Nov
Homilía Todos los Santos
Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)
“ Bienaventurados vosotros ”
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Reflexión del Evangelio de hoy
Redactar un breve comentario sobre la santidad para el día de Todos los Santos puede resultar un poco difícil. Y habría que reconocer que se complica aún más en nuestros días, ya que tal vez seguimos asociando la santidad exclusivamente a vidas heroicas, virtudes extraordinarias, una estricta perfección moral o la acumulación de milagros espectaculares.
Sin embargo, aunque todo esto es valioso y para nada desechable, no se debería perder de vista un riesgo considerable. ¿Cuál? Pues el riesgo de que, si estas actitudes no se gestionan desde el amor y la humildad, terminen conduciendo paradójicamente a un cierto fariseísmo, a la dureza de corazón, a la intolerancia y, en última instancia, a la amargura existencial. En definitiva, todo lo contrario a la santidad.
Por ello, para evitar estos riesgos, lo más fiable es fijarnos en el texto del Evangelio que la liturgia nos propone para esta solemnidad.
Las bienaventuranzas constituyen el núcleo de todo el mensaje evangélico. Un mensaje que promete al ser humano la plena realización, la felicidad y la plenitud de vida. Y Jesús plantea esta propuesta —que es una invitación directa a la santidad— absolutamente para todos y no solo para unos cuantos escogidos.
Quizá por eso, el papa Francisco nos ha dejado por escrito en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate que debemos dejar que el texto de las bienaventuranzas «nos golpee para que nos interpele a un cambio real de vida» (nº 66). Porque por medio de las bienaventuranzas, Jesús nos muestra el camino no solo de la felicidad, sino de la santidad. Una santidad que es plenitud del ser y que Jesús coloca en el no poseer, en el no dominar, en el no triunfar, en el no gozar frívolamente. La coloca en el amar y ser amado. No en vano, Santo Tomás de Aquino nos dice que «la perfección de la santidad está en la caridad».
El valor fundamental que encontramos en las bienaventuranzas es un amor universal. Un amor sin fronteras ni discriminaciones que llega incluso a quienes no nos quieren bien. Sí, es un amor que llega incluso hasta nuestros enemigos. Porque se trata de un amor que busca superar las diferencias entre los seres humanos, pero que también es una crítica para todas las barreras que atentan contra la dignidad de las personas.
Este amor universal, que nos dicen las bienaventuranzas, tiene especial cuidado por aquellos más abandonados y necesitados; por los más pobres, por los marginados y despreciados. Es un amor que cuestiona toda actuación y todo sistema que produce escasez en una amplia mayoría y solo busca bienestar de unos pocos a costa de aprovecharse y abusar de muchos.
Por ello, esta santidad que se nos propone en el texto de Mateo, tiene mucho que ver con nuestro comportamiento hacia los demás. Porque este trozo del evangelio nos quiere trasmitir que en el encuentro con aquellos que son más vulnerables alcanzamos a Dios, sabiéndolo o sin saberlo. Ahora eso sí, el que lo sabe vive con más alegría, con una mejor calidad de vida, más feliz… más santo. Por ello, es importante conocer el secreto escondido en el prójimo. Un secreto que Jesús nos lo ha dado a conocer y que podemos descubrir en el mensaje de santidad que esconden las bienaventuranzas.
Así pues, seremos santos si somos pobres de espíritu y aprendemos a vivir con lo necesario. Porque tendríamos menos problemas, estaríamos más atentos a los que más nos necesitan y viviríamos con más libertad.
Seremos santos si lloramos cuando vemos sufrir al otro. Porque seremos buenas personas, estaremos construyendo un mundo más solidario y, por lo tanto, un mundo más fraterno.
Seremos santos si optamos en nuestra vida por la mansedumbre. Porque estaremos haciendo realidad la convivencia en una paz verdadera.
Seremos santos si compartimos lo que tenemos. Porque de esa forma no solo saciaríamos a todo aquel que nos necesita sino, también, saciaríamos el hambre de justicia porque estaríamos creando abundancia.
Seremos santos si somos misericordiosos y sabemos responder ante el sufrimiento del otro desde lo profundo de nuestro corazón. Porque con ello mostraríamos el rostro de ese sentido de justicia que busca y encuentra los argumentos necesarios para conseguir un mundo a la altura de lo que merecen los seres humanos.
Seremos santos si mantenemos nuestro corazón limpio de odios, de engaños e intereses ambiguos. Porque esta será la única forma en que confíen en nosotros para seguir construyendo el futuro.
Seremos santos si trabajamos sinceramente por la paz. Sin desalentarnos ante los obstáculos y buscando siempre el bien común. Porque en nuestras manos está reconstruir la convivencia.
Seremos santos si somos perseguidos por actuar con justicia y defendiendo la verdad. Porque es la única forma de vencer al mal con el bien.
Seremos santos si no nos desviamos del amor aunque por nuestra fe nos vengan incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden; e incluso insultos y persecuciones. Porque lo que estaremos experimentando es a Dios como amor, porque estaremos amando como él ama.
¿Alguna vez hemos sentido, bien adentro, que nos encontramos soportando el peso del mundo, el peso de la humanidad? ¿Hemos sentido una inquietud sin tregua porque quisiéramos abrazar a todo el mundo, salvarlo y siempre llegamos tarde? ¿Hemos sentido alguna vez, que ser persona es abrazar compasivamente, maternalmente, al otro que nos descoloca y que nos altera? Si las respuestas son afirmativas, ¿no es eso rozar la santidad?