Vie
24
Ene
2014
Llamó a los que quiso, y se fueron con él

Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel 24, 3-21

En aquellos días, Saúl tomó tres mil hombres escogidos de todo Israel y marchó en busca de David y su gente frente a Sure Hayelín.
Llegó a un corral de ovejas, junto al camino, donde había una cueva. Saúl entró a hacer sus necesidades, mientras David y sus hombres se encontraban al fondo de la cueva.
Los hombres de David le dijeron:
«Este es el día del que te dijo el Señor: “Yo entregaré a tus enemigos en tu mano”. Haz con él lo que te parezca mejor».
David se levantó y cortó, sin ser visto, la orla del manto de Saúl. Después de ello, sintió pesar por haber cortado la orla del manto de Saúl. Y dijo a sus hombres:
«El Señor me libre de obrar así contra mi amo, el ungido del Señor, alargando mi mano contra él; pues es el ungido del Señor».
David disuadió a sus hombres con esas palabras y no les dejó alzarse contra Saúl. Este salió de la cueva y siguió su camino.
A continuación, David se levantó, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl:
«¡Oh, rey, mi señor!»
Saúl miró hacia atrás. David se inclinó rostro a tierra y se postró.
Y dijo a Saúl:
«¿Por qué haces caso a las palabras que dice la gente: “David busca tu desgracia”? Tus ojos han visto hoy mismo en la cueva que el Señor te ha entregado en mi mano. Han hablado de matarte, pero te he perdonado, diciéndome: “No alargaré mi mano contra mi amo, pues es el ungido del Señor”. Padre mío, mira por un momento, la orla de tu manto en mi mano. Si la he cortado y no te he matado, comprenderás bien que no hay en mí ni maldad ni culpa y que no te he ofendido. Tú, en cambio, estás buscando mi vida para arrebatármela. Que el Señor juzgue entre los dos y me haga justicia. Pero mi mano no estará contra ti. Como dice el antiguo proverbio: “De los malos sale la maldad”. Pero en mí no hay maldad. ¿A quién ha salido a buscar el rey de Israel? ¿A quién persigues? A un perro muerto, a una simple pulga. El Señor sea juez y juzgue entre nosotros. Juzgará, defenderá mi causa y me hará justicia, librándome de tu mano».
Cuando David acabó de dirigir estas palabras a Saúl, este dijo:
«¿Es esta tu voz, David, hijo mío?».
Saúl levantó la voz llorando. Y siguió diciendo:
«Eres mejor que yo, pues tú me tratas bien, mientras que yo te trato mal. Hoy has puesto de manifiesto tu bondad para conmigo, pues el Señor me había puesto en tus manos y tú no me has matado. ¿Si uno encuentra a su enemigo, le deja seguir por las buenas el camino? Que el Señor te recompense el favor que hoy me has hecho. Ahora sé que has de reinar y que en tu mano se consolidará la realeza de Israel».

Salmo

Sal 56, 2. 3-4. 6 y 11 R/. Misericordia, Dios mío, misericordia

Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad. R/.

Invoco al Dios altísimo,
al Dios que hace tanto por mi.
Desde el cielo me enviará la salvación,
confundirá a los que ansían matarme,
enviará Dios su gracia y su lealtad. R/.

Elévate sobre el cielo, Dios mio,
y llene la tierra tu gloria.
Por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza a las nubes. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 3, 13-19

En aquel tiempo, Jesús, mientras subía al monte, llamó a los que quiso, y se fueron con él.
E instituyó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios.
Simón, a quien puso el nombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo, y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó.

Reflexión del Evangelio de hoy

En la Primera Lectura David perdona la vida a Saúl, a pesar de que es este quien intenta matarle a él. David lo hace porque Saúl, incluso en medio de sus equivocaciones y pecados, es el Rey, el ungido del Señor. Toda una lección de grandeza de alma por parte de David. Saúl, al final, acaba llorando de arrepentimiento y aceptando lo que ve es la voluntad de Dios.

En el Evangelio, se nos muestra la elección de los doce apóstoles. Lo va a hacer en el marco solemne de la montaña y dejando claro que él es el que llama a los que cree conveniente.

  •  “Llamó a los que quiso”

El marco de referencia va a ser, una vez más, la montaña: “Subió Jesús a la montaña”. ¿Cuál de ellas? No se dice. La del llamamiento apostólico. El monte, en la Biblia, es siempre el lugar de las teofanías, de las revelaciones y manifestaciones de Dios. Hoy subió a la montaña a llamar, a escoger a los que quiso. Y con ese llamamiento, ir poniendo los cimientos del nuevo pueblo de Dios. Nadie se puede arrogar ese don y esa encomienda. No escogió a los que quisieron, sino a los que quiso. La iniciativa siempre es de Dios.

Lo que sí tuvieron que hacer “los que él quiso” y fueron llamados, fue aceptar, secundar la llamada, responder personalmente al Señor. ¿Qué vieron en Jesús para que no dudaran lo más mínimo en aceptar la propuesta? Sólo sabemos que Jesús no hablaba ni llamaba como los fariseos, sino “con autoridad”, con credibilidad. Y ellos quedaron impactados con la persona y la personalidad de Jesús.

  •  “Los que quiso” se van haciendo a Jesús

Y, para que se fueran haciendo a él, al Reino, “les dio poder para expulsar demonios”. Seguían siendo sólo pescadores, pero pescadores “enviados” con poder de convicción. Eran todavía sólo pescadores, pero daban testimonio, de momento, de lo que oían a Jesús, de lo que veían en él y de los signos inequívocos que hacía.

No tuvo que ser fácil para ellos el cambio. Pero, por otra parte, tenían que estar viendo visiones siempre que escuchaban a Jesús, cada vez que les explicaba en particular las parábolas y alegorías que empleaba con todos los que le seguían. Me los imagino comentando entre ellos todo lo que les hablaba de su Padre, de su Abba.. Seguro que entenderían muy bien cuando Jesús le comparaba con aquel pastor siempre preocupado por las posibles ovejas perdidas; o cuando les decía que era como aquel rey que, incapaz de convencer a sus invitados para que fueran al banquete, invitaba a los pobres –como ellos-, a los desvalidos y a los que no contaban.

Los discípulos todavía se equivocaban con frecuencia, al menor descuido se ponían a discutir de lo suyo y de lo que ellos se inventaban, como casi todos, pero iban aprendiendo. Jesús, unas veces les reprendía; otras, les animaba y felicitaba. Y ellos iban adentrándose cada vez más en el Reino.

Hasta que un día Jesús preguntó si querían irse, si querían abandonarle. Y muchos, dice el Evangelio, se marcharon. Pero, ellos se quedaron. Como nosotros. Ellos sabían y nosotros sabemos que el seguimiento no es fácil, y lo que hay al final del camino, en “Jerusalén”, menos todavía. Pero, hemos apostado por él y, sobre todo, sabemos que él sigue apostando por nosotros.