Sáb
21
Mar
2009

Evangelio del día

Tercera Semana de Cuaresma

Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado

Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas 6,1-6

Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará; y viviremos delante de él. Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia tardía que empapa la tierra. - «¿Qué haré de ti, Efraín? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestra piedad es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso os herí por medio de los profetas, os condené con la palabra de mi boca. Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos.»

Salmo

Sal 50,3-4.18-19.20-21ab R/. Quiero misericordia, y no sacrificios

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito, limpia mi pecado. R/.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias. R/.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: - «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Reflexión del Evangelio de hoy

Dios, Padre y Madre, es Amor. Y su misericordia es infinita.

Lo mismo pide de nosotros: “yo quiero amor y no sacrificios”. Porque los sacrificios y holocaustos, el sufrimiento, no tienen valor ni sentido en sí mismos. Tan sólo lo cobran a la luz del Amor. Tan sólo merecen la pena si son consecuencia (por desgracia a veces inevitable) de las acciones que generan Amor.

Enfrentarnos a Dios, ponernos enfrente suyo, dejarnos cuestionar por el Amor nos desgarra, nos golpea… porque pone en evidencia nuestras debilidades, limitaciones y miserias. Pero no es más que el primer paso para que las superemos, para que crezcamos, avancemos y lleguemos a vivir en la presencia de Dios, en su conocimiento, que no es otra cosa que el Amor.

Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos

Dios, el Amor, “está por nosotros”. Y eso quizás debería llevarnos a “estar nosotros por el Amor”. Si nos dejamos empapar por la bondad y el amor de Dios, no podemos menos que proyectarlo hacia los demás. Nuestras obras irán encaminadas a generar Amor y en ello tendrán su justificación. No en el “cumplimiento”, en el “aparentar” o en el “hacer para recibir”.

No se trata de rasgar nuestras vestiduras para que los demás vean que lo hacemos, sino de rasgarnos el corazón, abrirlo, para dar cabida a nuestro prójimo, amar a los demás, del mismo modo que Dios nos ama.

Rasgar nuestro corazón supone también que quede al descubierto, mostrando nuestras debilidades, pero también nuestras capacidades. Eso es la humildad: conocernos como verdaderamente somos. Sin ponernos ni quitarnos. Conociendo nuestras debilidades para superarlas y nuestras capacidades para ponerlas en juego a favor de los demás, a favor del gran proyecto de Dios para todos y cada uno de nosotros: el Reino del Amor.

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