Dom
30
Dic
2018

Homilía La Sagrada Familia

¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?

Pautas para la homilía de hoy

Reflexión del Evangelio de hoy

A pesar de que las relaciones familiares de las lecturas están fuertemente condicionadas por su contexto no deja de sorprendernos como apelan a lo profundamente humano, empezando por el Eclesiástico, que nos invita a pagar la deuda de cuidado que tenemos con nuestros padres. Todos nacemos indefensos y profundamente dependientes. Si sobrevivimos fue por el amor y cuidado que recibimos. Al igual que Dios creó y cuidó a sus criaturas, nuestros padres así lo hicieron con nosotros, y respetarles, escucharles y cuidarles es nuestra forma de pagar esa deuda de cuidado que todos tenemos. Debemos pararnos a pensar que cuidar de nuestros ancianos y enfermos no es una carga, es un privilegio. ¿Cuántas personas que pierden a sus seres queridos de forma abrupta, o que no puede atenderlos en su enfermedad por la distancia o por su propia salud no querrían tener la oportunidad que a veces por cansancio miramos con desgana? ¿Quién no querría tener el tiempo para acompañar a su madre en su enfermedad o su hermano en sus problemas?

El Salmo no recuerda que las bendiciones del Señor siempre generan vida, fecundidad, expansión personal. Y Dios no nos promete ociosidad, sino algo tan sencillo como comer del fruto de nuestro trabajo y ser dichosos. Que satisfacción genera el trabajo bien hecho, y todavía más cuando los frutos de ese trabajo son compartidos o benefician a las personas que queremos. El trabajo bien entendido dignifica. Cuantos problemas genera la falta de trabajo o la explotación insana que destruye los sueños de aquellos que no pueden vivir dignamente de los frutos de su trabajo.

San Pablo habla del amor como vínculo de la unidad perfecta. Más que pensar en expresiones descontextualizadas hoy en día y que son reflejo de otras épocas pasadas, pensemos en cómo construir hoy relaciones familiares plenas, inspiradas a la luz del Evangelio.  Jesús genera nuevos modelos de relación desde el respeto a la identidad personal, escucha, acompaña, pregunta o responde, pero no impone, deja espacio a la persona para que haga su propio camino. Una familia construida desde el amor profundo no es aquella en la que no hay conflictos, sino aquella en la que los conflictos se resuelven desde el dialogo sincero y la confianza. Jesús mismo en el Evangelio de hoy toma sus propias decisiones, y decide quedarse en Jerusalén sin avisar a sus padres. Sus prioridades y las suyas no eran las mismas ¿Cuántas veces nos ha pasado a nosotros? ¿Cuantas veces no entendemos por qué para mi hijo o para mi madre “eso” es tan importante? El texto nos muestra cómo ser un buen hijo o un buen padre no consiste en vivir en un acuerdo permanente (que probablemente será superficial) sino en gestionar los conflictos de cada día desde la confianza que surge al saber que la persona que tenemos enfrente nos quiere y que aunque no nos entienda podemos contar con ella, y que siempre tendremos un sitio en su corazón.

Que estos días de fiesta nos sirvan para recordar lo que es realmente importante: Jesús nace y con su nacimiento nos recuerda lo afortunados que somos porque un día todos fuimos ese niño recién nacido al que alguien cogió en brazos como un tesoro. Ojalá seamos capaces de mirar a nuestros seres queridos así y trasmitirles nuestro amor, sabiendo que por muy grande que sea nuestro amor, no será más que un pálido reflejo del amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros.