Jue
8
Mar
2012

Evangelio del día

Segunda semana de Cuaresma

Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías 17, 5-10

Esto dice el Señor:
«Maldito quien confía en el hombre,
y busca el apoyo de las criaturas,
apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa,
que nunca recibe la lluvia;
habitará en un árido desierto,
tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua,
que alarga a la corriente sus raíces;
no teme la llegada del estío,
su follaje siempre está verde;
en año de sequía no se inquieta,
ni dejará por eso de dar fruto.
Nada hay más falso y enfermo
que el corazón: ¿quién lo conoce?
Yo, el Señor, examino el corazón,
sondeo el corazón de los hombres
para pagar a cada cual su conducta
según el fruto de sus acciones».

Salmo

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6 R/. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R/.

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R/.

No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Confiar en Dios y en el hombre

No nos pide Dios, a través del profeta Jeremías, que no confiemos en el hombre. Lo que nos pide es que no confiemos sólo en el hombre, en sus fuerzas, y nos olvidemos de confiar en Dios y en sus fuerzas. En lo de la confianza podemos decir que sigue el mismo camino que trazó Jesús para el amor. No se puede amar a Dios si no se ama al hombre, no se puede amar al hombre si no se ama a Dios. Unió para siempre el amor a Dios y el amor al hombre. Pues eso mismo podemos decir de la confianza. Debemos confiar en Dios y confiar en el hombre, sabiendo que cuando confiamos en Dios confiamos en alguien que siempre es fiel a su palabra y a su amor, y cuando confiamos en el hombre lo hacemos con un ser poderoso y frágil a la vez. Pero una vida que no confiase en el hombre no sería vida de un cristiano.

  • Escuchar a Moisés y los profetas

Confiamos plenamente que nuestro Padre Dios, después de nuestra vida terrena, guiado por su amor y su justicia, nos otorgará a cada uno el premio que crea más conveniente. Lo que nos toca a nosotros en esta tierra es “escuchar a Moisés y los profetas” que, traducido al lenguaje cristiano, es “escuchar a Jesús y seguirle”. Hay que repetirlo las veces que sea necesario: siguiendo a Jesús, ya aquí en esta tierra encontraremos más sentido, más ilusión, más vida que… si no le hacemos caso. Si hacemos esto, en la otra orilla nos estará esperando para decirnos: “Venid, benditos de mi Padre a disfrutar del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. Ha de quedarnos claro que nuestra suerte eterna va a depender de nuestra conducta en este mundo y… de la siempre poderosa misericordia de Dios.

San Juan de Dios nació en Montemayor (Portugal), 1495-1550. Aunque la mayor parte de su vida la pasó en España. Después de una agitada vida, cautivado por la predicación de san Juan de Ávila decidió dedicarse totalmente al cuidado de los enfermos. De su vida y espiritualidad surgieron los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios.