Vie
25
Dic
2015

Homilía Natividad del Señor

Año litúrgico 2015 - 2016 - (Ciclo C)

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

Pautas para la homilía

La primera lectura habla de los “mensajeros” que a lo largo de la historia de Israel han anunciado la paz, que pregonan la victoria y sostienen la esperanza del pueblo. En la segunda lectura de la carta a los Hebreos, el autor nos dice que Dios a lo largo de la historia de la humanidad habló de diversos modos pero, ahora finalmente, nos habla por medio de su Hijo Jesucristo, reflejo de la gloria del Padre e impronta de su ser. Ambas lecturas, podemos decir, que son el marco para introducirnos en una meditación más profunda, sobre la teología del Hijo, presentándonos a Jesús como revelación del Padre, que se hace presente en la historia de la salvación. El evangelio es por eso un himno cristológico, en el que la Palabra aparece entre nosotros como el fundamento de nuestra fe, para pasar a mostrarnos las actitudes posibles del hombre ante el Misterio de la Encarnación, que al acogerlo nos capacita para participar de esa misma vida Divina. Vamos a detenernos en los puntos más importantes de este prólogo del Evangelio de Juan para señalar aquellos aspectos más prácticos para nuestra vida cristiana:

 

  • En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios … en ella estaba la vida y la vida era la Luz de los hombres.

Juan nos sitúa en “el principio” evocando el comienzo de la Historia de la Salvación, cuando la palabra de Dios hizo salir del caos la creación, apareciendo la luz y la vida. Aquí, al principio de los tiempos, ya existía la Palabra, que estaba junto a Dios, indicando que ambos son una misma cosa.

La Palara es el Hijo, la imagen del Padre, que asume nuestra condición humana con todas sus limitaciones y pobreza. Así, Dios se hace visible y cercano a nosotros haciéndose hombre. San Juan sigue diciéndonos que “en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”, son los dos rasgos característicos de Jesús de Nazaret, que se calificará a si mismo como Luz del mundo y manantial de Vida abundante que nos trae proveniente del Padre. En Jesús todo esto encuentra consistencia, porque posee la misma vida del Padre, más aún, es la revelación del Padre, que trae la salvación a todos los hombres. Por eso, a partir de entonces, acoger a Jesús es el camino para dar significado a nuestra vida. Así entendemos las palabras siguientes, “de su la plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia” (v.16). Es decir a través de Jesús por su unión con el Padre podemos participar de una vida plena.

  • Vino a su casa y los suyos no lo recibieron.

Juan después de remontarse al misterio trinitario donde está la plenitud de la vida que desciende hacia el hombre, Nos dice que, la Palabra era la “luz verdadera” que disipa las tinieblas, pero no siempre esta luz es reconocida por los hombres, por eso sigue diciendo: “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Es el drama de la libertad humana, la aceptación o el rechazo de su Palabra. En todo momento Dios nos ofrece la posibilidad de recibirle y dejarnos herir por su luz que brilla en medio de la noche que nos rodea, por eso sigue diciendo:

  • “ Pero a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio la posibilidad de llegar a ser hijos de Dios”.

Esta explicación teológica que hace el evangelista Juan tiene un significado profundo, es el Misterio de la Encarnación, que se personaliza en este día de Navidad cuando la salvación se hace carne y acampa entre nosotros en el portal de Belén. Termina esta presentación del Verbo, de la Palabra hecha carne, diciéndonos que este nuevo nacimiento no procede de la voluntad humana sino de la generosidad de Dios. Es el misterio de la gracia que se nos da sin ningún merito de nuestra parte.

  • A Dios nadie lo ha visto jamás: su Hijo que está al lado del Padre es quien lo ha dado a conocer.

Así termina Juan el prologo de su evangelio. Es una especie de presentación del Hijo que en medio de la oscuridad de la noche, se aparece a los pastores e inunda con su luz una nueva atapa, no solo para los creyentes, sino para toda la humanidad. Jesús es la palabra que sigue hablándonos a través de los tiempos porque trae un mensaje de vida eterna, es la Navidad que ofrece a todos los hombres una vida nueva.

Esta buena noticia trae consigo una responsabilidad y un compromiso. ¿Cómo acoger a ese Dios que viene a nosotros?. Siempre la humanidad ha sentido el deseo de llegar a establecer un vinculo con Dios a través del fenómeno religioso, pero siempre también, el misterio de Dios ha sido una realidad incomprensible e inalcanzable. Por eso, ahora en esta etapa final, (Heb,1- 2) a través de Jesús podemos llegar a ver hecha realidad el “encuentro con Dios” y escuchar a la vez su palabra que sigue hablando a todos y cada uno de los hombres y mujeres de hoy. En este encuentro se hace posible, de algún modo, la experiencia de Dios con nosotros.

La invitación a este encuentro silencioso con Dios es una constante a lo largo del evangelio de Juan. Es una invitación que tiene un deje afectivo de añoranza en la unión con Dios, que más explícitamente aparece en su evangelio cuando dice: “Si alguno me ama cumplirá mis mandamientos, y vendremos a él y haremos morada en él”. (Jn.14, 23-24). Es la invitación a la experiencia mística evangélica que no es otra sino la escucha de la palabra en el silencio interior. El mensaje navideño, es una ocasión para el silencio de la noche que invita al dialogo, es la presencia íntima de Aquel que está a la espera de una respuesta y alienta nuestros buenos deseos. Pero la espiritualidad cristiana no puede quedar encerrada en una autocomplacencia, de la intimidad con Dios debe alimentarse en la compasión ante los graves problemas que cada día nos plantea el mundo en que vivimos. Si alguno me ama cumplirá mis mandamientos, dice el Señor, es el mandamiento del amor, en el servicio a los demás siguiendo las huellas de Cristo, que pasó haciendo el bien y no dejó de implicarse ante el sufrimiento de sus contemporáneos.