Mar
1
Ene
2013

Homilía Santa María, Madre de Dios

María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón

Pautas para la homilía

Como es bien sabido, en todo nacimiento humano intervienen directamente dos personas: la madre y el hijo –o la hija–. Por eso, cuando celebramos nuestro cumpleaños, esta fiesta también es de nuestra madre. Si hemos nacido es en buena medida gracias a ella, pues no olvidemos que hemos nacido de ella. Nos gestó en sus entrañas y de ellas salimos para entrar en el mundo, como seres absolutamente indefensos y necesitados.

Obviamente que la figura del padre es imprescindible para la gestación del hijo… pero es que sin la madre no hay nacimiento.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué la Iglesia concluye la Octava de Navidad dedicándole una Solemnidad a la que, por gracia de Dios, hizo posible el nacimiento de nuestro Salvador. Efectivamente, María es, junto a su Hijo, la gran protagonista de la Navidad. San José también está muy presente, pero su valor consiste precisamente en saber estar en un discreto y humilde segundo plano.

¿Qué nos aporta espiritualmente esta Solemnidad? Para descubrirlo, puede sernos de gran utilidad pensar en un contraejemplo, y no lo hay mejor que Herodías, la cual, por medio de su hija Salomé, hizo que el rey Herodes hiciera decapitar a san Juan Bautista (cf. Mc 6,14-29).

Herodías nos muestra la gran influencia –positiva o negativa– que tiene una madre sobre sus hijos y, por tanto, la gran responsabilidad que recae sobre ella. Toda madre puede trasmitir a sus hijos muy buenas costumbres, o, como Herodías, puede hacer todo lo contrario. Los maestros espirituales –y los psicólogos– dicen que es muy difícil recuperar moralmente a las personas que desde pequeños han sufrido el mal ejemplo y educación de su madre.

Sabemos que la influencia de la madre comienza desde la gestación del hijo en su vientre. Si la madre lleva una vida desordenada, el hijo que lleva en sus entrañas lo sufrirá. Incluso hay quienes piensan que también son muy perjudiciales los rencores, las envidias y demás malos pensamientos que la madre pueda guardar en su interior durante la gestación. Porque, no lo olvidemos, su hijo depende totalmente de ella.

Aunque los Evangelios no son muy claros, no sería muy aventurado suponer que la vida de Salomé no fue espiritualmente nada fácil. El hecho de que su madre accediese a casarse con el poderoso hermano de su legítimo marido y que, años más tarde, detestase tanto a san Juan como para hacer que –¡por medio de los «encantos» de Salomé, su propia hija!– lo ejecutasen, nos hace pensar que, cuanto menos, no era una buena persona. Aunque, ciertamente, eso Dios sólo lo sabe y sólo Él debe juzgarla.

En todo caso, Herodías contrasta enormemente con María. Comparemos la escena del nacimiento de Jesús con la del martirio de san Juan Bautista. Meditemos lo que María y Herodías nos trasmiten al contemplarlas. ¡María reluce por su inmaculada santidad!

Sabemos que la condición virginal de María no sólo es física: es también espiritual. Dada la importancia que tiene la madre en la gestación, nacimiento y crianza de sus hijos, sólo una madre plenamente virgen puede gestar, dar a luz y criar al Hijo de Dios. Es totalmente lógico. Por eso la Iglesia ha defendido siempre la virginidad de la Madre del Salvador.
¿En qué medida la virginal maternidad de María puede ayudarnos a seguir fielmente a su Hijo? Obviamente, la virginidad física depende de la vocación y forma de vida de cada persona, pero la virginidad espiritual, es decir, la «pureza de corazón», es algo hacia lo que todos debemos caminar interiormente, pues es imprescindible para que Jesús esté en el centro de nuestro corazón, y sea Él, por tanto, el centro de nuestra vida.

Simplemente contemplando a María en la escena del nacimiento, ¿no nos invade un gran deseo de tener un corazón tan virgen y puro como el de Ella? ¡Cómo nos gustaría poder vivir con la paz, la alegría y el amor de María!

Pero pensemos, además, que aquel acontecimiento fue bastante duro, pues, si bien María pudo dar a luz a su Hijo con la inapreciable ayuda de san José, se vio obligada a hacerlo fuera de su casa y lejos de su familia, en un sucio y frío establo. A su Hijo le recostó en el cajón donde comen las bestias, porque no tenía otra cosa. Y, sin embargo, al contemplar dicha escena, sentimos misteriosamente cómo María nos trasmite una gran paz, una intensa alegría y un profundo amor. Como les pasa a los pastores, ¡también nosotros quisiéramos dar gloria y alabanza a Dios!

Eso es lo que hacemos en la Octava de Navidad, que concluye en esta Solemnidad en la que celebramos que Dios, por medio de la maternidad virginal de Santa María, tuvo a bien enviarnos a nuestro Salvador.

Siguiendo el ejemplo de María, conservemos todas estas cosas, meditándolas en nuestro corazón...