Mié
6
Ene
2016

Homilía Epifanía del Señor

Hemos visto la estrella del rey de los judíos y venimos a adorarlo

Pautas para la homilía

  • Caminarán los pueblos a tu luz

Jerusalén se encuentra en tinieblas, que cubren también, y aún más, toda la tierra. Pero Isaías le anuncia un tiempo en que amanecerá el Señor sobre ella y le comunicará su resplandor. De este modo Jerusalén, a su vez, se convertirá en luz que ilumine el caminar de los pueblos. Todos los pueblos traerán sus riquezas y proclamarán las alabanzas del Señor que amanece sobre Jerusalén. Un día Simeón llamará al Niño Jesús “luz de las naciones” y “gloria de Israel”. Será Jesucristo quien llevará a plenitud lo prometido por Isaías. Él hará de su Iglesia un reflejo de su luz iluminadora de todos los hombres, como nos recordó el Concilio Vaticano II (cf LG 1).

  • Hemos visto la estrella del rey de los judíos y venimos a adorarlo

Componente de la sabiduría del Oriente en tiempos de Jesús era la observación de los astros. La escena evangélica, en lenguaje simbólico, nos describe a los Magos observando una estrella distinta de la que veían todos los días. La estrella en el ambiente cultural del Oriente era símbolo de la realeza, cada rey tenía su estrella. Los Magos, al verse orientados a Jerusalén por la estrella, se dirigen a esta Ciudad y preguntan: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. Los entendidos les responden que en Belén de Judá porque así estaba profetizado. Los Magos van a Belén, adoran al Niño y le ofrecen regalos costosos: oro, incienso y mirra. Para encontrar al Señor los Magos han tenido que recurrir a dos cosas: 1º) un evento que han descubierto con su esfuerzo observador: la aparición de la estrella; 2º) la aclaración del nacimiento del Rey que buscan por la palabra revelada. En lenguaje de hoy diríamos que conjugaron la razón y la fe.

  • Nuestras estrellas

El misterio de la Epifanía del Señor continúa realizándose hoy, es misterio salvífico para nosotros. El Señor también se manifiesta a nosotros y nos va salvando a través de una serie de realidades que podemos llamar “nuestras estrellas”. Tenemos en primer lugar los “signos de los tiempos”. Los eventos de nuestros días nos interpelan. Pero no bastan por sí solos, debemos iluminarlos con la revelación, con la palabra de Dios acogida en la Tradición viva de la Iglesia y, por tanto, teniendo en cuenta la vivencia y sabiduría cristiana de los que nos han precedido y de los cristianos de hoy. Así nuestra conciencia va discerniendo con la mayor clarividencia posible lo que Dios pide de nosotros en cada momento. De este modo, nuestra fe será una fe iluminada, no ciega, si bien arrodillada, una fe que mira a todos los hombres, que tiende a plenificar lo bueno de todas las religiones, que se encarna en todas las culturas, y una fe que espera el día en que el Señor glorificado y Rey del Universo se nos manifieste con plena claridad. Una fe así será el mejor regalo, la mejor adoración que podamos ofrecer al Señor Rey del Universo mientras esperamos el día en que desaparecerán las estrellas, el sol, la luna, porque seremos iluminados, transfigurados, por la gloria de Dios y el mismo Cordero será nuestra lámpara (cf. Ap 21, 23).