Mar
1
Nov
2011

Homilía Todos los Santos

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos

Pautas para la homilía

El Evangelio que nos propone la liturgia son las Bienaventuranzas en su versión del evangelista Mateo. Estas nueve afirmaciones rotundas de Jesús se asemejan a una catedral medieval: son la fachada monumental y puerta de acceso al sermón de la montaña, enseñanza de la Ley nueva de Cristo que contiene en su corazón el Padre Nuestro; a su vez son los pilares que, a lo largo de la nave, nos van marcando las consignas vitales, nuestra deseable “forma de ser” que nos ayudan a caminar hacia Cristo que como luz nos espera en el crucero. Y para finalizar rodean el ábside, el lugar donde se encuentra el altar, para recordarnos que no son meros consejos ni mera literatura sino las propias actitudes que tuvo Cristo: Él mismo se hizo pobre de espíritu y materialmente para anunciar el Reino de Dios, Él mismo buscó el consuelo en Dios y Él mimo fue perseguido por causa de la justicia sin desfallecer en su misión. Las Bienaventuranzas, además, constituyen uno de los textos más sugerentes de todo el Nuevo Testamento y como tal siempre podemos seguir profundizando en su riqueza. Pero en todas las reflexiones sobre ellas no podemos olvidar la responsabilidad a la que nos llaman. Los Bienaventurados de los que hablan no son aquellos que no han tenido otra opción que ser sufridos, pobres o perseguidos sino aquellos que aceptan ser humildes y sufridos para trabajar por la paz y la verdadera justicia. Las Bienaventuranzas no son un consuelo espiritual sino una llamada a la responsabilidad cristiana. Cada una de ellas nos aproxima un poco más a Dios, porque cada una de ellas nos hace más semejantes a Cristo.

En esta fiesta también recordamos una de las grandes preguntas que acompañan al hombre desde que es hombre: la pregunta por el sentido de la vida. Para un cristiano la santidad es el sentido de su vida. Tras siglos de ser vivida así parece que últimamente se ha devaluado o simplemente ha dejado de ser algo significativo. Quizás sea porque muchas veces hemos presentado la santidad como algo etéreo o como algo que simplemente es la negación de nuestros deseos vitales, como algo reservado a un estado de vida o a unas personas casi “predeterminadas”. Pero no podemos olvidar que la santidad cristiana es la vivencia desde la normalidad grandiosa y difícil del plan que Dios, desde el principio, pensó para el hombre. La santidad es difícil pero profundamente humana; es un camino largo pero no va en contra dirección de lo humano. Y lo que es más importante: es una llamada a todos los hombres. Por ello San Juan nos habla de una muchedumbre inmensa que nadie podría contar. La santidad por ello es la culminación del ser del hombre, el cual no deja de estar “inquieto” hasta que descansa en Dios.

Hoy también celebramos un misterio de comunión. Los santos no son aquellos que sólo están ya en la comunión perfecta con Dios, sino los que aún y de una manera especial, se encuentran en comunión con los hombres. Éste es uno de los significados que tiene la formula de nuestro credo al decir “la comunión de los santos”. Tal y como señala el Concilio Vaticano II “La unión de los miembros de la Iglesia peregrina (es decir nosotros) con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante de la fe de la Iglesia, se refuerza con la comunión de los bienes espirituales” y es más: “por el hecho de que los del cielo están íntimamente más unidos con Cristo (...) no dejan de interceder por nosotros ante el Padre (...) Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad” (LG 49). Por ello su comunión con Dios y su comunión con los hombres es una realidad que nos ha de ayudar a vivir, con firmeza su ejemplo. Para los que somos dominicos este pensamiento no puede dejar de recordarnos las palabras de Santo Domingo antes de morir: “No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida”. La santa de Ávila también nos recuerda “pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra”. Por todo ello los santos son parte de nuestra familia en la tierra que nos señalan el camino hacia Dios. Lo señalan y nos ayudan en él.

Pero hoy no podemos olvidarnos de dar gracias a Dios por todos aquellos santos anónimos que nos ha regalado a lo largo de nuestra vida. La Iglesia ha canonizado a muchos santos pero muchos otros no han tenido este proceso. Esto no es una falta ni un prejuicio hacia ella, sino una constatación de que sólo Dios es el que conoce y sondea lo más profundo del corazón del hombre. Muchos hombres antes y después de nosotros vivirán las Bienaventuranzas como el programa del sentido de su vida y entenderán que la santidad no es un estado estático no estético, sino una relación de amor con el único que es tres veces santo.

Y con ello llegamos al último acento que hoy podemos reflexionar: esta fiesta no pretende recordarnos la infinitud de santos para que sólo nos fijemos en ellos, como los árboles que no nos dejan ver el bosque, sino para que con ellos proclamemos y rindamos homenaje a Dios cantando: “La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos” Sólo Dios es el verdadero Santo, el tres veces Santo, fuente de toda santidad y por ello hoy es el día para recordar como su santidad llena de sentido nuestra oración y nuestra vida. Si somos hijos por Cristo de un Padre Santo, ¿no deberíamos nosotros también buscar ser como nuestro Padre?