Mié
1
Ene
2020

Homilía Santa María, Madre de Dios

Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer

Pautas para la homilía

Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (Gal 4,4)

La página del Evangelio recuerda la actitud fundamental de la Virgen María ante el plan de Dios, que a ella le fue revelado por medio del ángel Gabriel en la Anunciación. La actitud de María queda sintetizada en las siguientes palabras: María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Con estas palabras, el evangelista Lucas trata de poner de manifiesto la humildad y la obediencia de la Virgen María, totalmente disponible frente a la voluntad de Dios. Bien se puede pensar que la Virgen María fue adentrándose poco a poco en la voluntad de Dios, en lo que era el plan divino para su vida y que implicaba su misión, como Madre de Dios y Madre nuestra. Tampoco vamos a pensar que tal actitud frente a la voluntad de Dios haya sido cosa espontánea de la Virgen María, sino más bien, el efecto de la acción del Espíritu Santo que actuaba en su interior y dirigía sus sentimientos y actitudes. Todo esto es lo que quiere expresar la frase aplicada a la Virgen María: conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Así es como se puede decir que la fe de la Virgen María va creciendo  en la medida en que Ella se abandona totalmente a las inspiraciones del Espíritu Santo. Por parte de la Virgen María notamos que en ningún momento aparece una actitud de reserva ante la acción del Espíritu Santo. La actitud de la Virgen María es la de una entrega total al plan de Dios, tal como Ella que, conservaba todas estas cosas, las va meditando en su corazón y profundizando en el significado de la voluntad de Dios.

Esta actitud de total docilidad al plan de Dios, de entrega incondicional a la voluntad de Dios, es la que ha hecho posible que Dios pueda llevar a cabo su obra, la obra más maravillosa de la creación, hasta el punto de conseguir hacer de la Virgen María la Madre de Dios. El dogma de María, Madre de Dios, fue proclamado en el concilio de Éfeso en el año 431, afirmando la naturaleza humana y divina de la única persona del Verbo en Jesucristo. Gracias a su actitud de total entrega y disponibilidad ante el plan de Dios, gracias a su “sí”, Dios ha podido enviar a su Unigénito con la misión de reconciliar a la humanidad entera con Dios.

Cuando llegó la plenitud del tiempo (Gal 4,4)

San Pablo lo cuenta con solemnidad en la segunda lectura: Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… para que recibiéramos la adopción filial.

Entendamos que “la plenitud del tiempo” no corresponde a una cuestión de calendario humano, sino que se refiere al plan salvífico tal como está en la mente de Dios, Señor de la Historia. Los humanos somos muy amigos de querer controlar las cosas y los acontecimientos, pensando que tal control nos permita vivir con mayor serenidad. El plan de Dios camina según otras coordenadas, que son la confianza y la fe, la esperanza y la entrega incondicional. Dejarse implicar en estas coordenadas significa contar con Dios en todo momento, poner en él nuestra esperanza, experimentar que él es el dador de la vida verdadera.

“La plenitud del tiempo” no es cuestión de calendario sino de abrir el corazón y la mente y adentrarnos en el plan salvador de Dios, tratando de hacerlo nuestro y de vivirlo con la mirada puesta en el corazón de Dios, del Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4,8.16). Es el amor lo que da seguridad y garantiza la vida, es el amor lo que mueve el corazón de Dios y también el de cada persona venida al mundo.

Cuando nació Jesucristo, en la primera Navidad, no había paz en la tierra, sino guerras y divisiones. Paz es lo que cantaban los ángeles, anunciando lo que iba a ser la vida del ser humano a partir de entonces, si de veras acogía al Hijo de Dios y trataba de modelar su vida siguiendo el camino trazado por Jesucristo, único que garantiza la verdadera paz y la auténtica justicia, cosas que están muy lejos de la realidad en nuestros días, porque hemos dejado de lado el camino indicado por Jesucristo.

Ahora bien, el camino de Jesucristo es el único que nos asegura la paz verdadera, la paz del corazón. Como bien sabemos, no se trata de teorías sino de la maravillosa realidad que está a nuestro alcance en la medida que nosotros acogemos el plan de Dios, superando todos el innato “yo”, el egoísmo, que es la negación del verdadero amor. Solo el amor nos relaciona con Dios, que es amor; solo el amor nos hace hijas e hijos de Dios.

San Pablo indica la gran conclusión de toda esta maravillosa obra de Dios en colaboración con la Virgen María: Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Padre!”. Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Ser hijos de Dios significa haber superado la envidia y el antagonismo de nuestros primeros padres, que pretendían ser como Dios, es decir, independientes de Dios, autónomos y dueños por completo de sus propias decisiones. La joven nazarena ha encarnado una actitud totalmente opuesta, declarándose la sierva del Señor, dispuesta en todo momento para cumplir la voluntad de Dios.

Una actitud así es la que todos nosotros necesitamos en nuestra condición de hijas e hijos de Dios, superando la tentación de considerar a Dios nuestro antagonista o un limitador de nuestra libertad humana. La verdadera libertad nos la concede Dios, declarándonos sus hijos, herederos de su reino, todos miembros de la gran familia de Dios. ¿De verdad vivimos como hijas e hijos de Dios?

El contacto frecuente con la Palabra de Dios y la participación en la Eucaristía nos irá modelando a todos para asumir la actitud de docilidad y de clara conciencia de lo que significa abandonarse en las manos de Dios, subordinando nuestra voluntad a la suya, para que su plan de salvación, que cuenta con nosotros, pueda dar su fruto, para alegría de todos, para que de verdad haya “paz en la tierra”.

En coincidencia con la solemnidad de la Virgen María como Madre de Dios, celebramos también la jornada mundial por la paz, instituida por san Pablo VI hace 53 años. Invocamos a la Virgen María como reina de las familias y reina de la paz. El tiempo que vivimos necesita ser pacificado por todas partes, llegando hasta lo profundo de nuestro corazón, para que desde cada uno de nosotros broten y se extiendan los sentimientos de paz, de colaboración, de ayuda, de asistencia, sin pretender pasar de largo ante las necesidades del prójimo, que nos rodea por todas partes. Tengamos en cuenta que Dios ha puesto en nuestras manos el cuidado de la creación, tal como recuerda el libro del Génesis: Sed señores y dominad la tierra (Gen 1,27). Dios ha concedido tanto al varón como a la mujer la misma dignidad e igual responsabilidad en el cuidado de la creación. Esta sí que es de verdad “ecología”, tarea que nos incumbe a todos.

Invocamos sobre cada uno de nosotros y también sobre nuestros seres queridos la bendición que nos deja la primera lectura: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz.