Jue
20
Mar
2014

Evangelio del día

Segunda semana de Cuaresma

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías 17, 5-10

Esto dice el Señor:
«Maldito quien confía en el hombre,
y busca el apoyo de las criaturas,
apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa,
que nunca recibe la lluvia;
habitará en un árido desierto,
tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua,
que alarga a la corriente sus raíces;
no teme la llegada del estío,
su follaje siempre está verde;
en año de sequía no se inquieta,
ni dejará por eso de dar fruto.
Nada hay más falso y enfermo
que el corazón: ¿quién lo conoce?
Yo, el Señor, examino el corazón,
sondeo el corazón de los hombres
para pagar a cada cual su conducta
según el fruto de sus acciones».

Salmo

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6 R/. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R/.

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R/.

No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Reflexión del Evangelio de hoy

  • “Bendito quien confía en el Señor”

En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos invita a desasirnos de las cosas terrenas, que son efímeras, y a llenar nuestro corazón de Dios.

El bien más preciado que Dios ha dado al hombre ha sido la libertad, del buen o mal uso de ésta depende la felicidad del hombre.

Jeremías nos indica dos actitudes que el ser humano puede adoptar en su vida. Una es apoyarse en sí mismo, confiar sólo en sus propias fuerzas poniendo su confianza en las cosas terrenas y apartando su corazón del Señor. Así es como actúa el impío y Jeremías lo compara a un cardo en el desierto, el cual nunca será fecundo, jamás dará fruto. El hombre que va por este camino está abocado a la muerte.

Sin embargo, muy distinta será la vida de la persona que pone su confianza en el Señor. Nos dice el profeta que será como el árbol que echa raíces junto a la corriente…en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto. Éste es el hombre que está junto al Señor, será dichoso y cuanto emprende tiene buen fin, nos dice el salmista.

  •  “Dichoso, el que con vida intachable, camina en la voluntad del Señor”

Esta parábola, en la que Lucas nos da una catequesis sobre el uso de las riquezas, personifica muy bien las dos actitudes que Jeremías expone en la primera lectura de hoy.

Dice San Pablo: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” Los bienes materiales son buenos porque son de Dios, nosotros somos administradores de ellos. En el momento en que el hombre pone su corazón en las riquezas se convierte en un idólatra. Una de las consecuencias de la idolatría es que ésta nos ciega y nos impide ver a Dios y al prójimo, nos hace egoístas y egocéntricos. Ésta es la actitud que encarna el rico de evangelio porque pone como centro de su vida las riquezas, sólo vive para sí mismo y como si Dios no existiera.

Hay que señalar que el rico no se condena por el simple hecho de tener muchas riquezas sino por el mal uso que hizo de ellas, basando su felicidad en disfrutarlas al máximo olvidándose de Dios y de su prójimo Lázaro. Tampoco se salva Lázaro por ser pobre sino por su humildad, porque supo aceptar su situación poniendo su confianza en el Señor. La salvación es de los humildes, sean ricos o pobres, es decir, de los que reconocen su total dependencia de Dios, aceptando cualquier situación, adversa o próspera, sin rebelarse.

En este tiempo de Cuaresma examinemos en qué tenemos puesto el corazón y cuál es nuestra relación con las cosas materiales, con Dios y con el prójimo.

¡Qué el Señor nos conceda poner siempre la confianza en Él y desasirnos de todo aquello que nos impide ver a Dios en los acontecimientos y en el prójimo, especialmente en los más necesitados!