Dom
12
Dic
2010

Homilía Tercer Domingo de Adviento

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios.

Pautas para la homilía

Y es que la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.Hace no muchos días que Benedicto XVI pronunciaba en España estas palabras, que hoy, al leer la primera lectura del profeta Isaías, resuenan con fuerza expresiva.

“Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios”. ¿Pero cómo será esto si no podemos ver a Dios cara a cara? ¿Cómo observar esta belleza del Señor? Sencillamente desde la participación que como seres creados tenemos cada uno de nosotros y la realidad entera en la belleza de Dios. Es decir, aprendemos a observar la belleza de Dios desde la belleza de sus criaturas y de su creación. Este conjunto de creación y seres humanos nos revelan a Dios y nos revelan la belleza del Reino.

Pero hay un paso más que habremos de dar en nuestra percepción de lo bello…. Y es que para el profeta como para Jesús, la belleza de Dios, la belleza de su Reino pasa por la liberación de aquello que afea la realidad humana: los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, se fortalecen los corazones, los leprosos quedan limpios y a los pobres se les anuncia la buena nueva. No podemos olvidar que estas limitaciones, que cita la Palabra de Dios por boca de Isaías o de Jesucristo, situadas en el contexto histórico del evangelio nos revelan incluso algo más: cojos, ciegos, leprosos, pobres… eran los excluidos de la sociedad, los marginados… y lo que es peor, en muchos casos lo eran no solo por su condición limitada sino también por su propia fe que les consideraba castigados por Dios. ¿Quiénes son hoy en nuestras sociedades los marginados, los olvidados, los ninguneados…para los que la venida del Señor ha de ser liberación? ¿Seguiremos nosotros poniendo trabas a la gracia de Dios que viene a redimir al que sufre, al que esta solo, al no aceptado?

Anunciar, ver, oír, andar, resucitar, anunciar…. Verbos que configuran el mensaje de Jesús para Juan. La intrepidante cadencia de verbos en la frase, muchos de ellos con una connotación de movimiento hacia el otro, revela el dinamismo que lleva consigo la venida de Jesús. El reino de Dios se hace realidad como acción constante que renueva la vida haciéndola adquirir el mayor de los esplendores.

En definitiva vivir desde esta dinámica liberadora del Reino de Dios como belleza que viene a reconciliar, sanar, restaurar la original condición humana querida por Dios, supone también un ejercicio de corresponsabilidad con el otro que vive a mi lado. En este sentido la carta de Santiago nos invita a ser pacientes con el otro y sus tiempos, nos invita a no convertirnos en jueces del prójimo cuando ni siquiera podemos serlo de nosotros mismos. Es la invitación a una mirada más profunda aprendida de la propia naturaleza…los tiempos del otro, de cada uno de nosotros son distintos pero juntos hemos de trabajar por el Reino, juntos hemos de orar al Padre común y juntos alcanzaremos la salvación de Dios.

Vivir en Adviento, vivir desde la belleza y en su búsqueda, supone para el cristiano vivir atento a superar y a acompañar en la superación de aquello que afea la realidad. Vivir en Adviento supone vivir desde lo que nos une a unos con otros y no desde lo que nos separa. Vivir en Adviento es vivir reconciliando lo separado para que de esta manera muestre al mundo toda la belleza del proyecto de salvación de Dios para con los hombres.

Esta belleza que viene de Dios y de la que nosotros participamos, esta belleza que supone liberar al hermano de las heridas de la vida, esta belleza que reconcilia al hombre consigo mismo y con los demás, es un haz de luz que ilumina nuestro caminar en Adviento. ¿Seremos capaces de dejarnos alcanzar por la luz de Dios? ¿Estamos preparados para comprender que nuestro ser Iglesia es ser pequeñas antorchas que iluminen el camino de la humanidad?

No por casualidad santo Domingo de Guzmán es llamado en una de las oraciones “Luz de la Iglesia”. Nuestro ser y vivir en Adviento y como Iglesia nos urge a convertirnos en luz para la humanidad, incluso cuando ser luz suponga ir gastándose, quemándose, agotándose por dentro para iluminar el camino. Jesucristo fue luz para Juan el Bautista cuando estaba encarcelado: nosotros hemos de ser luz unos para otros ante nuestros hermanos sufrientes o encarcelados, oprimidos o marginados, abandonados o ninguneados…. Luz que brilla en la noche, luz que nos permite caminar juntos al encuentro con Dios que se hace uno de nosotros cada Navidad.