Dom
28
Jul
2013

Homilía XVII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2012 - 2013 - (Ciclo C)

Por la fe en Jesús habéis resucitado a una vida nueva

Pautas para la homilía de hoy

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Volver a Jesús

El apóstol Pablo recuerda a los Colosenses la importancia de no perder el norte, que es el seguimiento de Jesús al que se comprometieron en el día de su bautismo. El ambiente en el que viven no es nada favorable para la vivencia de los valores de Jesús. Hoy nos pasa algo parecido. Por eso es bueno revivir la experiencia fundamental del bautismo de Jesús y la nuestra. El día de su bautismo Jesús tuvo la experiencia de que su vida estaba en las manos de Dios, Padre y Madre, Corazón. Tuvo la experiencia de ser hijo y ser querido. También tuvo la experiencia de recibir en su corazón y en todo su cuerpo el Espíritu que le llevaba a dedicar su vida a luchar por un mundo fraterno y feliz para todos, al que él llamaba el Reino de Dios. Ese Espíritu volvió a hacerse presente en su intervención en la sinagoga cuando se sintió todavía más aludido por la palabras de Isaías: “El Espírito del Señor está sobre mí, me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres y para sanar a los que tienen roto su corazón. Y también para pregonar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos. Y a poner en libertad a los oprimidos y a predicar el año de gracia del Señor”. La experiencia de Jesús no es única. Es la experiencia fundante de todos sus seguidores. Quizá no fuimos conscientes de ella en nuestro bautismo por nuestra escasa edad, pero en los pasos siguientes (comunión, confirmación, matrimonio, vida religiosa, sacerdocio) tal vez lo experimentamos. Y lo podemos seguir experimentando en este domingo en que la liturgia pone a nuestro alcance el sentido de nuestro bautismo.

  • Una oración que resume toda la experiencia de Jesús

Sabemos de memoria el Padre Nuestro. Lo aprendimos con la ayuda de nuestro padre y nuestra madre. Lo rezamos en la eucaristía dominical y también en familia y privadamente. Pero, ¿alguna vez hemos pensado que resume la experiencia de fe y de vida de Jesús y la nuestra? ¿Alguna vez hemos pensado que es el centro de nuestra espiritualidad?

Desmenucemos el Padre Nuestro:

1. Una invocación: “Abba” (Papá Bueno). Es la invocación que percibió Jesús el día de su bautismo y que le acompañó hasta la muerte: “en tus manos encomiendo mi espíritu”. Es la invocación que le acompañaba en los momentos de oración que nos muestra el evangelio. Es la invocación que le inspiraba confianza y que comunicaba a sus amigos y amigas. Es algo “novedoso” este Dios amigo y cercano ¿Es también nuestra experiencia? ¿Nos paramos con Jesús para invocar a Dios como Padre-Madre-Corazón y sentirnos con confianza en sus manos como los lirios del campo o las aves del cielo?

2. Dos deseos: “Santificado sea tu nombre y venga tu Reino”. Ambos deseos apuntan a lo mismo. En primer lugar borrar el Dios justiciero y grabar el real –papá, mama, corazón- y vivirlo con confianza y cariño. Pero sin olvidar que yo no soy el único hijo querido, que todo hombre y mujer es hijo querido y por tanto hermano y hermana. Viva cerca o viva lejos. Eso me lleva a una acción como la de Jesús: por la fraternidad, por la sororidad. Ese es el Reino que yo debo desear: un mundo de hermanos y hermanas que es la voluntad del Padre y el objetivo de vida de su hijo, nuestro hermano mayor Jesús. Son deseos que se deben convertir en compromisos. ¿Estamos en esa onda cuando oramos con la oración del Padre Nuestro?¿Nos atrevemos a decir esas palabras si nuestra vida no concuerda con ellas?

3. Dos peticiones: “Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras ofensas así como nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido”. El pan no es solo el “pan”, simboliza todo lo que es necesario para la vida diaria (alimento, vivienda, sanidad, educación, afecto…). También el Pan de la Vida que son las palabras y hechos de Jesús y de otros lideres religiosos y humanistas que alimentan nuestro espíritu en la línea de la verdad. Panes que alimentan nuestra esperanza en un momento en que muchas utopías caducan. Cuando rezamos el Padre Nuestro, ¿somos conscientes de que nuestra petición debe de ir unida a nuestra búsqueda y lucha de pan sobre todo para los que carecen de ello?

La segunda de las peticiones nos recuerda la importancia de las relaciones humanas. La necesidad de las mismas y la necesidad de reconciliación para restablecerlas. Manifestamos con claridad nuestra intención de promover relaciones nuevas, relaciones fraternales entre las personas, a partir de nuestro gesto concreto. Nos presentamos ante Dios para decirle que estamos dispuestos a perdonar, que nos animamos a ser transmisores de su perdón, porque reconocemos el perdón que Dios nos concede y la nueva oportunidad que nos brinda. ¿Tenemos este talante de reconciliación cuando Dios esta continuamente reconciliado con nosotros?

4. Una petición final: “No nos dejes caer en la tentación”. Aquí reconocemos nuestras limitaciones. Reconocemos que es duro y difícil ser consecuente con lo que hemos pedido y con lo que nos hemos comprometido con nuestra petición. Jesús también conoció la tentación de decir no a la voluntad de fraternidad del Padre del cielo No pedimos no tener tentaciones. Son parte de la vida. Pedimos fuerza, coraje y perseverancia, para no dejarnos arrastrar por ellas y olvidar la causa del Padre: el Reino. Pedimos fuerzas, pedimos el Espíritu, pero también tenemos que poner los medios. ¿Lo hacemos asi?

  • Cómo rezar el Padre Nuestro: pidiendo, buscando y llamando

“En los tiempos que vivimos, en medio de una historia colectiva atravesada por la injusticia del antiReino, que se hace visible en la exclusión creciente de la mayor parte de nuestro pueblo y de otros muchos pueblos al acceso a una vida digna; en estos días, rezar el Padrenuestro se torna una imperiosa militancia, un desafío cotidiano, un oasis donde abrevar para la lucha por la Vida. Rezar el Padrenuestro puede hasta ser una acto subversivo, una memoria utópica. Porque subvierte y arrasa con los cimientos de una sociedad egoísta e injusta.

Eso sí, rezarlo como Jesús: con la vida compartida, con la entrega hasta la cruz, con la pasión por el Reino, con la opción por los más débiles, con los gestos liberadores de vida nueva, y también, y por todo eso, con los labios, como hijos y hermanos, repitiendo sus palabras: "Padre nuestro..." (Marcelo A. Murua)