotas de poder, depende de dónde estemos situados cada uno de nosotros. Pero podemos y debemos seguir preguntándonos quién eres tú, en qué consiste tu sabiduría divina. Aunque sabemos que esto nos obliga, personal, comunitaria y eclesialmente a ser y a relacionarnos de otros modos para que podamos ir hacia otras orillas, sabiendo que nuestra confianza se orienta en su sabiduría.