Dom
17
May
2009

Homilía Sexto Domingo de Pascua

Año litúrgico 2008 - 2009 - (Ciclo B)

Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado

Introducción

Al leer por primera vez las lecturas de este sexto domingo de Pascua, me pregunté qué más se puede añadir al magnifico himno al amor que nos ofrece el apóstol Juan en el texto de su primera carta y en el evangelio.

Si miramos a nuestro alrededor, vemos que el amor del que Jesús nos habla no coincide siempre con el del lenguaje cotidiano. En algunos momentos, dada la gran inflación de la palabra, podemos hasta sentir un cierto cansancio, desear hacer silencio, dejar de lado los discursos y permitir que sea nuestra vida la que hable del amor. Las victimas del desamor son muchas y se introducen en nuestra vida a través de las desgracias que nos ofrecen los medios de comunicación. Somos conscientes de que no podemos dar la espalda al sufrimiento que nos rodea.

Quizá hay dos aspectos que la Palabra de Dios nos ofrece hoy, para seguir creyendo en el amor, en su significado evangélico: el amor primero de Dios y de Jesús: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amo primero” y “os he llamado amigos”. El segundo aspecto es una pequeña partícula gramatical, un “como” del amor del Padre al Hijo y que Jesús nos entrega: “como el Padre me amo, yo os he amado” .

Si observamos con atención e intentamos ver con los ojos de Dios la realidad que nos rodea, descubriremos que hay mucho amor “como”, mucho amor que se hace cargo del otro, que está atento a la necesidad ajena como si fuera propia, que sabe cuidar hasta con los más pequeños gestos la vida de las personas queridas y que, si fuera preciso, estaría dispuesto a dar la vida.

Dos ejemplos del amor sorprendente de dos personas que viven en este país de Benin (o en cualquier otro pequeño rincón del mundo): una mujer ciega, que camina apoyada en su hijo o hija como lazarillo y que, para sacarlos adelante, es decir para que puedan comer algo, recorre a pie kilómetros y kilómetros transportando sobre su cabeza arena para venderla en lugares donde están haciendo alguna construcción.

Un refugiado de otro país, que vive en un campamento y logra a duras penas sobrevivir con su familia. Su preocupación actual es ayudar a una compatriota que ha llegado con dos hermanitos pequeños. El desplazado, que sabe de sufrimientos y penurias, siente la necesidad ajena como propia y tiene la firme decisión de hacer algo para que esa joven no “se pierda”.

En ambos casos, el Amor que es Dios está actuando en estas personas. Unas vidas que, a los ojos de muchos, pueden parecer miserables se transformen en vidas llenas de sentido para esta mujer y este hombre e irradian luz para quienes entramos en contacto con ellos. Nos hacen un poco mejores.