Dic
Homilía Natividad del Señor
“ El Verbo se hace carne y acampa entre nosotros ”
Introducción al Evangelio del día
Isaías anuncia una noticia que trastoca la historia: Dios vuelve a su pueblo para consolar, liberar y manifestar su salvación. No es un rumor piadoso, sino una intervención real. La Navidad expresa precisamente esto: Dios no permanece distante; desciende, se acerca y entra en la vida humana. El retorno proclamado por el profeta se realiza en el Niño de Belén, humilde y frágil. Ese nacimiento no es improvisado: brota de un designio eterno, por el cual Dios ha querido encarnarse para que ninguna noche humana quede fuera de su luz.
El salmo muestra la única respuesta posible ante esta irrupción divina: la creación entera canta. Mares, ríos y montes proclaman la fidelidad del Señor. La Navidad no es un gesto sentimental, sino un acontecimiento cósmico, que provoca temor y temblor. El amor del Niño coincide con la fuerza que sostiene océanos y estrellas. El Creador habita su obra de un modo nuevo, y por eso la creación se llena de alegría.
La carta a los Hebreos recoge la historia de la revelación y la conduce a su cima: "Dios habló muchas veces… pero ahora nos ha hablado por el Hijo". El Hijo es resplandor de la gloria del Padre, imagen perfecta y heredero universal. La Navidad proclama esta verdad: Dios no envía solo palabras; se entrega en persona. La Palabra eterna se hace carne en María para elevarnos y hacernos hijos en el Hijo.
El prólogo de san Juan revela el misterio desde la eternidad: el Verbo de Dios se hace carne y acampa entre nosotros. La luz vence a la noche, la gloria se hace visible, la gracia toma rostro humano. La Navidad no narra solo un nacimiento: revela un amor singular que se acerca para divinizar lo humano.