Vie
22
Ene
2016
A doce los hizo sus compañeros

Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel 24, 3-21

En aquellos días, Saúl tomó tres mil hombres escogidos de todo Israel y marchó en busca de David y su gente frente a Sure Hayelín.
Llegó a un corral de ovejas, junto al camino, donde había una cueva. Saúl entró a hacer sus necesidades, mientras David y sus hombres se encontraban al fondo de la cueva.
Los hombres de David le dijeron:
«Este es el día del que te dijo el Señor: “Yo entregaré a tus enemigos en tu mano”. Haz con él lo que te parezca mejor».
David se levantó y cortó, sin ser visto, la orla del manto de Saúl. Después de ello, sintió pesar por haber cortado la orla del manto de Saúl. Y dijo a sus hombres:
«El Señor me libre de obrar así contra mi amo, el ungido del Señor, alargando mi mano contra él; pues es el ungido del Señor».
David disuadió a sus hombres con esas palabras y no les dejó alzarse contra Saúl. Este salió de la cueva y siguió su camino.
A continuación, David se levantó, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl:
«¡Oh, rey, mi señor!»
Saúl miró hacia atrás. David se inclinó rostro a tierra y se postró.
Y dijo a Saúl:
«¿Por qué haces caso a las palabras que dice la gente: “David busca tu desgracia”? Tus ojos han visto hoy mismo en la cueva que el Señor te ha entregado en mi mano. Han hablado de matarte, pero te he perdonado, diciéndome: “No alargaré mi mano contra mi amo, pues es el ungido del Señor”. Padre mío, mira por un momento, la orla de tu manto en mi mano. Si la he cortado y no te he matado, comprenderás bien que no hay en mí ni maldad ni culpa y que no te he ofendido. Tú, en cambio, estás buscando mi vida para arrebatármela. Que el Señor juzgue entre los dos y me haga justicia. Pero mi mano no estará contra ti. Como dice el antiguo proverbio: “De los malos sale la maldad”. Pero en mí no hay maldad. ¿A quién ha salido a buscar el rey de Israel? ¿A quién persigues? A un perro muerto, a una simple pulga. El Señor sea juez y juzgue entre nosotros. Juzgará, defenderá mi causa y me hará justicia, librándome de tu mano».
Cuando David acabó de dirigir estas palabras a Saúl, este dijo:
«¿Es esta tu voz, David, hijo mío?».
Saúl levantó la voz llorando. Y siguió diciendo:
«Eres mejor que yo, pues tú me tratas bien, mientras que yo te trato mal. Hoy has puesto de manifiesto tu bondad para conmigo, pues el Señor me había puesto en tus manos y tú no me has matado. ¿Si uno encuentra a su enemigo, le deja seguir por las buenas el camino? Que el Señor te recompense el favor que hoy me has hecho. Ahora sé que has de reinar y que en tu mano se consolidará la realeza de Israel».

Salmo

Sal 56, 2. 3-4. 6 y 11 R/. Misericordia, Dios mío, misericordia

Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad. R/.

Invoco al Dios altísimo,
al Dios que hace tanto por mi.
Desde el cielo me enviará la salvación,
confundirá a los que ansían matarme,
enviará Dios su gracia y su lealtad. R/.

Elévate sobre el cielo, Dios mio,
y llene la tierra tu gloria.
Por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza a las nubes. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 3, 13-19

En aquel tiempo, Jesús, mientras subía al monte, llamó a los que quiso, y se fueron con él.
E instituyó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios.
Simón, a quien puso el nombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo, y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó.

Reflexión del Evangelio de hoy

  • “¡Dios me libre de hacer eso a mi señor, el ungido del Señor!”

En el pasaje de la primera lectura brilla, por encima del rencor de Saúl, la bondad de David, que, pudiendo, no mata al ungido del Señor. En el Antiguo Testamento se daba mucha importancia a los que Dios había elegido para ocupar ciertos cargos al servicio de su pueblo. Daba toda la impresión de que estaban por encima del resto del pueblo. En este caso Saúl, “el ungido del Señor”.

En el Nuevo Testamento, Jesús inaugura una nueva época. En el pueblo de Dios, que es su iglesia, nadie hay superior a nadie en dignidad. Tenemos todos una común y sublime dignidad: la de ser hijos de Dios y hermanos unos de otros. Dentro de la comunidad de seguidores de Jesús, hay personas elegidas para servir a sus hermanos desde distintos puestos. Ahí nos encontramos al Papa, obispos, sacerdotes… que no son superiores al resto de los cristianos, a los que quieren servir, desde la común gran dignidad de hijos y hermanos.

Nos parece muy bien que David no matase a Saúl por ser el ungido del Señor. Pero a los seguidores de Jesús, en ningún momento de la historia, nos está permitido matar a ningún ser humano, porque Dios le ha ungido con la gran dignidad de ser su hijo y hermano de todos los hombres.

  • “A doce los hizo sus compañeros”

Nos encontramos con un momento importante en la vida de Jesús. Jesús ha venido para propagar su proyecto sobre toda la humanidad, la buena noticia del reino de Dios. Para ello “llamó a los que quiso, y se fueron con él. A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar”. De entrada sorprende, hablando a lo humano, a quién eligió Jesús para tan delicada misión. Por lo que sabemos, de los doce, uno solo, Mateo, ocupaba un puesto de cierto prestigio en aquella sociedad. Los demás eran trabajadores manuales, pescadores, sin haber ido a cursar estudios superiores a la universidad. Eran hombres humanos y bien humanos, que supieron de negaciones, traiciones, abandonos respecto a Jesús… pero que después de la resurrección, revestidos con la fuerza del Espíritu de Jesús, todos, menos uno, dieron la vida por cumplir la misión que les había encomendado de difundir su buena noticia. La buena noticia del reino de Dios, del reino de los seguidores de Jesús, donde nadie es superior a nadie y todos, desde distintos puestos, estamos al servicio unos de otros.

Celebramos hoy la fiesta del mártir San Vicente (+304), que siendo diácono de Zaragoza fue martirizado en Valencia, en la época de las últimas persecuciones de los emperadores romanos Maximiano y Diocleciano, a través, en España, del prefecto Daciano, al que Vicente se enfrentó con decisión: “No creemos en vuestros dioses. Sólo existe Cristo y el Padre, que son un solo Dios. Nosotros somos siervos suyos y testigos de esa verdad. Arráncame, si puedes, esta fe”.