Vie
1
Nov
2019

Homilía Todos los Santos

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

Estad alegres, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

Pautas para la homilía de hoy

Reflexión del Evangelio de hoy

Misterio de comunión

El creyente, como creatura de Dios en quien encuentra también su destino final, no se entiende a sí mismo fuera de su órbita. Como alguien ha dicho, se resiste a aceptar que la vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Consciente de que los designios y caminos de Dios trascienden sus juicios y pensamientos, camina hacia la plenitud buscando la justicia y la paz que anhela el corazón humano en sintonía con toda la creación. De ahí que, envuelto en el misterio, solo se atreva a balbucear: hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Como miembro de la gran familia de los hijos de Dios, se siente y se reconoce profundamente ligado por el cordón umbilical a cuantos le han precedido en la fe y ya han alcanzado la meta final.

Dentro de este marco religioso, el calendario litúrgico recoge solo un pequeño muestrario de aquellos creyentes que, habiendo testimoniado claramente su fe cristiana, han sido reconocidos oficialmente por la Iglesia: han combatido el buen combate, han concluido su carrera, han guardo la fe y (no nos cabe la menor duda) han recibido la corona de salvación (2 Tm 4,7). Ahora bien, tenemos también la certeza de que es mucho mayor, innumerable, el número de cuantos han escuchado la sentencia final del Hijo del hombre: venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25,34).

El tatuaje de Dios

El vidente del Apocalipsis, en una especie de díptico cargado de simbolismos heredados de la tradición bíblica, contempla en la primera lectura la estrecha vinculación que media entre quienes todavía peregrinan por la tierra y los que ya han alcanzado la corona definitiva de la victoria. Los primeros, los elegidos de Dios en la tierra, serán preservados de las plagas que se avecinan, pues han sido sellados como sus siervos, llevan en la frente el tatuaje de su propiedad y gozan de su protección particular en medio de las pruebas y tribulaciones. Los segundos, los elegidos de Dios en el cielo, revestidos con la túnica blanca de transfigurados y con la palma de la victoria en la mano, han consumado la salvación anunciada en la tierra; procedentes de todos los pueblos, lenguas y razas, conforman en torno al trono del Cordero la Jerusalén celeste, donde celebra eternamente la solemne liturgia de reconocimiento y alabanza a su Dios.

Con la libertad y originalidad que caracteriza a su lenguaje, la escenificación teológica de Juan deja caer una convicción profunda: estamos en manos de Dios. Ya lo había manifestado bien claramente el profeta ante la queja de Sión, el pueblo que se sentía abandonado en el exilio babilónico, dirigiéndole la palabra de Yahvé: Te llevo tatuada en mis palmas (Is 49,16). Una bella y entrañable imagen que revela la fidelidad del gran amor que Dios siente por los suyos, que nunca los olvida ni abandona. Es la marca imborrable de la protección divina que acompaña al hombre desde el fratricidio de Caín (Gn 4,15) garantizándole, a pesar de todo, su misericordioso beneplácito.

Radicados en la esperanza

¿Cabe mayor dignidad que la filiación divina? Nos lo recuerda Juan en la 2ª lectura: los cristianos no solo somos llamados hijos de Dios, sino que ¡lo somos! Lo dice de forma enfática, con convicción y rotundidad, como si no admitiera réplica alguna. Ese es justamente el terreno firme y seguro donde se aferra y descansa el ancla de la esperanza. Una esperanza cuya certeza no radica en el esfuerzo personal sino en el amor gratuito del Padre que ha puesto su sello indefectible en cada uno de sus hijos.

Bien es cierto que todavía no se ha manifestado lo que seremos. Es la certeza de la fe, fundamento de la esperanza, la que nos permite mantener bien tenso el arco que apunta a un futuro hasta ahora velado. Es así también como en nuestro peregrinaje terreno vamos  entablando a nuestro modo un silencioso diálogo de comunión con todos los santos. Porque santos somos como consagrados a Dios por la fe bautismal, si bien no hemos consumado todavía la peregrinación de quienes contemplan cara a cara el rostro de Dios. Será entonces cuando se nos desvelará en toda su gloria el verdadero sentido y contenido de la filiación divina, pues seremos semejantes, no iguales, a Él.

Bienaventurados

¿Cómo experimentar la alegría que sentía Jesús por la llegada del Reino? ¿Cómo vivir el aquí del más allá? ¿Resultará compatible la verdadera alegría con la aspiración a la santidad? Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos. ¡Hay que vivirlo, sin duda, para creerlo! Y es que el mensaje de las bienaventuranzas entraña a los ojos del mundo  la paradoja y la “sinrazón”, la aparente contradicción con nuestro modo habitual de actuar ante los graves problemas de la pobreza, de las relaciones interesadas e hipócritas, de las injusticias, de los múltiples rostros de la violencia, etcétera.

A pesar de todo, Jesús subraya y proclama una y otra vez de forma solemne, con fuerza y poderío, la profunda alegría y gozo de cuantos se acogen confiadamente a su nueva propuesta evangélica; es una de sus páginas más reveladoras. Las bienaventuranzas son algo más que un mero proyecto de felicidad, algo más que una hoja de ruta con los pasos a dar en pos de su consecución; se adentran en el corazón mismo del evangelio, fuente inagotable de inspiración, de aliento y de estímulo en el peregrinaje de la vida. Quienes llaman a su puerta, se encuentran con el mejor tesoro de sus vidas: la humilde pero gratificante experiencia de percibir y degustar un pequeño cielo en la tierra; en otras palabras, de ver colmado el más hondo deseo del ser humano. ¿Qué mejor recompensa? San Ignacio de Antioquía hablaba de una Iglesia digna de ser dichosa.

Todos cabemos en esta fiesta inclusiva, la gran fiesta de todos los hijos de Dios. Que ella sea nuestro gozo y alegría.