Mar
23
Jul
2013
El que permanece en mí y yo él, ése da fruto abundante

Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 2, 19-20:

Hermanos:
Yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios.
Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.
Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.

Salmo

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9. 10-11 R/. Bendigo al Señor en todo momento

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R/.

El ángel del Señor acampa en torno a quienes lo temen
y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

Todos sus santos, temed al Señor,
porque nada les falta a los que lo temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Reflexión del Evangelio de hoy

Hoy celebramos la fiesta de Santa Brígida, una de las patronas de Europa. Primero, la tendremos en cuenta a ella, su vida, su familia, donde ella se santificó. Luego, veremos la base evangélica sobre la que cimentó su vida, el párrafo evangélico correspondiente litúrgicamente a la fiesta de hoy. 

  • Santa Brígida

Santa Brígida fue madre, viuda, religiosa y fundadora. Su matrimonio duro 28 años y tuvo 8 hijos, cuatro hombres y cuatro mujeres. De los 4 hombres, uno fue religioso; dos, buenas personas; y el 4º, Carlos, una de las ovejas negras de la familia. Sólo al final de su vida se arrepintió. De las 4 mujeres, una fue santa, Santa Margarita de Suecia; otras dos, religiosas; y la 4ª, otra oveja negra que dio bastantes disgustos a sus padres. Una familia donde coexistió el bien y el mal, quizá como la mayoría de las familias y comunidades del tipo que sean. Santa Brígida supo no desesperarse nunca, dar tiempo al tiempo, tener paciencia y dar siempre el mejor de los ejemplos junto a sus consejos, por maternales, cercanos y certeros.

Mantuvo siempre las mejores relaciones con Dios por medio de la oración, la reflexión, el culto y las peregrinaciones. Al final, abrazó la vida religiosa, en la que siguió teniendo visiones celestiales y muchas obras de caridad. 

  • Dios, el cuidador y podador. El hombre, el sarmiento

Jesús muestra hoy al Padre como viñador, como el que prodiga sus desvelos pensando en los frutos. No se puede obviar que, a veces, éstos exigen cortar, arrancar ramas secas; pero predomina en él su oficio de cuidador y podador. Por eso, prefiero verle como el Padre que, al atardecer reunía a Brígida, a su marido e hijos, a veces un tanto agitados, preocupados por multitud de cosas, para, con una paciencia similar a la que Jesús mostraba con sus discípulos, hablarles y recordarles que el Padre, el labrador, el viñador, era él. Y que ellos y ellas, las ramas, eran sus hijos e hijas; que debían tener confianza, que tenían que fiarse de él, que sabía lo que hacía. Que, incluso en momentos de clara y pecaminosa esterilidad, seguían siendo sus hijos. Que se dejaran cuidar, si fuera necesario que se dejaran podar, y siempre que se dejaran querer sin creerse nunca mayores de edad mientras permanecieran en el hogar.

En otros momentos, Jesús les hablaría con la misma cercanía y confianza, presentándose a sí mismo como la vid, el tronco, la base que garantiza la permanencia a la que el sarmiento tiene que quedar fijo en la cepa. Y, con inmenso cariño, insistiría: “Sin mí no podéis hacer nada”, bueno, se entiende. Y Brígida se dio cuenta de que, a la luz de las palabras y ejemplo de Jesús, más que de “imitación” de Cristo, de lo que se trataba era de permanecer anclados en él, unidos a él: “permaneced en mí”; “permaneced en mi amor”; “que vuestro fruto dure y permanezca”. Brígida, viviéndolo, se santificó; hoy, la Iglesia nos ofrece su ejemplo para que nosotros lo vivamos también.