Mar
24
Mar
2009

Evangelio del día

Cuarta Semana de Cuaresma

Levántate, toma tu camilla y echa a andar.

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel 47, 1-9. 12

En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante -el templo miraba a levante-. El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho. El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia levante. Midió mil codos y me hizo atravesar las aguas: ¡agua hasta los tobillos! Midió otros mil y me hizo cruzar las aguas: ¡agua hasta las rodillas! Midió otros mil y me hizo pasar: ¡agua hasta la cintura! Midió otros mil. Era un torrente que no pude cruzar pues habían crecido las aguas y no se hacía pie; era un torrente que no se podía vadear. Me dijo entonces: - «¿Has visto, hijo de Adán?» A la vuelta me condujo por la orilla del torrente. Al regresar, vi a la orilla del río una gran arboleda en sus dos márgenes. Me dijo: - «Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente. A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales.»

Salmo

Sal 45: R. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar. R.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora. R.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra. R.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 5, 1-3. 5-16

En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: - «¿Quieres quedar sano?» El enfermo le contestó: - «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado.» Jesús le dice: - «Levántate, toma tu camilla y echa a andar.» Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: - «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla.» Él les contestó: - «El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar.» Ellos le preguntaron: - «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?» Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado. Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: - «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor.» Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos acosaban a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Reflexión del Evangelio de hoy

  • La fuente del templo

El profeta Ezequiel, desde el destierro de Babilonia consuela al pueblo con la visión de la nueva Jerusalén;
 El centro geográfico de la nueva tierra Santa será el templo donde habita Yahvé. De él irradiará toda bendición espiritual y material. Como el río que regaba el paraíso, de su lado derecho manarán ríos de agua.
Su poder bienhechor será tan grande que podrá llenar de vida las estepas calcinadas del desierto de Judá y las fétidas aguas del Mar Muerto.

  • El agua, signo de vida y bendición.

Las lecturas bíblicas de hoy nos  hablan del agua como signo de vida y nueva creación.
En el Antiguo Testamento el agua es señal de la bendición de Dios, de su presencia salvadora, como hemos leído en la lectura del profeta Ezequiel.
En el Nuevo Testamento el agua es vida, resurrección y anuncio del bautismo en el Espíritu.
Jesucristo es esa bendición de Dios que el profeta entrevió para su pueblo.
Convirtió el agua en vino en Caná, y en el pozo de Jacob se reveló a la samaritana como el agua viva, que salta hasta la vida eterna y apaga la sed para siempre.
El mismo Jesús nos dirá que esa agua viva dice relación con el Espíritu Santo: “Si alguno tiene sed, venga a mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él”. (Jn 7, 37,s.s.)
Así el agua y el Espíritu hablan el mismo lenguaje bautismal.
Prepararnos para renovar la fe de nuestro bautismo, muriendo con Cristo al pecado, para resucitar con él a la Vida Nueva de Dios. Redescubrir nuestra vocación de cristianos. Es la “gran tarea” de este tiempo litúrgico de Cuaresma.

  • ¿Quieres quedar sano?

El evangelio de hoy sitúa a Jesús ya en Jerusalén.
Ciudad que desde ahora será el centro de su predicación y de los enfrentamientos con “los judíos”.
En la piscina de Betesda realiza Jesús la curación física y espiritual de un enfermo que llevaba 38 años esperando quien le metiera en las aguas cuando estas se removían.
Para el hombre que llevaba tanto tiempo enfermo y no podía procurarse la manera de llegar al agua curativa, la posibilidad de curación era, de hecho, inexistente. El enfermo no tenía esperanza.
Jesús mira al enfermo sin hacerle ninguna pregunta, comprende cual es su situación, depende de los otros.
Entonces Jesús le pregunta:  ¿Quieres quedar sano?
Y la salvación le llega por donde menos lo esperaba. Jesús no ha puesto más condición que el de desear la salud.
Jesús no lo levanta, lo capacita para se levante él mismo y camine.
No lo llama a ser su discípulo. Simplemente deja al hombre libre, para encontrar su propio camino. Jesús ni siquiera se ha dado a conocer.
Antes la camilla cargaba al enfermo, ahora es el enfermo el carga con ella. Es libre. Ahora posee lo que antes le poseía. Pero en su camino se encuentra con “los judíos” que le recriminan por cargar su camilla en sábado...
También aguardaban el movimiento del agua una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estos enfermos son imagen de la humanidad sufriente que ansía el agua de una salvación integral, humanamente una utopía imposible de alcanzar.
Pero Cristo cargó sobre sí nuestras dolencias y enfermedades mediante los sufrimientos de su Pasión. Y el agua y la sangre que brotan de su costado abierto nos sana a todos.
Sucede que a menudo nos olvidamos que la Palabra del Señor es verdadera, y las promesas de Dios se cumplen.
Hoy, como al paralítico de la piscina de Betesda, Jesús nos pregunta:
¿Quieres curarte de tu pecado?
¿Quieres ser libre, de “tu camilla”, de todo aquello que no te permite caminar?
¿Quieres ser feliz?
Jesús sólo nos pide que deseemos nuestra salvación. Y que estemos dispuestos a acogerla.