Jue
21
Feb
2013

Evangelio del día

Primera Semana de Cuaresma

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten

Primera lectura

Lectura del libro de Ester 4, 17k. l-z

En aquellos días, la reina Ester, presa de un temor mortal, se refugió en el Señor.
Y se postró en tierra con sus doncellas desde la mañana a la tarde, diciendo:
«¡Bendito seas, Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob! Ven en mi ayuda, que estoy sola y no tengo otro socorro fuera de ti, Señor, porque me acecha un gran peligro.
Yo he escuchado en los libros de mis antepasados, Señor, que tú libras siempre a los que cumplen tu voluntad. Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos. Cambia su corazón para que aborrezca al que nos ataca, para su ruina y la de cuantos están de acuerdo con él.
Líbranos de la mano de nuestros enemigos, cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación».

Salmo

Sal 137, 1bcd-2a. 2bcd-3. 7c-8 R/. Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R/.

Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.

Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 7, 7-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas».

Reflexión del Evangelio de hoy

  • No tengo otro defensor fuera de Ti

El peligro que acecha al pueblo israelita es grande, ya que el rey de Persia ha decretado aniquilar en su totalidad a los judíos. La reina Ester hace gestiones con el rey para que el exterminio no se lleve a cabo; iniciativa necesaria pero más que difícil. Por eso Ester acude a su Dios, el único que detenta soberanía absoluta sobre Israel. Apela al corazón compasivo y misericordioso de quien siempre ha sido solícito con su pueblo: lo eligió como suyo y, a pesar de que el pueblo más de una vez volvió la espalda a Yahvé, éste se mantuvo siempre cercano y fiel, como lo cantan las maravillas del Señor en el pasado. Con una loable transparencia personal, la reina ruega ser librada de este riesgo y, desde su carencia, pide con hermosa confianza, que Dios ponga en sus labios las palabras que hagan cambiar la decisión real y el pueblo se vea libre, una vez, gracias al favor de su Dios, el único que puede salvar.

  • ¡Cuánto más vuestro Padre del cielo…!

Con frecuencia versamos sobre la eficacia de la oración, demostramos incluso tener sobradas noticias sobre maestros de la vida espiritual, conocemos diversas y variadas técnicas orantes…lo que puede dar la impresión que dejamos en un segundo plano el verdadero cimiento de la misma: admitir sin reservas la insoslayable condición de Dios nuestro Padre, el que está en los cielos y el que gusta morar en nuestro corazón. Si ningún padre engaña o defrauda a sus hijos, en el símil familiar del texto se proclama la sobreabundancia del amor que Dios acredita siempre con todos sus hijos. Bueno es, para nuestro terrenal entender, comparar el amor de Dios con el familiar, con el de nuestros padres, con el de éstos a sus hijos, siempre y cuando no tengamos miedo de asumir la sencilla grandeza de un Dios que, sin mérito nuestro, nos elige como hijos libres, y, para mayor abundamiento, sólo sabe amarnos y perdonarnos: más y mejor que cualquier ser humano, por hermoso y gratificante que sea tal amor. Dejémosle, pues, que ejerza de Padre a su amoroso modo, que lo hace mejor que nadie.