Lun
6
Ene
2020

Homilía Epifanía del Señor

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría

Pautas para la homilía

La fiesta de la Epifanía tiene su origen en la Iglesia de Oriente. A diferencia de Europa, el 6 de enero tanto en Egipto como en Arabia se celebraba el solsticio de invierno, festejando al sol victorioso con evocaciones míticas muy antiguas. Epifanio explica que los paganos celebraban el solsticio invernal y el aumento de la luz a los trece días de haberse dado este cambio; nos dice además que los paganos hacían una fiesta significativa y suntuosa en el templo de Coré. Cosme de Jerusalén cuenta que los paganos celebraban una fiesta mucho antes que los cristianos con ritos nocturnos en los que gritaban: "la virgen ha dado a luz, la luz crece".

Hasta el siglo IV la Iglesia no comenzó a celebrar en este día la Epifanía del Señor. Al igual que la fiesta de Navidad en occidente, la Epifanía nace contemporáneamente en Oriente como respuesta de la Iglesia a la celebración solar pagana que tratan de sustituir. Así se explica que la Epifanía se llama en oriente: Hagia phota, es decir, la santa luz.

Esta fiesta nacida pues en Oriente ya se celebraba en la Galia a mediados del s IV donde se encuentran vestigios de haber sido una gran fiesta. La celebración de esta fiesta es pues ligeramente posterior a la de Navidad, pero plenamente integrada en nuestro acervo litúrgico y cultural, especialmente en España y el ámbito hispano.

Y es que mientras en Oriente la Epifanía es la fiesta de la Encarnación, en Occidente se celebra con esta fiesta la revelación de Jesús al mundo entero, la Epifanía o Manifestación del Señor. La celebración gira en torno a la adoración del Niño Jesús por parte de los Reyes Magos venidos de Oriente, como símbolo del reconocimiento del mundo entero, de todas las culturas, de todos los tiempos, de que Cristo es el salvador de toda la humanidad, imagen pues que la salvación traída por Jesucristo es para todo hombre y mujer, para todo tiempo, para toda cultura.

De acuerdo a la tradición de la Iglesia del siglo I, se ve a estos magos como hombres poderosos y sabios, posiblemente reyes de naciones al oriente del Mediterráneo, hombres que por su cultura y espiritualidad cultivaban su conocimiento del hombre y de la naturaleza esforzándose especialmente por mantener un contacto con Dios. Del pasaje evangélico descubrimos que son magos, que vinieron de Oriente y que como regalo trajeron incienso, oro y mirra, como imagen de la realeza, la divinidad y la mortalidad de ese niño; de la tradición de los primeros siglos se nos dice que fueron tres reyes sabios: Melchor, Gaspar y Baltasar. Hasta el año de 474 AD sus restos estuvieron en Constantinopla, la capital cristiana más importante en Oriente; luego fueron trasladados a la catedral de Milán (Italia) y en 1164 fueron trasladados a la ciudad de Colonia (Alemania), donde permanecen hasta nuestros días.

Como toda dimensión tradicional hay que sostener una doble lectura de estos entrañables magos, la que la historia y la devoción nos ha legado como una lectura literal e histórica del pasaje del evangelio de hoy, y la que nos habla de lo que este pasaje representa de apertura a todas las culturas, de reconocimiento de todas las culturas de la salvación por la divinidad mostrada en la humanidad de ese niño, que es a la vez hombre, Rey y Dios, y que se entregará a la muerta por nuestra salvación como los presentes que le ofrecen simbolizan.

Es la alegría que proclama la primera lectura del Libro de Isaías fruto de ese encuentro; es el reconocimiento de esa salvación el que coreamos con el salmo de hoy; es la comprensión que esa salvación es para todos los hombres, para todos los pueblos, para todos los tiempos, la que Pablo proclama en la carta a los Efesios.

Y es la enseñanza de los magos para nosotros en esta fiesta, la de aprender a buscar a Dios, persiguiendo sueños y estrellas, mensajes y palabras que hablan de promesas de vida y de plenitud. Es como los magos aprenden a mirar de otro modo y con otros ojos, a volvernos sabios para ver con el corazón y no con el prejuicio, para descubrir a Dios en lo pequeño, en lo cotidiano, en la ternura, quizás donde otros no lo ven, en la debilidad, en la pobreza, en la exclusión, quizás donde otros no lo esperan, alejado, marginado, expulsado. Es igualmente aprender a regalarle presentes que le hablen de él y de nosotros mismos, quizás regalarle nuestra propia vida, nuestros propios dones, nuestro propio yo.