Jue
5
Abr
2012

Homilía Jueves Santo

Año litúrgico 2011 - 2012 - (Ciclo B)

También vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros

Pautas para la homilía

“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc 22,15). No hay mejor manera que prepararse y vivir esta fiesta que entrando en el misterio de este ardiente deseo de Jesús. Comprenderlo e implicarse hasta el fondo.

Aquella Cena fue un gesto profético: las palabras explicaban las acciones y éstas hacían verdad las palabras. Profético pues se apoyaba en las experiencias que habían suscitado y alimentado la fe de Israel: la liberación de Egipto, el éxodo por el desierto, la promesa de la tierra prometida, los anuncios de los profetas que animaban esa fe en tiempos de incredulidad o prueba. Pero también, más que un gesto profético: era la realización de todas las profecías y promesas: el sueño y proyecto de Dios de establecer una alianza de comunión y amor con cada una de las personas y, a través de ellas, con toda la creación. El tiempo presente y la eternidad como un hogar con un Padre y muchos hermanos que se conocen y se quieren entre sí. Paz y plenitud, alegría y gozo perpetuos. Comprobar que ser hombre no es una “pasión inútil”; que no somos fruto del azar y la necesidad; que la vida tiene sentido y ese sentido nombre propio: el Padre.

En un pueblo hambriento secularmente por tantas carencias, ésa esperanza se expresaba con la imagen de un banquete: abundancia compartida, igualdad de comensalidad, alegría común.

Jesús se había entendido y presentado como el servidor, camarero (diácono) de ese banquete. Desde abajo, desde lo último y con los últimos. Por eso ahora quiere dejar prendida esa realidad total y profunda en la retina del corazón de sus discípulos: les lava los pies. “Yo estoy en medio de vosotros, sí, pero como el que sirve”, no como espectador desinteresado de vuestras esperanzas y vuestras luchas, sino ayudando, curando, sosteniendo desde abajo. Sólo si miráis hacia abajo, hacia lo más pobre y necesitado de vuestro mundo y de vuestra persona, me encontrareis; cruzaremos nuestras miradas”.

Jesús en esta hora decisiva, cuando le quedan pocas horas de vida, quiere dejarlo claro: en el banquete del Reino, él es el pan y la copa de la nueva Alianza, la definitiva. En el banquete del Reino, él mismo es el servidor. En el banquete del Reino, establece servidores del Reino que unidos a él, ofreciendo su vida como él, puedan ser servidores de sus hermanos.

Este reto, de entrega total, generosa de la propia vida para que todos tengan vida, Jesús lo llevará a cabo en la cruz: “los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1) “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Esta entrega, prometida el Jueves y realizada el Viernes, al parecer fracasada el Sábado (símbolo de todos los “sábados santos” del aparente “silencio de Dios”), se llenará de gloria y eficacia el Domingo. El primer día de la nueva creación. A partir de entonces, cada uno, como Pablo, vive “de la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2 20).

Ante tanto amor real, concreto, plenamente humano, totalmente divino, el peligro que nos puede arrebatar la riqueza del Jueves Santo es el de rebajar a la medida de nuestros intereses o cobardías su fuerza transformadora. Se puede hacer de varios modos, por ejemplo, convirtiendo la Eucaristía en un mero rito para cumplir, para tranquilizar la conciencia, para solemnizar otras cosas o celebraciones. O también convirtiendo el sacerdocio ministerial, el sacramento que instituye servidores de la Comunidad del Banquete del Reino, en una casta, una profesión, un gueto de selectos, unos que ejercen su ministerio de mala gana y con prepotencia como dueños del rebaño (cf 1Pe 5 1-5)

Miremos el Cenáculo, dejemos que nos golpeen la mente, el corazón, la conciencia, lo que ocurre, lo que se dice, lo que se oye. Que Jesús nos contagie de ese deseo ardiente cuando comemos la Pascua con él.