Jue
16
Dic
2010

Evangelio del día

Tercera semana de Adviento

Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías 54,1-10:

Exulta, estéril, que no dabas a luz;
rompe a cantar, alégrate;
tú que no tenías dolores de parto:
porque la abandonada
tendrá más hijos que la casada —dice el Señor—.
Ensancha el espacio de tu tienda,
despliega los toldos de tu morada,
no los restrinjas,
alarga tus cuerdas,
afianza tus estacas,
porque te extenderás de derecha a izquierda.
Tu estirpe heredará las naciones
y poblará ciudades desiertas.
No temas, no tendrás que avergonzarte,
no te sientas ultrajada,
porque no deberás sonrojarte.
Olvidarás la vergüenza de tu soltería,
no recordarás la afrenta de tu viudez.
Quien te desposa es tu Hacedor:
su nombre es Señor todopoderoso.
Tu libertador es el Santo de Israel:
se llama «Dios de toda la tierra».
Como a una mujer abandonada y abatida
te llama el Señor;
como a esposa de juventud, repudiada
—dice tu Dios—.
Por un instante te abandoné,
pero con gran cariño te reuniré.
En un arrebato de ira,
por un instante te escondí mi rostro,
pero con amor eterno te quiero
—dice el Señor, tu liberador—.
Me sucede como en los días de Noé:
juré que las aguas de Noé
no volverían a cubrir la tierra;
así juro no irritarme contra ti
ni amenazarte.
Aunque los montes cambiasen
y vacilaran las colinas,
no cambiaría mi amor,
ni vacilaría mi alianza de paz
—dice el Señor que te quiere—.

Salmo de hoy

Sal 29 R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana el júbilo. R/.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 7,24-30

Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan:
«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Pues ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que se visten fastuosamente y viven entre placeres están en los palacios reales.
Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito:
“Yo envío mi mensajero delante de ti,
el cual preparará tu camino ante ti”.
Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él».
Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de dios para con ellos.

Reflexión del Evangelio de hoy

Hoy se nos habla, en boca del Profeta, de la alegría y el júbilo por la inminente actuación de Dios. Entonces, el “nacimiento” de la nueva Jerusalén. Ahora y para nosotros, el nacimiento del Señor.

Jesús, en el Evangelio, con el estilo que le caracteriza, hace preguntas que interpelan; preguntas que no se pueden contestar de cualquier forma. Preguntas sobre el porqué de lo que hacemos; preguntas sobre nuestra autenticidad.

  • “¿Qué salisteis a ver al desierto?”

Al desierto se va a encontrarse con uno mismo y con Dios. “¿Qué salisteis a buscar?” les pregunta Jesús. Si Juan fuera una persona del montón, de las que identifican placer con felicidad, que intentara primordialmente pasarlo bien y disfrutar de la vida, no hubiera ido precisamente al desierto. “Los que viven entre placeres están en los palacios”. “¿Una caña sacudida por el viento?” No es ese el estilo del Bautista, aunque, el no serlo, le acarree la muerte.

Ante las recientes visitas del Santo Padre al Reino Unido y España, surge la misma pregunta: ¿Qué salisteis a ver? ¿Qué esperabais que dijera? ¿Por qué algunos le criticaron que no dijera lo que nunca podría decir? El Vicario de Cristo, como antes su Precursor, no puede decir, anunciar –y en su caso denunciar- más que a Cristo y su Reino, delatando y evidenciando cuanto es opuesto al Evangelio. Esto es lo que se esperaba de él.

  • Integridad del Bautista

La rectitud de Juan, su amor a la verdad, su conciencia de lo que era –y de lo que no era- atraía a multitudes al desierto. Y, por si quedaban dudas sobre lo que decía, su vida, su conducta, sus vestidos, hablaban por encima de su voz. A Juan se le podía decir que parecía un tanto estrafalario, que no se cuidaba para nada en agradar a los que le escuchaban, pero todos reconocían su integridad. Por eso, el elogio de Jesús llama la atención. Jesús alaba la coherencia de aquel hombre entre lo que decía y lo que hacía. Jesús alaba la sobriedad de aquel profeta y más que profeta que lleva en su vida la austeridad.

Y como nota característica de su integridad, la honradez. No se buscó a sí mismo sino al Mesías a quien venía a anunciar; cuando vio que las gentes, haciéndole caso, seguían a Jesús, no tuvo celos ni envidia. Todo lo contrario, se deshizo de sus mismos discípulos para que se fueran con Jesús. 

  • “Al oírlo, toda la gente, incluidos los fariseos, bendijeron a Dios”

La gente sencilla no suele equivocarse en la apreciación de las personas. Habían seguido a Juan; siguieron, luego, a Jesús. Y cuando le oyeron hablar en aquel tono sobre Juan, bendijeron a Dios. ¡Incluso los fariseos!

Este es el mejor final de la ascesis y austeridad de Juan: la alabanza y la adoración. Todo se dirigía a destruir ídolos, mostrar al Mesías y, una vez reconocido y encontrado, seguirle “bendiciendo a Dios”. A este fin hemos de intentar llegar en nuestro camino adventual: a reconocerlo y adorarlo “bendiciendo a Dios”. Siempre bendiciendo; nunca maldiciendo.