Lun
6
Ene
2014

Homilía Epifanía del Señor

…cayendo de rodillas, le adoraron…

Pautas para la homilía

Las lecturas bíblicas de esta celebración tienen un gran componente simbólico, sobre todo la lectura del Evangelio.
Si en el Antiguo Testamento Dios se hace presente en medio del Pueblo de Israel de un modo infinitamente trascendente, en cambio, en el Nuevo Testamento Dios se muestra ante todos los pueblos de un modo pequeño y humilde: por medio de su Hijo, el Niño Jesús. Pues bien, eso es lo que hoy celebramos: Dios hecho hombre se da a conocer a todos los pueblos.

Efectivamente, los Magos de Oriente, popularmente llamados los «Reyes Magos», desde muy antiguo son representados en los belenes por tres reyes pertenecientes a las tres principales razas humanas de la Antigüedad: la blanca (Melchor), la oriental (Gaspar) y la negra (Baltasar). Eso es así porque la Iglesia ha contemplado en este pasaje bíblico la manifestación del Hijo de Dios a toda la humanidad: su Epifanía universal.

Todas las lecturas que hemos escuchado en esta celebración nos conducen a ello: el Hijo de Dios se manifiesta como luz de justicia y camino de salvación para todos los seres humanos. Y eso es algo muy bueno, la mejor noticia que nos podrían dar.

Efectivamente, la «manifestación» de alguien es muy importante, porque hace que sea conocido por personas que hasta entonces no sabían que existía.

Si en la Encarnación celebramos que Jesús pasó a formar parte de la vida terrena al ser concebido en el seno de la Virgen María y en la Navidad celebramos que nació en el mundo en el que todos vivimos, en la Epifanía la Iglesia celebra que Jesús se ha dado a conocer como Hijo de Dios al ser humano. Como vemos, se trata de tres pasos muy importantes en la vida de Jesús: su Concepción, Nacimiento y Manifestación. Aunque queda lo fundamental: su Pasión, Muerte y Resurrección para así completar su misión salvadora.

Parafraseando las palabras del profeta Isaías, podemos de decir que en la Solemnidad de la Epifanía celebramos que sobre la humanidad amanece el Señor, su gloria aparece sobre todos los seres humanos; y caminan los pueblos a la luz de Jesús; los reyes al resplandor de su aurora.

Que Jesús se manifieste a la humanidad es, ciertamente, maravilloso, pero esa realidad la vivimos con más intensidad cuando experimentamos su Manifestación en medio de nuestra comunidad parroquial o religiosa, en nuestra familia y, aun más íntimamente, en nuestro corazón: entonces descubrimos el marcado carácter vivencial de la Solemnidad de la Epifanía.

¿Cómo podemos celebrar este acontecimiento? San Mateo nos dice que los Reyes Magos lo celebraron adorando al Señor y ofreciéndole su tesoro, consistente es oro, incienso y mirra.

Las comunidades parroquiales y religiosas celebran esta Solemnidad compartiendo la oración del Oficio divino y, sobre todo, participando juntos en la Eucaristía. Por medio del culto litúrgico adoramos comunitariamente al Señor por haberse manifestado en medio de nosotros y le ofrecemos lo mejor de nuestra comunidad.

A nivel personal, esta Solemnidad nos invita a meditar sobre cómo se manifiesta Jesús en nuestra existencia: tanto en nuestra vida cotidiana como en nuestros momentos de oración. ¿Hasta qué punto me afecta que Dios se manifieste en mi vida?

También se nos anima a reflexionar sobre cómo podemos adorar y alabar al Señor. Sabemos que hay muchos modos de hacerlo: recitando una oración, haciendo un día de retiro o peregrinando a un santuario, por ejemplo. Pero, si vemos, los Reyes Magos nos invitan a adorar al Señor con una silenciosa contemplación. Ante la Manifestación de Jesús en nuestro corazón, podemos arrodillarnos interiormente ante Él, para contemplar su gloria y majestad.

Por último, podemos pensar en algún regalo que podríamos ofrecer a Jesús. Isaías nos dice en la primera lectura que todos los pueblos acudirán a la radiante Jerusalén, en la que Dios mostrará su gloria, ofreciéndole sus tesoros y riquezas, es decir, lo mejor que tienen. Y en el Evangelio hemos oído que los Reyes Magos ofrecieron al Señor oro, incienso y mirra, ¿qué le podemos ofrecer cada uno de nosotros? ¿Qué tesoro podemos darle? Pensemos que, ciertamente, todos tenemos dones y cualidades: puede tratarse, por ejemplo, de nuestra simpatía, de nuestra inteligencia o de nuestro sentido del humor. Cada uno sabrá qué es lo que Dios le ha dado.

Pero, curiosamente, el mejor don que Dios nos ha dado a todos es el amor. Por eso, ese maravilloso regalo que podemos ofrecer al Señor es darnos por entero a Él amándole con todo nuestro corazón. El cariño es nuestro tesoro más grande. Se lo podemos dar a Dios directamente en nuestro interior, o se lo podemos ofrecer por medio de las personas que nos rodean. Mostrarnos cercanos y tiernos con los que conviven con nosotros es un excelente modo de agradecer al Señor que se haya manifestado en medio de nuestra vida.

En conclusión, en la Solemnidad de la Epifanía, la Iglesia nos anima a dar gracias a Jesús por manifestarse a la humanidad, y concretamente, a cada uno de nosotros. Por ello es una fiesta de adoración, alabanza y amor.