Dom
22
Mar
2009

Homilía Cuarto Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2008 - 2009 - (Ciclo B)

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único

Pautas para la homilía

  • Sin Dios… el destierro

La concepción que el pueblo judío, el “pueblo de Dios”, tenía de la vida y de la historia era una concepción sagrada. Todo, absolutamente todo, estaba relacionado con Dios. Pero, en su concepción “desmesurada” de lo sagrado daban un paso más. Todo tenía como “causa primera”, como agente principal, a Dios. Todo lo bueno y malo que sucedía había que achacárselo a Dios. Es cierto que Dios, desde el principio, es el Señor de la historia “y nada le pasa inadvertido”, pero no todo lo que sucede en la historia tiene a Dios como protagonista. También intervienen las “causas segundas”, entre las que estamos las personas humanas, a las que Dios ha dotado de libertad. Libertad que Él respeta. No es Yahvé el que ha mandado a su pueblo al destierro de Babilonia. Son los dirigentes de su pueblo, que actúan en contra de las indicaciones de Dios -lo mismo que muchos del pueblo- los responsables primeros del destierro de Babilonia. La gran verdad histórica y teológica que debemos retener en la Antigua Alianza es que el hombre, sin Dios, caminando por caminos contrarios a los suyos, no puede ser feliz y, de una u otra manera, acabará en el destierro.

  • Con Cristo, con Dios… el amor y no la condenación y el destierro

En Dios todo es regalo, gracia, hacia nosotros, como nos insiste San Pablo en la segunda lectura. Nos regaló la vida. No contento con eso, nunca nos abandonó. Envió a la humanidad personas especiales, “hombres de Dios”, para hacernos llegar sus mensajes, a fin de que pudiésemos caminar con sentido e ilusión por la vida. Pero llegada la plenitud de los tiempos, Dios se desbordó en sus regalos. Nos regaló a su propio Hijo. Que no es de los regalos que no sirven para nada, y que acabamos colocándolos en el último cajón de un armario. Nos hizo el regalo que necesitábamos, que nos ha venido como anillo al dedo. “Tanto amó Dios al mundo que entregó su Hijo”. Lo que más necesitábamos los hombres era tener la seguridad de que Dios no nos había dejado solos y que nos amaba, que no nos había abandonados a “nuestra suerte”, con nuestras fuerzas y flaquezas, con nuestras realizaciones y fracasos… Y nos manda, como compañero continuo de viaje, ni más ni menos, que a su propio Hijo. Es verdad que hay cosas de Dios que no entendemos y que nos gustaría una explicación más clara por su parte, pero desde que nos envió a este mundo a su Hijo a hacerse uno de los nuestros, a convivir con nosotros, a regalarnos su luz, su amistad, su compañía, su cuerpo, su sangre… ya no podemos dudar de que Dios está de nuestra parte y que sostiene nuestros días y nuestras noches. Entre las verdades que nos ha aclarado, está que hemos sido creados para el amor, por aquello de que estamos hechos a su imagen y semejanza y él es el Amor, y que nuestra salvación, nuestra felicidad consiste en tener relaciones de amor con Dios y con nuestro hermanos. Si, por aquello de nuestra libertad, escogemos no aceptar el gran amor que él nos ofrece, a su Hijo… antes o después acabaremos en el destierro, a sentirnos fuera de nuestra patria, fuera de nuestra felicidad, fuera de nuestra meta. “El que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla”.

  • Tanto amó Dios al mundo… Tanto nos amamos unos a otros

De Dios se pudo y se puede decir: “Tanto amó Dios al mundo…”. Y de Jesús, su Hijo, se ha podido decir que “habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo”. Lo que nos debemos preguntar es si eso mismo se puede decir de nosotros. “Tanto amamos al mundo…” “Habiendo amado a nuestros hermanos los amamos hasta el extremo”. De Dios y de Jesús estamos seguros de que aprobaron el examen del amor. Matrícula de honor. San Juan de la Cruz, buceando en el evangelio, nos asegura que “al atardecer de la vida nos examinarán del amor”. Podemos explicitar lo que esconden las palabras de San Juan. No sólo al atardecer, sino al amanecer, al mediodía, al anochecer de nuestra vida nos examinarán del amor. Jesús gastó sus mejores energías en enseñarnos y explicarnos bien esta asignatura del amor y en darnos los medios suficientes para aprobar, con buena nota este examen. Hasta se ha quedado entre nosotros y cada día, en la eucaristía, es capaz de recordarnos lo mucho que nos quiere y de proporcionarnos el alimento necesario para amar como él nos ha amado. Puso tanto empeño en esta labor porque de aprobar o suspender esta asignatura va a depender nuestra salvación o nuestra condenación, vernos libres o en el destierro, encontrar sentido o caer en el vacío, empezar a vivir el cielo o el infierno ya en nuestra vida terrena. Nos va mucho en el examen del amor.